Coímbra, Portugal. Año de 1530.
En una celda estrecha del convento de Santa Clara, una anciana de sesenta y ocho años, vestida con el hábito gris de clarisa, moja la pluma en el tintero y firma al pie de una carta sin importancia. La mano le tiembla un poco. La vista ya no es la de antes. Pero la firma sale firme, clara, con la misma caligrafía orgullosa de siempre.
No firma como Sor Juana. No firma como infanta. No firma como sobrina del rey de Portugal.
Firma así:
Yo, la Reina.
Lleva cincuenta y un años firmando igual. Desde que la encerraron en ese convento. Desde que le dijeron que había perdido la guerra, que había perdido el trono, que había perdido el nombre. Ella aceptó el encierro. Aceptó el hábito. Aceptó el silencio.
Pero nunca aceptó dejar de ser lo que era.
Se llamaba Juana de Castilla. Era hija de un rey. Fue jurada princesa heredera de Castilla a los pocos meses de nacer. Y la historia oficial, escrita por los vencedores, la recuerda con un apodo cruel que ella jamás aceptó:
la Beltraneja.
Esta es su historia. Y es, también, la historia del primer linchamiento de reputación perfectamente ejecutado de la historia de España.
La niña que nació princesa
Nació en Madrid el 28 de febrero de 1462. Su padre era Enrique IV de Castilla. Su madre era Juana de Portugal, hermana del rey Alfonso V de Portugal, una mujer joven, hermosa, de sangre real por los cuatro costados.
No hubo dudas aquel día.
Hubo fiesta.
Las campanas de Madrid repicaron. Los nobles acudieron a besar la mano de la recién nacida. A los pocos meses, en las Cortes reunidas al efecto, la pequeña Juana fue jurada Princesa de Asturias, heredera legítima de la corona de Castilla. Todos los grandes del reino —incluidos Juan Pacheco y el arzobispo Carrillo, los mismos que después la destruirían— se arrodillaron ante la cuna y juraron lealtad.
El documento existe. Los juramentos existen. Las firmas existen.
Nadie habló entonces de bastardía. Nadie susurró nada sobre la reina. Nadie puso en duda la palabra del rey.
El veneno vino después.
Vino cuando hizo falta.
La fábrica del rumor
Hacia 1464, cuando Juan Pacheco y su partido decidieron que Enrique IV ya no les servía porque intentaba gobernar sin pasar por sus manos, necesitaron algo más que ejércitos.
Necesitaron un relato.
Y el relato que inventaron fue magistral en su crueldad.
Primero atacaron al rey. Dijeron que era impotente. Que era incapaz de engendrar. Que su matrimonio anterior había sido anulado por ese motivo. El apodo —Enrique el Impotente— se extendió por tabernas, plazas y púlpitos con una eficacia que hoy envidiaría cualquier gabinete de prensa.
Después atacaron a la reina.
Si el rey era impotente, la hija no podía ser suya. ¿De quién era entonces? Hacía falta un nombre. Un amante. Eligieron a Beltrán de la Cueva, joven favorito del rey, guapo, recién encumbrado a conde, odiado por la vieja nobleza precisamente por ser nuevo.
No presentaron pruebas. Nunca las hubo. Ni una carta. Ni un testigo presencial. Ni una confesión. Nada.
Solo el rumor, repetido mil veces, en mil bocas, hasta que el rumor se volvió verdad. Y a la niña de dos años le colgaron para siempre el sambenito:
Beltraneja. La hija de Beltrán.
Fíjese bien el lector en la mecánica, porque es la misma que se sigue usando seis siglos después: no hace falta probar nada. Basta con sembrar la duda con insistencia, darle un apodo pegadizo que haga reír a la gente, y dejar que la crueldad popular haga el resto.
Una niña de dos años no se puede defender de un chiste. Y cuando crezca, ya será tarde: el apodo habrá echado raíces más profundas que cualquier documento.
