La Batalla de Toro: el día que la propaganda inventó un Imperio

1 de marzo de 1476. Noche cerrada a orillas del río Duero, cerca de Peleagonzalo, en las tierras frías de Zamora.

Llueve a cántaros. El viento del norte hiela las manos de los hombres que llevan cinco horas acuchillándose a ciegas en la oscuridad. El fango, mezclado con la sangre de miles de castellanos, aragoneses y portugueses, se traga los caballos y las espadas caídas.

A la medianoche, cuando las trompetas de ambos bandos tocan a retirada, nadie sabe quién ha ganado.

El rey Alfonso V de Portugal ha huido del campo desmoralizado, creyendo que su ejército está destruido. Pero su hijo, el joven príncipe Juan de Portugal, mantiene la disciplina en el ala izquierda, rompe a las tropas castellanas que tiene enfrente, conserva el estandarte real y pasa la noche en la cima de un cerro, dueño del terreno, reuniendo a los dispersos.

Por su parte, Fernando de Aragón —el marido de Isabel— ha destrozado el ala derecha portuguesa, ha capturado cientos de prisioneros y ha tomado la bandera del rey de Portugal, pero sabe que la masa principal del enemigo sigue entera al otro lado del río.

Militarmente, Toro no fue una victoria aplastante. Fue una escaramuza sangrienta, confusa, nocturna e indecisa. Un empate amargo en medio del barro.

Sin embargo, a la mañana siguiente, el mapa de Europa había cambiado para siempre.

Porque mientras los portugueses contaban sus muertos y esperaban a ver qué pasaba, una muchacha de veinticinco años, refugiada en Tordesillas, entendió antes que nadie la regla suprema de la política moderna:

La victoria en el campo de batalla no pertenece al que mata a más enemigos. Pertenece al que cuenta primero la historia.

Esa muchacha se llamaba Isabel de Castilla. Y acababa de protagonizar una de las demostraciones tempranas más eficaces de propaganda política en la península.

La confusión bajo la lluvia

Para entender el milagro de Toro hay que mirar primero el caos de la tarde.

Los dos ejércitos se habían encontrado casi por casualidad al atardecer. Los portugueses, que apoyaban los derechos de la princesa Juana —a la que sus enemigos llamaban la Beltraneja—, intentaban retirarse hacia la fortaleza de Toro. Los castellano-aragoneses, que defendían los derechos de Isabel, los alcanzaron por la espalda.

Fue una batalla de pánico y de acero corto.

No hubo grandes maniobras. No hubo estrategia sutil. Hubo dos choques brutales en paralelo:

En el flanco derecho castellano, el príncipe Juan de Portugal —un muchacho militarmente brillante que años después reinaría como Juan II— arrolló por completo a las tropas de Fernando de Aragón, mató a cientos de caballeros castellanos y mantuvo la formación. Cuando cayó la noche, el príncipe Juan era el dueño del campo.

En el flanco izquierdo, Fernando de Aragón cargó en persona contra el ala que mandaba el propio rey Alfonso V de Portugal. La carga fue tan feroz que el centro portugués se desintegró. El rey Alfonso, abrumado por el pánico, huyó a galope hacia Castronuño con apenas un puñado de jinetes, dejando su guión real y su bandera en manos de los aragoneses.

A las nueve de la noche, la situación era de locura:

El rey de Portugal creía que había perdido la guerra y huía a ciegas. El príncipe de Portugal sabía que había ganado su flanco y esperaba al amanecer en el cerro. Y Fernando de Aragón tenía la bandera del rey enemigo, pero no tenía fuerzas para atacar la posición del príncipe.

Si Alfonso V de Portugal no hubiera huido, si hubiera regresado al cerro con su hijo a la mañana siguiente, el ejército portugués habría podido aplastar a las cansadas tropas de Fernando.

Pero el rey de Portugal era un hombre melancólico, místico, devorado por la duda. Y en la oscuridad de la noche, cometió el error que le costó a su sobrina Juana la corona de Castilla: se dio por vencido antes de tiempo.

La carrera del correo

A la una de la madrugada, Fernando de Aragón, helado de frío en su tienda de campaña pero con el ojo clínico de los grandes políticos, tomó una pluma y escribió una carta urgente a su esposa Isabel, que esperaba noticias en Tordesillas.

No escribió: “La batalla ha sido confusa, el príncipe portugués aguanta en un cerro y no sé qué pasará mañana.”

Escribió: “Dios nos ha dado una victoria completa y milagrosa sobre los enemigos del reino. El rey de Portugal ha huido, sus banderas están en mi poder y su ejército se desbanda.”

