No se deje usted engañar cada que escucha que los jóvenes no leen. Eso es una mentira y una falsa acusación en toda regla. Sin ir más lejos, las cifras demuestran lo contrario.
Es verdad que hoy en día ya nadie se sienta a desayunar leyendo los ingredientes o las instrucciones de los juegos de la caja de Corn Flakes, ni se compran novelas de ochocientas páginas por puro gusto.
Ni por placer.
Hoy el personal se pasa el día mirando la pantalla, embebecidos con el WhatsApp, que es un toro que embiste rápido y sin clase. Se lee a tirones, como el que da un capotazo con prisas y sin arrimarse.
Y aunque no pite, la gente lo está deseando como se desea que el de negro embista en una mala tarde.
Y si no.
— ¡Ya lo haré pitar yo!—dice la mayoría.
Y para eso sí se arriman.
No para lo demás.
No importa que los dejen en visto, con todo lo que eso conlleva, aunque no consiga salir del pensamiento.
Pero todo tiene su porqué.
La literatura de hoy ya no promete nada.
¡Cuidao! Que la literatura de hoy no tiene duende, que la gente ha cambiao el romance por el pitido del aparato ese.
En cambio, el WhatsApp ha conseguido que los chavales hayan leído más palabras que Homero en toda su vida.
Mire usted, hoy día, va caminando por la calle y se encuentra a cualquier chavalillo que ha escrito más palabras que Cervantes.
Y además a una mano, mientras con la otra va contando las monedillas.
¿Si tienen a su propia Dulcinea en el chat, para qué buscarla en otro lado?
¡Ná, eso era antes!
Ya no hace falta ir a donde los molinos, solo para encontrarse con cualquiera mocilla sin gracia y sin arte.
Usted escriba, que la mente hace todo lo demás.
Pero escúcheme bien, ¡que le voy a decir a usted un secreto!
Un secreto de esos que se quedan en la mente, como los lances de Curro en la retina.
La vida se pasa, y ni la vida ni la literatura, tampoco el sentido, estuvo nunca en las letras.
Sino en el significado de estas.
— Por Don Paco, artista, vendedor de sueños y recolector de aceitunas cuando están en su punto.

