Existe una tendencia muy usada, muy trillada, muy contemporánea, y sobre todo muy aprovechada por las izquierdas para justificar su agenda y muy vanagloriada por la derecha para justificar su propia estupidez. Y es la de tomarse la corrupción y el abuso de poder como un insulto personal hacia nuestros pueblos.
Por qué los abusos de las élites hispanas vienen de la Edad Media
Miramos las noticias, leemos los escándalos de la semana, vemos a élites políticas y financieras eludir la cárcel con una sonrisa impune, y pensamos con amargura: “¿En qué momento nos volvimos así? ¿Qué hicimos mal en el siglo XX? ¿Cuándo se arruinó este país?”
Y no, no es cuestión de virar a la izquierda ni a la derecha, tampoco de quedarse en el centro y mucho menos de transformaciones. La respuesta corta y brutal es: hace seis siglos.
No fue ayer. No fue con la última república. No fue con las independencias del siglo XIX. Ni siquiera fue con las reformas borbónicas del XVIII. La arquitectura profunda del poder en el mundo hispano —esa red invisible donde el apellido pesa más que la ley, el patrimonio público se trata como billetera privada y la impunidad se negocia entre “caballeros”— se diseñó con tintero y pergamino en la Castilla del siglo XV.
Y tuvo un arquitecto con nombre y apellidos: Juan Pacheco, I marqués de Villena, y la gigantesca telaraña familiar que su clan tejió desde la Baja Edad Media.
Quien entienda cómo operaban los Pacheco en el año 1450 entenderá perfectamente cómo funciona cualquier consejo de administración, cualquier ministerio y cualquier corte judicial del mundo hispanohablante en cualquier momento de nuestra historia, incluso el actual.
No es que el sistema esté roto.
Es que sigue ejecutando el programa original.
Juan Pacheco: el hombre que escribió el manual
Para entender el fenómeno hay que viajar a la Castilla quebradiza del rey Enrique IV, a mediados del siglo XV. España no existía. Era una colección de reinos feudales donde los nobles cambiaban de bando como quien cambia de capa, y donde la corona era poco más que un trozo de tela disputado por hombres armados.
En ese caos emergió Juan Pacheco.
Pacheco no era el noble más rico de Castilla, ni el mejor guerrero, ni el de mayor alcurnia. Pero tenía algo infinitamente más peligroso: comprendió la física del poder moderno antes que nadie.
Entendió que hacerse con el trono era una estupidez defensiva que solo te convertía en blanco de todos los demás. El verdadero secreto consistía en controlar al que estaba sentado en el trono. Volverse su favorito, su consejero indispensable, su filtro con el mundo exterior.
Durante décadas, Juan Pacheco puso y quitó reyes, vendió cargos públicos, compró voluntades, traicionó a sus aliados, pactó con los enemigos de la corona cuando le convenía y volvió al regazo real cuando el viento cambiaba. Estuvo a punto de impedir el matrimonio de Isabel la Católica con Fernando II de Aragón porque no le encajaba en los libros de contabilidad de su familia.
Cuando murió en 1474, dejando a sus herederos un imperio privado de castillos, villas, títulos y órdenes militares, no solo dejó una fortuna: dejó un código operativo.
El Método Pacheco. Una doctrina no escrita de cuatro reglas de oro que la élite hispana ha transmitido de padres a hijos durante seiscientos años.
Las cuatro reglas del Método Pacheco
Primera regla: El patrimonialismo (El Estado es mi hacienda)
Para la mentalidad nórdica e incluso china o sajona, el Estado es una institución pública que los ciudadanos financian para recibir servicios. Para el método Pacheco, nacido en el feudalismo castellano, el Estado es un botín que se conquista.
Los impuestos no eran dinero para hacer carreteras; eran la renta que el señor cobraba a los vasallos. Los cargos públicos —corregidor, virrey, oidor de Audiencia, ministro— no eran responsabilidades administrativas; eran encomiendas que se entregaban a los hijos, los primos y los leales para que se enriquecieran.
La frontera entre la tesorería pública y la cuenta bancaria de la familia simplemente no existía. Y esa confusión deliberada se cruzó en carabela hacia América, donde los virreyes y los encomenderos tanto indígenas como castellanos, la aplicaron con un entusiasmo devastador.
Segunda regla: Endogamia estratégica (La sangre no se mancha)
Un Pacheco no se casaba por amor. Se casaba por balance de situación.
Si había que casar a un tío con una sobrina de catorce años para que el ducado de Escalona no saliera de la familia, se pedía dispensa al Papa y se casaban. Si había que emparentar con los Girón, los Téllez, los Velasco o los Portocarrero para cerrar un cerco sobre una región entera, se hacía.
La familia funcionaba como una corporación hermética. Las tierras, los secretos y la impunidad debían quedarse dentro del muro sanguíneo. El resto del mundo —los labradores como Pedro Crespo en Zalamea, aquel relatado por Calderon de la Barca, los comerciantes, los artesanos— eran extranjeros dentro de su propio suelo.
Tercera regla: La traición como inversión (Servir al rey, negociar con el enemigo)
La nobleza medieval hispana nunca cometió el error de ser monolítica.
Cuando la Casa de Pacheco servía al rey de Castilla, siempre había un hermano, un primo o un hijo apostado en la corte de Aragón, en el reino de Portugal o en la curia de Roma. Si el rey caía, el clan no caía con él. Había una puerta abierta en la habitación de al lado.