Santa Clara de Toro y conservada en la iglesia de San Sebastián de los Caballeros en Toro
La imagen muestra una pintura mural medieval del siglo XIV atribuida a la monja Teresa Díez

El correo cabalgó a toda prisa por los caminos embarrados de Tordesillas.

Cuando Isabel recibió la carta de madrugada, no perdió un solo segundo en confirmar los datos. No esperó a saber qué hacía el príncipe Juan de Portugal en su cerro. No envió exploradores. Tomó la carta como la verdad absoluta e inclinó el mundo a su favor.

Salió a la calle en plena noche. Mandó encender hogueras en Tordesillas. Ordenó que las campanas de todas las iglesias repicaran a triunfo. Organizó una procesión descalza, con la cabeza cubierta de ceniza, caminando en la nieve hasta la iglesia de San Pablo para cantar un Te Deum de alabanza a Dios por la “gran victoria”.

Al mediodía del 2 de marzo, mientras el príncipe Juan de Portugal seguía tranquilamente en su cerro zamorano esperando a ver si aparecía su padre, en toda Castilla ya se sabía que Isabel había ganado la guerra.

Los mensajeros de la reina cabalgaban a reventar caballos hacia Toledo, Segovia, Sevilla, Córdoba, Burgos, Valencia, Barcelona, Roma y París. Llevaban cartas oficiales anunciando la “destrucción total del ejército portugués”.

Para cuando el rey de Portugal quiso reaccionar y desmentir la noticia, ya era tarde. El relato se había vuelto piedra.

La huida de las ratas

Aquí es donde la Batalla de Toro deja de ser un evento militar para convertirse en una lección sociológica de primera magnitud.

En la Castilla de 1476, la alta nobleza llevaban tres años esperando en la cerca para ver cuál de las dos reinas ganaba la guerra. No tenían lealtad a Isabel ni a Juana: tenían lealtad a la victoria.

Cuando los avisos de la “victoria milagrosa de Toro” llegaron a los castillos de los grandes señores, la reacción fue instantánea.

Diego López Pacheco, el hijo de Juan Pacheco, que mandaba el partido de Juana, miró el viento, entendió que el relato de Isabel era imparable, y comenzó a enviar emisarios secretos a Tordesillas para negociar su rendición a cambio de conservar sus tierras.

Los Mendoza, que dudaban, se declararon inmediatamente isabelinos fervientes.

Los caballeros que luchaban en el bando portugués sintieron que la causa estaba perdida y empezaron a desertar en masa. Los pueblos que dudaban si pagar impuestos a un bando o al otro cerraron sus puertas a las tropas de Lisboa.

El príncipe Juan de Portugal pudo sostener el campo de batalla de Toro durante tres días más. Pudo retirarse a Portugal con el ejército intacto. Pudo decir, con razón histórica y militar, que él no había sido vencido.

Daba igual.

Su padre, el rey Alfonso, abatido por la vergüenza de su huida, renunció al trono de Portugal, vistió hábito de franciscano y se retiró a un monasterio. La causa de la princesa Juana se quedó sin su gran valedor.

La batalla que tácticamente había sido un empate, estratégicamente fue la victoria más absoluta de la historia de España.

Porque Isabel no destruyó al ejército enemigo con espadas: lo destruyó quitándole la esperanza.

El monumento al relato

Isabel la Católica nunca olvidó la lección de Toro.

Para que nadie pudiera dudar jamás de lo que había pasado en aquella noche de barro y lluvia, mandó construir en Toledo uno de los edificios más imponentes del gótico flamígero europeo: el Monasterio de San Juan de los Reyes.

En las paredes exteriores del templo mandó colgar, como trofeos de guerra, las cadenas de los cautivos cristianos liberados y los grilletes tomaron a los portugueses. En el interior, cada piedra, cada escudo, cada águila de San Juan proclama la misma idea: aquí venció la reina legítima por la gracia de Dios.

Durante quinientos años, millones de viajeros han visitado Toledo, han mirado San Juan de los Reyes y han aprendido la misma lección que Isabel quiso que aprendieran: que en Toro la Providencia decidió el destino de España.

Nadie se acuerda del príncipe Juan de Portugal esperando en el cerro helado. Nadie se acuerda del ala derecha castellana deshecha por los portugueses. Nadie se acuerda de que Fernando de Aragón estuvo a punto de ser capturado en la oscuridad de la noche.

Algunos dicen que el monumento sepultó la realidad bajo toneladas de piedra y belleza. Pero eso es ignorar la realidad. Por que quien salió victoriosa fue Isabel de Castilla.

cada águila de San Juan proclama la misma idea: aquí venció la reina legítima por la gracia de Dios.
Monasterio de San Juan de los Reyes, Toledo

— Por ⚔︎ Martín Garatuza, espadachín, pendenciero y cocina de autor.