Hay guerras que caben en una tarde y guerras que no caben en una vida. Y hay una, solo una, que no cupo siquiera en un siglo: la que los hombres llamarían, con esa mezcla de asombro y cansancio que da lo interminable, la Guerra de los Cien Años. Acompáñame a recorrerla, no como quien repasa fechas, sino como quien escucha el largo latido de una época.
El pleito de una corona
Todo comenzó, como tantas tragedias, por una cuestión de sangre y de herencia.
En 1328 había muerto en Francia el último rey de la rama directa de los Capetos sin dejar un hijo varón. Y entonces, al otro lado del Canal de la Mancha, un joven monarca inglés, Eduardo III, alzó la voz para recordar al mundo que, por parte de madre, también corría por sus venas sangre de reyes franceses.
El trono de Francia, dijo, le pertenecía.
Los franceses, naturalmente, no estaban dispuestos a sentar a un inglés en el solio de San Luis. Invocaron viejas leyes —la célebre ley sálica, que excluía la herencia por línea femenina— y coronaron a uno de los suyos, Felipe VI, de la casa de Valois.
Así quedó encendida la mecha. Pero bajo aquel pleito dinástico ardían fuegos más antiguos: las ricas tierras de Aquitania, que los reyes ingleses poseían en suelo francés; el floreciente comercio de la lana flamenca; y esa vieja rivalidad entre dos pueblos vecinos condenados a mirarse por encima de un brazo de mar. En 1337, las palabras se volvieron espadas.
Había comenzado.
El siglo de las flechas inglesas
Los primeros capítulos de esta larguísima historia fueron amargos para Francia.
Porque los ingleses traían consigo un arma humilde y terrible: el arco largo, el longbow, manejado por campesinos galeses y ingleses que lo tensaban desde niños. No tenía la nobleza de la lanza ni el brillo de la espada, pero lanzaba una lluvia de flechas capaz de oscurecer el cielo y de atravesar la armadura más orgullosa.
En Crécy, en 1346, la flor de la caballería francesa se lanzó una y otra vez contra las líneas inglesas, y una y otra vez cayó bajo aquella tormenta de puntas de hierro. Fue una matanza. La caballería medieval, símbolo de un mundo entero, empezaba a morir en el barro.
Diez años después, en Poitiers, ocurrió lo impensable: el propio rey de Francia, Juan II el Bueno, cayó prisionero de los ingleses. Imaginen la escena: un rey cautivo, llevado a Londres como un trofeo, mientras su reino quedaba acéfalo, humillado, a merced del enemigo.
Y como si las espadas no bastaran, llegó entonces un enemigo que no distinguía banderas: la Peste Negra. Entre 1347 y 1351, la muerte negra barrió Europa y se llevó a un tercio de su población. Campos sin labradores, aldeas vacías, fosas comunes. La guerra seguía, pero ahora los ejércitos marchaban sobre un continente diezmado, entre pueblos fantasma.
Agincourt, o la humillación perfecta
Hubo treguas, respiros, paces frágiles que nunca duraban. Y luego, en 1415, un nuevo rey inglés, joven y ambicioso, Enrique V, volvió a desembarcar en Francia dispuesto a terminar lo que sus abuelos habían empezado.
El encuentro llegó en un campo embarrado de Picardía, cerca de un castillo llamado Agincourt. Allí, un ejército francés inmenso, soberbio, brillante de armaduras, se enfrentó a un puñado de ingleses exhaustos y hambrientos.
Y volvió a suceder.
El barro atrapó a los caballeros franceses; las flechas inglesas los cosieron a distancia; el peso de sus propias armaduras los convirtió en presas indefensas. Fue otra catástrofe, acaso la más amarga de todas. Francia perdió en pocas horas a buena parte de su nobleza.
Tan grande fue el desastre que, pocos años después, por el Tratado de Troyes, se llegó a lo inconcebible: se reconoció a Enrique V como heredero del trono de Francia, desheredando al propio hijo del rey francés.
Parecía el final. Parecía que la vieja Francia iba a disolverse como un terrón de azúcar en agua inglesa.
La doncella que oyó voces
Y entonces, cuando todo parecía perdido, la historia hizo lo que a veces hace: cambió de rumbo por el camino más inesperado.
En una aldea perdida de Lorena, llamada Domrémy, una muchacha campesina de diecisiete años empezó a decir que oía voces. Voces de santos, aseguraba, que le ordenaban una misión imposible: expulsar a los ingleses y coronar al rey legítimo de Francia.
Se llamaba Juana, y la historia la conocería como Juana de Arco.
Lo asombroso no es que una campesina analfabeta dijera tales cosas. Lo asombroso es que la creyeran. Que le dieran una armadura y un estandarte blanco. Que la dejaran cabalgar al frente de los ejércitos.
