La cultura es como el agua: un ciclo natural que se evapora de forma orgánica desde el suelo de la comunidad hacia el cielo de la historia

Cuando la Cultura se convierte en Propaganda

La cultura es como el agua: un ciclo natural que se evapora de forma orgánica desde el suelo de la comunidad hacia el cielo de la historia. Pero cuando el poder político e ideológico intercepta ese ciclo, el aire se satura. Lo que debió ser un reflejo libre de la experiencia humana regresa a la tierra transformado en un corrosivo aguacero.

La cultura no es un museo de consensos ni un catálogo de buenas intenciones. Si lo aterrizamos más, aunque le quitemos el glamour que muchos puedan ver en ella, la cultura nace de la necesidad.

Nace de la necesidad de facilitarse la vida, de la necesidad de comunicación, de la necesidad de expresarse tanto como individuos como sociedad y, a la vez, de la necesidad de socializar.

También nace de la necesidad de trascender, pero siempre desde la libertad. Porque cuando se pretende anular esa libertad, deja de ser cultura.

Por simple definición y naturaleza humana, por más que a muchos les arda la médula espinal, la cultura es y debe ser libre. Por tanto, surge de forma espontánea y orgánica desde la propia comunidad, sin que exista una fuerza externa que dicte, censure o imponga su significado.

Eso no significa que toda expresión cultural esté libre de contexto institucional, sino que pierde su sentido cuando deja de brotar de la experiencia compartida y se convierte en instrucción, pose o disciplina de rebaño.

En este estado de libertad, la cultura no busca adoctrinar ni convencer; existe simplemente como un reflejo de la experiencia humana, la identidad y la diversidad.

La cultura se convierte en propaganda cuando deja de ser una expresión libre de una comunidad y se transforma deliberadamente en una herramienta para manipular, ya sea a través del arte, el cine, la música o la literatura, con el propósito de imponer una ideología única y moldear la conducta de la sociedad.

El postureo

Una forma temprana de identificar que la cultura está en peligro es el postureo.

En la cultura libre, una persona va a un museo, lee un libro o asiste a una festividad por la experiencia en sí misma (conexión, aprendizaje, placer estético). En el postureo, la cultura se instrumentaliza: la acción ya no importa, importa lo que esa acción dice de ti ante los demás. El libro o el museo se convierten en un “folleto propagandístico” para vender tu marca personal.

Se adoptan narrativas de arriba hacia abajo sin digerirlas: el que hace postureo rara vez crea o cuestiona; simplemente replica de forma acrítica las tendencias, estéticas o discursos ideológicos que están de moda.

El postureo exige uniformidad. Para pertenecer a cierta tribu cultural o política, debes tomarte la foto con el libro correcto, usar los conceptos del lenguaje inclusivo o exclusivo del momento y condenar al enemigo de turno. No hay espacio para la duda, la autocrítica o el matiz. Si te sales del guion, dejas de acumular “likes” o aceptación social.

Lluvia ácida

Como la cultura nace de la necesidad y de la libertad, surge de la comunidad: una canción, una receta, un baile, lo que sea; cualquier expresión que nace con estas dos condiciones es cultura.

Es cuando sube a los estratos de poder que se manipula y se pervierte, a veces de formas muy sutiles, para aprovechar su ya existente popularidad y, literalmente, envenenar con ideas que no nacieron ni desde la necesidad legítima ni desde la libertad.

Finalmente, el poder la devuelve de arriba hacia abajo convertida en propaganda.

Y es cuando ya desde el mismo poder, desde las mismas instituciones públicas, se ataca o simplemente se denosta, pero ya con descaro, cualquier expresión libre, que queda tan poca cultura que poco se puede hablar del pueblo.

Del pueblo libre.

— Por Juana la charrasqueada, artista callejera y defensora del pan con corteza