La tarde de los tres espadas

Dicen los viejos de Sevilla que hay tardes que no pertenecen al calendario. Tardes que se cuelan entre los días como un naipe de más en la baraja, y que solo pueden vivirse una vez, o ninguna, o siempre. Esta que les cuento fue una de ellas.

Y muy bien contada, cojan sus aceitunas pero dejen alguna para los demás, que esto que les cuento, tal vez nunca volverá a pasar.

Era una tarde tibia, clara, con ese oro leve que Sevilla reserva para los días que parecen abril aunque el calendario insista en otra cosa. Sobre el albero, la arena esperaba lisa, recién peinada, como una página en blanco. En los tendidos, los abanicos abrían y cerraban sus alas con un rumor de palomas nerviosas. Olía a azahar, a puro encendido, a vino fino y a esa mezcla indefinible de multitud y ceremonia que sólo conocen las plazas antiguas.

No había cartel en las esquinas, ni pregonero a la puerta, ni billete que atestiguara aquella función. Y, sin embargo, nadie dudaba de los nombres anunciados.

Rodolfo Gaona, primer espada.

Juan Belmonte, segundo espada.

Joselito el Gallo, salía tercero.

Al oírlos, el público había guardado un silencio extraño, no de incredulidad, sino de reconocimiento. Como si los tres nombres hubieran estado aguardando, durante décadas, el momento exacto para volver a pronunciarse juntos.

Gaona, el gran califa de León, apareció primero. Venía vestido de tabaco y oro, con una serenidad antigua en el rostro. Caminaba despacio, sin mirar a los tendidos, como quien conoce de memoria cada ladrillo de la plaza y no necesita confirmar que el mundo sigue en su sitio. Su figura tenía la gravedad de los retratos viejos, pero sus pasos no levantaban polvo.

Después salió Juan Belmonte.

El Pasmo de Triana llevaba un traje oscuro, casi negro, bordado con un brillo apagado. Se detuvo un instante junto al burladero y contempló el ruedo. Parecía estar escuchando algo que nadie más oía: quizá el agua del Guadalquivir pasando bajo los puentes, quizá una voz lejana llamándolo desde una calle estrecha de Triana.

Por último apareció Joselito, el menor de la Gabriela.

Era joven —demasiado joven—, con esa juventud inmóvil que sólo conservan las fotografías y los recuerdos. Su traje verde y oro resplandecía bajo el sol. Algunos aficionados viejos, de esos que ya no existen sino en las tertulias, se llevaron la mano al corazón. Porque verlo allí era como ver entrar a una primavera perdida.

Los tres espadas se saludaron sin hablar.

Gaona apenas tocó su montera.

Belmonte respondió con una mirada grave.

Joselito sonrió.

En los tendidos, nadie aplaudió todavía. Aquel silencio había adquirido una forma distinta: era una capilla, una promesa, un secreto compartido por miles de personas.

La cuadrilla no se veía. Tampoco los monosabios, ni el arenero, ni los alguacilillos. Sólo estaban los tres maestros frente al ruedo vacío, bajo una tarde que se detenía sobre Sevilla como una respiración.

En medio del pasodoble que anunciaba la fiesta, con su tono severo y lleno de clasicismo, comenzó el desfile torero. Los tres, envueltos en su capote de paseo como si de una mortaja se tratara, lucían extraordinarios bordados de Valencia que recordaban que eran hijos de la misma madre.

Y que con su manto les protegía.

Pasos toreros, estampas hombrías y miradas clavadas. Un burladero de matadores que parecía demasiado lejano, pero al que siempre se llega. Los periódicos de la época hacían sus apuestas. Los partidiarios de uno y otro calentaban el ambiente desde días antes durante las tertulias en el Barrio de la Cruz y en Triana.

Ninguno se dejó, los tres se calaron bien la montera.

Entonces sonó el clarín.

Fue un toque limpio, breve, exacto.

El primer toro debía salir.

Las puertas de toriles se abrieron con un crujido profundo. Todo el mundo se inclinó hacia adelante. Los abanicos dejaron de moverse. Una mujer en barrera cerró los ojos. Un niño, que había llegado de la mano de su abuelo, preguntó en voz baja:

—¿Y el toro?

Pero no salió nada.

La puerta permaneció abierta, negra, inmensa. Del fondo no vino bramido, ni golpe de pezuñas, ni el temblor poderoso de un animal dispuesto a irrumpir en la luz.

Sólo salió aire.

Un aire frío, impropio de aquella tarde de abril.

Gaona se llevó la montera al pecho. Belmonte bajó la mirada. Joselito, que hasta entonces había conservado aquella sonrisa de muchacho, pareció escuchar de pronto una noticia conocida.

El clarín volvió a sonar.

Y entonces ocurrió.

Primero se deshizo el color del traje de Gaona. El tabaco se volvió ceniza; el oro, una claridad pálida. Nadie gritó. Nadie se movió. El maestro mexicano seguía allí, erguido y elegante, pero su cuerpo ya no pertenecía por completo a la tarde.

Luego Belmonte se volvió transparente en los bordes, como una figura reflejada en el agua. Por un momento, detrás de él pudo verse el albero, y más allá, la barrera; después, la sombra de un puente y un río oscuro.

Joselito fue el último.

El joven espada miró hacia los tendidos, hacia la multitud que lo contemplaba con una mezcla de amor y espanto. Se quitó la montera y la dejó caer sobre la arena. Pero la montera no cayó: descendió despacio, como una hoja de olivo, hasta posarse sin ruido.

Entonces un anciano se puso de pie en el tendido de sombra.

Nadie sabía quién era. Vestía de negro, con un sombrero ancho entre las manos. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no lloraba. Dijo una sola frase, apenas un susurro:

—No hay toro porque no hay tarde.

Y todos comprendieron.

Gaona llevaba años muerto.

Belmonte llevaba años muerto.

Joselito llevaba más tiempo aún, detenido para siempre en la juventud de una plaza lejana.

No habían regresado para torear. Habían regresado porque la muerte les debía algo.

Y Sevilla también.

La Maestranza entera guardó silencio. No un silencio de miedo, sino de respeto. El público entendió que asistía no a una corrida, sino a una cita de la memoria. Aquellos tres hombres no habían cruzado las puertas del paseíllo: habían salido de las fotografías amarillentas, de las conversaciones de café, de los libros, de las voces de los viejos aficionados que hablaban de ellos como se habla de los héroes imposibles.

Gaona levantó una mano y saludó con lentitud.

Belmonte hizo lo mismo.

Joselito miró una vez más la arena, como si quisiera aprenderse de nuevo la forma redonda del mundo.

Después, los tres caminaron hacia el patio de cuadrillas.

No se alejaban: se borraban.

Sus sombras fueron lo último en irse.

El sol empezó a bajar sobre la plaza. Los espectadores permanecieron sentados mucho tiempo, incapaces de romper el hechizo. Nadie reclamó la devolución de una entrada que jamás había comprado. Nadie preguntó cuándo saldría el primer toro.

En medio del ruedo, sobre la arena intacta, había quedado una montera.

Y junto a ella, tres huellas que el viento no logró borrar.