Y, sobre todo, lo verdaderamente asombroso: que venciera.
En 1429, Juana levantó el sitio de Orleans, la ciudad que agonizaba bajo el cerco inglés. Fue como si una llama prendiera de golpe en un reino apagado. Tras ella, el desvalido heredero fue conducido hasta Reims y coronado rey con el nombre de Carlos VII, en la catedral donde se ungía a los reyes de Francia desde tiempos inmemoriales.
El fuego de Ruan
Pero la historia, que sabe ser luminosa, sabe también ser cruel.
Juana cayó prisionera en manos de los borgoñones. Fue vendida a los ingleses, juzgada por un tribunal eclesiástico que la quería muerta, acusada de herejía y de brujería. Y en la plaza del mercado de Ruan, el 30 de mayo de 1431, la muchacha que había salvado a Francia fue quemada viva. Tenía diecinueve años.
Dicen que, mientras las llamas subían, pidió una cruz y pronunció el nombre de Jesús. Dicen que un inglés murmuró, horrorizado: “Estamos perdidos, hemos quemado a una santa”.
Y quizás tenía razón. Porque aunque la mataron, no pudieron matar lo que había encendido. La llama ya no estaba en una muchacha: estaba en todo un pueblo.

Juana había devuelto a un pueblo entero algo que había perdido: la fe en sí mismo. Vivió solo 19 años. Fue canonizada un 16 de mayo de 1920 en la basílica de San Pedro, por Benedicto XV.
El largo final
Lo que siguió fue el lento, inexorable reflujo de la marea inglesa.
Carlos VII, el rey que Juana había coronado, resultó mejor monarca de lo que nadie esperaba. Reorganizó su ejército, lo dotó de algo nuevo y decisivo —la artillería, los cañones que ahora derribaban las murallas que antes parecían eternas—, y fue recuperando, palmo a palmo, la tierra perdida.
Una tras otra, las ciudades volvieron a manos francesas. París, Normandía, y al fin la propia Aquitania, aquel viejo motivo de la discordia. En 1453, en la batalla de Castillon, los cañones franceses deshicieron al último gran ejército inglés en suelo francés. Y de pronto, sin tratado solemne, sin firma que lo proclamara, la guerra simplemente… terminó.
De todas sus posesiones en Francia, a Inglaterra solo le quedó el puerto de Calais, un último clavo en el mapa. Ciento dieciséis años después de la primera chispa, el fuego se apagaba por sí solo, exhausto.
Lo que la guerra dejó tras de sí
Ninguna guerra tan larga termina sin cambiar el mundo que la padeció. Y esta lo cambió para siempre.
Murió en ella la caballería medieval, barrida por las flechas y los cañones; murió la vieja forma de hacer la guerra, y con ella, un mundo entero de torneos y armaduras. Nacieron, en cambio, los ejércitos permanentes, pagados por el rey, y con ellos el Estado moderno.
Pero nació algo más sutil y más grande. Nació, a ambos lados del Canal, el sentimiento de ser una nación. Antes había señores, feudos, lealtades locales. Después de aquel siglo de sangre, había franceses e ingleses: pueblos que se habían descubierto distintos en el espejo de su enemigo. Juana de Arco, sin saberlo, no solo había coronado a un rey: había ayudado a alumbrar a Francia misma.
La Guerra de los Cien Años no fue una guerra: fue una era. Vieron su principio hombres que no vivieron para ver su final; la heredaron hijos y nietos como se hereda un apellido o una deuda. Duró tanto que dejó de ser un acontecimiento para volverse un paisaje, el telón de fondo de varias generaciones que nacieron, amaron y murieron bajo su sombra.
Y sin embargo, de aquel siglo interminable de barro, peste y flechas, quedó para siempre una imagen que lo redime todo: la de una muchacha de diecinueve años, con una armadura demasiado grande y un estandarte blanco, cabalgando hacia una muerte segura con la frente alta, convencida de que las voces no mienten y de que un solo corazón valiente puede torcer el destino de las naciones.
Quizás por eso recordamos esta guerra. No por los reyes ni por las batallas, sino porque en medio de su larga noche, alguien se atrevió a encender una luz.
Epílogo
Calais finalmente fue recuperado por el militar francés Francisco de Guisa en el año de 1558. En pleno invierno y aprovechando que las defensas inglesas estaban debilitadas, el ejército francés superó por completo a la guarnición británica. La pérdida de Calais fue una humillación enorme para Inglaterra, especialmente para la reina María I de Inglaterra (conocida como Bloody Mary), quien en su lecho de muerte llegó a decir que si abrían su corazón, encontrarían grabado el nombre de “Calais”.

