Ilustración del ballenero Pequod en el Pacífico. En sus cubiertas Herman Melville construyó el mundo entero.

Moby Dick, El Pequod es una nación de madera sobre el abismo

Por las aguas del Pacífico navega algo más que un ballenero. En sus cubiertas de roble y salitre, Herman Melville construyó el mundo entero.

Imaginen un barco. No uno cualquiera, sino uno que huele a grasa de cachalote, a tabaco de pipa y a maderas viejas que crujen como huesos. Imaginen que ese barco zarpa de Nantucket en una mañana de diciembre y que, a partir de ese instante, la tierra firme deja de existir. Ya no hay leyes que valgan, ni iglesias, ni mercados, ni fronteras. Solo hay mar, viento y treinta hombres encerrados en una cáscara de nogal. Eso es el Pequod. Y eso, si lo miran bien, somos todos nosotros.

Un censo imposible

Lo primero que llama la atención al subir a bordo —y Melville se encarga de que el lector suba despacio, casi con recelo— es que la tripulación parece un error de casting. Hay un cuáquero de Nueva Inglaterra que reza antes de cada arponazo. Hay un caníbal de los Mares del Sur cubierto de tatuajes que resulta ser el hombre más noble de toda la historia. Hay un indígena norteamericano, un africano de estatura colosal, un muchacho negro de Alabama que toca la pandereta y que terminará perdiendo la razón. Hay islandeses, malteses, chinos, españoles, tahitianos.

El Pequod es, antes que nada, un censo. Un censo improbable de la humanidad entera comprimida en cuarenta metros de eslora. Y Melville no lo hace por exotismo. Lo hace porque necesita que el lector entienda algo fundamental: la ballena blanca no discrimina, y la muerte tampoco.

La pirámide de la cubierta

Toda sociedad tiene su arquitectura invisible, y la del Pequod es de una claridad brutal. En la cúspide está Ahab, por supuesto: el capitán de la pata de marfil, el hombre que ha convertido su dolor en teología y su venganza en ley. Debajo de él, los tres oficiales —Starbuck, Stubb y Flask— representan tres formas de obedecer. Starbuck duda, reza y razona; es la conciencia que nadie escucha. Stubb fuma, ríe y se resigna; es el pragmatismo alegre de quien prefiere no pensar demasiado. Flask golpea, grita y cumple; es la obediencia ciega, la que no necesita motivos.

Y más abajo aún, los arponeros: Queequeg, Tashtego, Daggoo. Hombres que hacen el trabajo sucio, los que realmente sangran, los que se juegan la vida colgados de una cuerda sobre la boca de un leviatán. Ellos son la fuerza bruta sin la cual ningún imperio —ni ballenero ni de ningún otro tipo— podría sostenerse. Melville les concede una dignidad que la literatura de su época les negaba sistemáticamente. Queequeg, el “salvaje”, es más generoso, más valiente y más humano que cualquier caballero de Boston.

La pirámide está clara. La pregunta es si aguanta.

La obsesión como cemento (y como veneno)

Lo que mantiene unido al Pequod no es la lealtad, ni el salario, ni el contrato firmado en el puerto. Lo que lo mantiene unido es la obsesión de un solo hombre. Ahab clava un doblón de oro en el palo mayor y promete que será para quien aviste primero a Moby Dick. En ese gesto aparentemente teatral se condensa toda la economía de la persuasión: el líder carismático que convierte su locura privada en destino colectivo.

Y funciona. Funciona de manera aterradora. Porque la tripulación, que al principio murmura y desconfía, termina bebiendo de la misma fiebre. Starbuck, el único que se resiste, descubre con horror que su razón no pesa nada frente al magnetismo de la demencia ajena. El Pequod deja de ser un barco ballenero y se convierte en un instrumento de venganza personal disfrazado de empresa comercial. ¿Les suena de algo?

Melville escribió esto en 1851, y sin embargo la metáfora no ha envejecido ni un solo día. Toda sociedad que permite que la obsesión de un solo individuo secuestre el rumbo colectivo está, de algún modo, navegando a bordo del Pequod.

América en miniatura

No es casualidad que el barco sea norteamericano. El Pequod es, también, una alegoría de los Estados Unidos en plena expansión: una nación joven, diversa hasta el delirio, construida sobre el trabajo de inmigrantes y esclavos, dirigida por hombres blancos con convicciones mesiánicas y lanzada hacia un horizonte que confunde con su derecho divino. La caza de la ballena era, en el siglo XIX, la industria más poderosa de Norteamérica, y el Pequod es su retrato más honesto: glorioso, sangriento, multicultural y condenado.

Melville amaba a su país lo suficiente como para no mentirle. Y la verdad que le dijo fue esta: una sociedad que une a hombres de todos los colores y credos bajo una misma cubierta puede ser un milagro de convivencia, pero también puede ser una trampa mortal si el timonel está loco.

El destino compartido

Hacia el final de la novela —y no les voy a arruinar las últimas páginas, aunque sospecho que ya conocen el desenlace—, el Pequod se precipita hacia su destrucción con la elegancia de una tragedia griega. Lo que importa no es el naufragio en sí, sino lo que el naufragio revela: que en el momento final, la jerarquía se disuelve. El capitán y el grumete, el cuáquero y el caníbal, el oficial y el arponero, todos comparten el mismo remolino, la misma agua helada, el mismo silencio.

El Pequod como microcosmos social nos deja una lección incómoda y hermosa a la vez. Incómoda, porque nos recuerda que las estructuras de poder son frágiles y que la locura es contagiosa. Hermosa, porque nos recuerda que la diversidad no es un adorno sino la esencia misma de la aventura humana, y que incluso en un barco condenado, la amistad entre un marinero de Massachusetts y un arponero de las islas del Pacífico puede ser lo más sagrado que exista.

El Pequod se hundió hace más de ciento setenta años. Pero cada vez que un grupo de seres humanos distintos, desiguales y contradictorios se sube a un mismo proyecto —un país, una empresa, una familia, una red social—, las tablas crujen de la misma manera. Y en algún lugar del horizonte, siempre hay una ballena blanca esperando.

La pregunta sigue siendo la misma: ¿quién lleva el timón?

— Por Juana la charrasqueada, artista callejera y defensora del pan con corteza