El tablero se vuelca
Lo que siguió fue el caos que ya contamos en esta casa: la Farsa de Ávila en 1465, el muñeco de paja con corona rodando por el polvo, el niño Alfonso proclamado rey a los once años.
Juana, con tres años, pasó de ser princesa heredera a ser “la hija de nadie”. Su madre, la reina, fue acusada, humillada, apartada de la corte y desterrada. Murió joven, con veintitrés años, rota y olvidada, sin haber podido defender ni su honra ni la de su hija.
Cuando el niño Alfonso murió en 1468 —envenenado, según todos los indicios, con aquella famosa empanada de truchas— los nobles rebeldes necesitaron una nueva bandera. Y miraron hacia la otra hermana del rey: una muchacha de diecisiete años, silenciosa, inteligente, que había observado todo desde la sombra.
Isabel.
En el Pacto de Toros de Guisando, Enrique IV, derrotado y solo, aceptó desheredar a su propia hija Juana y reconocer a Isabel como heredera. Fue un acto contra natura: un padre firmando que su hija no era suya. Lo hizo por cansancio. Por miedo. Por quedarse con un pedazo de trono unos años más.
Juan Pacheco, que había organizado todo el tinglado, sonreía en la sombra. Tenía a Isabel donde quería. La casaría con quien él eligiera —pensaba en el rey de Portugal— y seguiría mandando.
Pero Isabel no era Alfonso. Isabel no era una niña manejable.
En 1469, sin pedir permiso a nadie, se casó en secreto con Fernando de Aragón.
Pacheco montó en cólera. Su plan se venía abajo. Y con la frialdad que caracterizaba a su casa, hizo lo que los Pacheco sabían hacer mejor: cambió de bando.
Si Isabel ya no era suya, volvería a ser Juana.
La guerra de las dos reinas
Enrique IV murió en diciembre de 1474. Juan Pacheco había muerto dos meses antes, sin ver el final de su obra, pero dejando a su hijo Diego López Pacheco —el mismo apellido que siglos después volvería a temblar en México— al frente del clan y del partido de Juana.
En Segovia, Isabel se proclamó reina de Castilla a toda prisa, sin esperar funerales ni Cortes.
En respuesta, el rey Alfonso V de Portugal cruzó la frontera con su ejército, se casó por poderes con su sobrina Juana —que tenía trece años— y la proclamó reina legítima.
Castilla se partió en dos. Hermanos contra hermanos. Ciudades contra ciudades. Obispos contra obispos.
La guerra duró cinco años. Y se decidió, como se deciden las guerras civiles, no solo en el campo de batalla sino en el relato.
La batalla decisiva fue la de Toro, el 1 de marzo de 1476. Militarmente fue un empate confuso, con sangre por los dos lados y sin vencedor claro. Pero mientras los portugueses tardaban en contar sus muertos, los cronistas de Isabel ya estaban escribiendo la victoria.
Isabel cantó Te Deum en Tordesillas. Mandó construir el monasterio de San Juan de los Reyes en Toledo para conmemorar el triunfo. Envió embajadores a Roma y a París con la noticia. Convirtió un empate embarrado en una epopeya.
Juana, con catorce años, vio cómo le robaban la guerra en los despachos después de no haberla perdido en el campo.
Era la Farsa de Ávila al revés: esta vez el teatro lo montaban los otros.
El tratado y el velo
En 1479, agotados los dos reinos, se firmó el Tratado de Alcáçovas-Toledo. Portugal reconocía a Isabel. Castilla repartía con Portugal el Atlántico y las futuras rutas de África.
¿Y Juana? Juana, que tenía diecisiete años y era la causa nominal de toda la guerra, fue tratada en el tratado como un mueble incómodo que había que colocar en alguna parte.
Le dieron a elegir entre dos opciones:
Casarse, cuando cumpliera la edad, con el príncipe Juan, el hijo recién nacido de Isabel y Fernando —es decir, casarse con el hijo de su rival, humillarse ante la usurpadora y bendecir con su vientre la dinastía que la había despojado—.