Esa capacidad para tener un pie en el gobierno y otro en la oposición, un pie en la ley y otro en el contrabando, se convirtió en el arte supremo de la aristocracia hispana. El poder cambia de mano; los Pacheco siguen en el salón.
Cuarta regla: La justicia de doble vía
En el mundo diseñado por las élites medievales, la ley se creó con dos densidades distintas:
Para la plebe: La ley rigurosa, inflexible, pesada. La de la ignominia. La de las galeras. La ley que se aplica a rajatabla sobre el que no tiene padrino.
Para el clan: La ley negociada. El fuero especial. El juicio que se aplaza durante diez años. El indulto real. La “limpieza de honor” comprada en el Consejo de Indias.
Cuando en 1642 el virrey de México, Diego López Pacheco, fue arrestado por sospechas de alta traición, no fue a la cárcel. Su clan movió influencias en Madrid, pagó fianzas astronómicas, amenazó veladamente a la corona con desestabilizar la nobleza castellana, y el rey tuvo que devolverle los títulos y disculparse.
Indios o españoles, la ley era para los pobres. No para un Pacheco.
El gran embarque: de Castilla a las Indias
Cuando la monarquía hispánica se expandió por América, no envió colonos a fundar granjas independientes como hicieron los ingleses en el norte. Envió a sus Nobles, funcionarios, hidalgos arruinados y letrados formados en las universidades de Salamanca y Alcalá.
Y ya fuera para replicarlo o para tenerle cuidado, todos llevaban el código bien aprendido.
Las encomiendas americanas se gestionaron con la misma lógica feudal de los señoríos de Villena, esta vez agregando y consolidando a las élites originarias a la nueva estructura importada. Los viceministerios virreinales se convirtieron en feudos familiares. Los cabildos de las indias se cerraron a perpetuidad mediante la compra de cargos hereditarios.
Cuando llegaron las guerras de independencia en el siglo XIX, el pueblo llano creyó que estaba luchando por la libertad, la igualdad y la república.
Pero las élites españolas de América —que eran, biológica y culturalmente, las descendientes directas de aquella aristocracia castellana— y las ya para entonces rancias élites indígenas, entendieron la jugada en cinco minutos. Cambiaron la bandera española por la bandera nacional, cambiaron el título de “Marqués” por el de “Presidente” o “General”, y dejaron el sistema exactamente como estaba.
Los caciques del siglo XIX, los terratenientes del siglo XX y los oligarcas de hoy no inventaron nada. Solo tradujeron al castellano moderno los estatutos feudales de Don Juan Pacheco.
Por qué nos cuesta tanto entenderlo
La tragedia de la cultura hispana es que sigue analizando todos los problemas relativos al poder con categorías prestadas.
Lo que los poderosos entendieron en cinco minutos, no ha sido posible entender para las mayorías en doscientos años. Y esto es así en ambos lados del Atlántico.
Leemos a politólogos franceses o economistas anglosajones y nos sorprendemos de que sus recetas no funcionen aquí. Nos indignamos porque la “seguridad jurídica” no termina de cuajar, porque los tribunales parecen lentos con los poderosos y rápidos con los débiles, porque los poderes judiciales no destruyen las carreras de los corruptos como pasa en otras latitudes.
Y nos lo tomamos como un fracaso personal. Nos llena de rabia. Nos deprime. Y hasta nos hace cargar contra la otra mitad del pueblo.
Da igual el año, puede ser 1810, 1857, 1910, 1936. No importa.
Pero cuando se mira el cuadro completo desde el siglo XV, la indignación se convierte en diagnóstico:
No estamos ante una democracia imperfecta que falla de vez en cuando. Estamos ante un sistema feudal de clanes patrimoniales sobre el que hemos pintado, con prisa y mala gana, las fachadas de una república moderna.
Las fachadas son nuevas. Los cimientos son medievales.
La lección que nos libera
Hay algo profundamente liberador en comprender esto.
O al menos debería serlo.
El dejar de tomarse la impunidad de las élites como un castigo de nuestro siglo nos permite mirarla con la frialdad con la que un médico mira un virus antiguo.
No es que tu país sea incapaz. No es que tu generación sea peor que las anteriores. No es que estemos “malditos”. Es sencillamente que nos enfrentamos a una de las maquinarias de dominación social más antiguas, sofisticadas y adaptables de la historia de Occidente.
Una maquinaria que sobrevivió a los Reyes Católicos, a la Inquisición, al colapso del imperio, a la Ilustración, a Napoleón, a las guerras civiles, a las independencias americanas y al siglo XX entero.
Los Pacheco de carne y hueso se disolvieron con el tiempo en la nebulosa de la historia. Sus castillos son hoy ruinas turísticas en Belmonte, Peñafiel o Escalona. Sus nombres apenas se mencionan en los libros de texto.
Pero el Método Pacheco sigue ahí.
Viste traje a medida, viaja en primera clase, habla con soltura en los medios de comunicación y sonríe con la misma calma superior con la que Don Juan Pacheco miraba a los reyes de Castilla hace seiscientos años.
Sabe que las leyes cambian, los regímenes caen y los ciudadanos protestan.
Y sabe también —porque se lo enseñó su sangre— que si la familia se mantiene unida, la ley se negocia en privado y el patrimonio público se cuida como propio, al final del día el castillo siempre sigue siendo suyo.
Salvo, claro está, que un día aparezca en el pueblo un labrador obstinado con una vara de madera en la mano.
Pero de esos, como bien sabía Calderón, la historia solo produce uno cada cuatrocientos años.
— Por ⚔︎ Martín Garatuza, espadachín, pendenciero y cocina de autor.