O entrar en religión y desaparecer del mundo para siempre.
Juana eligió el convento.
Entró en Santa Clara de Coímbra. Se puso el hábito. Bajó la cabeza. Y todos los que habían luchado por ella, todos los que habían muerto gritando su nombre en Toro, todos los nobles portugueses y castellanos que habían jurado defenderla, se fueron a casa y la dejaron sola.
Tenía diecisiete años. Le quedaban cincuenta y uno de vida por delante.
Cincuenta y un años entre cuatro paredes.
Cincuenta años firmando
Y aquí es donde la historia deja de ser política y se vuelve grandeza.
Porque Juana pudo haberse rendido por dentro. Pudo haber aceptado el apodo. Pudo haber firmado como monja, como vencida, como sobrina agradecida de los reyes de Portugal que le pagaban la celda.
No lo hizo.
Durante medio siglo, en cada carta, en cada documento, en cada súplica al Papa, en cada nota a los reyes que se sucedieron en el trono que debió ser suyo, firmó igual:
Yo, la Reina.
No era soberbia. Era memoria. Era la niña de Madrid a la que juraron princesa negándose a aceptar que un chiste de taberna valiera más que un juramento ante Dios.
Murió en 1530. Isabel la Católica llevaba veintiséis años muerta. Fernando el Católico llevaba catorce. Carlos I, el nieto de sus rivales, gobernaba un imperio donde no se ponía el sol. Nadie en Castilla se acordaba ya de la guerra de sucesión. Nadie cantaba ya las coplas de Toro.
En una celda de Coímbra se apagó, en silencio, la mujer que debió ser reina de Castilla y a la que la historia llama todavía con el apodo que le pusieron sus enemigos cuando tenía dos años.
El apodo que sigue matando
Hay algo profundamente inquietante en que, quinientos años después, sigamos llamándola la Beltraneja.
Nunca se probó que no fuera hija de Enrique IV. Los historiadores modernos, con los documentos en la mano, tienden cada vez más a pensar que probablemente sí lo era. Que la impotencia del rey fue una exageración propagandística. Que Beltrán de la Cueva fue un chivo expiatorio elegido por conveniencia. Que todo el montaje se desmorona cuando se examina sin la prisa de los vencedores.
Y sin embargo el apodo sobrevive. Aparece en los manuales escolares. En los artículos divulgativos. En las tertulias. Juana la Beltraneja, dicho con esa naturalidad con que se repiten las calumnias viejas sin pensar que detrás hubo una niña real, una madre real destruida a los veintitrés años, y una anciana real firmando Yo, la Reina en una celda portuguesa.
Es la prueba más perfecta de que el Método Pacheco funciona: si repites una mentira con suficiente insistencia, con suficiente gracia y con suficiente poder detrás, la mentira sobrevive a la verdad durante siglos.
Calderón escribió que el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios. Juana de Castilla vivió esa frase sin haberla leído, cincuenta años antes de que se escribiera. Le quitaron el trono, le quitaron el padre, le quitaron la madre, le quitaron el nombre. No le pudieron quitar el alma.
Y por eso, cada vez que alguien escribe su apodo sin interrogantes, ella sigue ganando desde la tumba. Porque la obliga a quien la nombra a recordar, aunque sea sin querer, que hubo una vez una reina a la que hubo que inventarle un padre falso para poder robarle lo que era suyo.
Si Juana no hubiera sido la legítima, no habría hecho falta difamarla.
Lo anterior es verdad, pero también es verdad que para tener el poder, hace falta poder.
No solo legitimidad.
Pero si profundizamos más, los intereses de su bando eran todo menos legítimos, porque en ese mismo bando se encontraban quienes el mote le inventaron.
Tan solo la utilizaron.
— Por ⚔︎ Martín Garatuza, espadachín, pendenciero y cocina de autor.

