Leyendas de Sevilla - La niña de triana

El secreto de las cenizas: La niña de Triana

A veces las campanas suenan, hasta que dejan de sonar.

Hay mercados que nunca terminan de cerrar

En el mercado de Triana, cuando el último puesto cierra y los tenderos recogen sus lonas, empieza otra jornada que nadie ha escrito en ningún libro.

Llegan de a poco. Siempre al filo de la tarde, cuando la luz se pone espesa y los colores del mundo se van lavando como ropa vieja tendida bajo un cielo sucio. Primero una sombra. Luego otra. Después un grupo entero que parece entrar por las puertas sin haberlas abierto. Son indigentes que visten de gris, de un gris de ceniza mojada, y llevan en la cara una amargura tan antigua que ya no parece tristeza sino costumbre. Caminan entre los puestos vacíos sin tocar nada, sin mirar a nadie y sin que nadie les mire- Andan como si estuvieran buscando algo que ya no recuerdan qué era.

Tan solo un sitio donde echarse y por fin descansar de un vía crucis que parece nunca terminar.

Nadie les presta atención, nunca se las han prestado. Pasan a su lado y sienten, a lo sumo, un escalofrío tonto que atribuyen al cambio de temperatura o al cansancio de la jornada. Los tenderos recogen sus cajas, bajan sus persianas y se van a cenar sin deparar que, a sus espaldas, el mercado se llena de gente que no aparece en ningún censo.

Pero entre los indigentes, cada tarde, camina una niña que no viste de gris.

Se llama Estrella.

O al menos así la llama la señora del puesto de fruta, que es la única persona en todo el mercado que puede verla. Nadie sabe por qué doña Carmen tiene ese don, si es que es un don y no una condena. Ella nunca lo ha preguntado. Simplemente un día vio a la niña pasar entre los puestos, vestida de un blanco que brillaba como si llevara la luna cosida al vestido, y supo —sin que nadie se lo explicara— que aquella criatura no era de este lado.

Desde entonces, cada tarde, cuando el mercado cierra y los últimos clientes se marchan, doña Carmen deja un bollito de Santa Inés sobre el mostrador.

No lo envuelve. No lo guarda. Lo deja ahí, a la vista, como quien deja una ofrenda en una ermita.

Y cada tarde, la niña viene.

Llega caminando entre las sombras grises, pero no camina como ellas. Ellas arrastran los pies. Ella casi flota. Ellas miran al suelo. Ella mira a todas partes con unos ojos enormes, curiosos, imposiblemente vivos. Sonríe. Se acerca al mostrador. Toma el bollo con las dos manos, como si fuera un tesoro, y desaparece entre los pasillos con una risa breve que rebota en las paredes de un mercado ya casi vacío.

Doña Carmen la ve irse y no dice nada.

Se limpia las manos en el delantal y se va a su casa.

Nunca le ha contado a nadie lo que ve. No por miedo. Por respeto. Hay cosas que no se cuentan porque contarlas sería como abrir una tumba a la que nadie te ha invitado.

Don Miguel y las velas que nunca se apagan

En la esquina del mercado, a dos puestos del de doña Carmen, hay un puesto de veladoras que atiende un hombre al que todos llaman Don Miguel.

Don Miguel es un hombre apacible, de manos grandes y voz baja, que nunca parece tener prisa. Vende velas de todos los tamaños: gruesas como puños para las iglesias, finas como dedos para los altares caseros, blancas para los santos, rojas para los difuntos. Su puesto huele siempre a cera caliente, a miel antigua, a algo que no es del todo de este mundo.

Dicen que duerme ahí.

Dicen que nadie lo ha visto nunca cerrar el puesto ni irse a ninguna parte. Que cuando el mercado se vacía y las luces se apagan, Don Miguel simplemente se queda, sentado en su taburete, con una vela encendida delante, como si estuviera esperando a alguien. O cuidando algo.

Los tenderos más viejos juran que Don Miguel lleva ahí desde que ellos eran niños.

Y que ya entonces parecía viejo.

Lo que pasa cuando el mercado duerme

Hay noches en que el mercado se queda tan callado que se puede escuchar el goteo de un grifo en el puesto de pescado, cuatro pasillos más allá. En esas noches, Don Miguel se levanta de su taburete, enciende una vela pequeña y camina despacio entre los puestos cerrados, como un sacristán recorriendo una iglesia vacía después de la última misa.

Y hay noches en que algo lo interrumpe.

Primero se oye un bólido. Eso es lo que parece: una luz blanca que cruza el pasillo central a toda velocidad, como una estrella fugaz encerrada entre paredes de ladrillo. Es la niña. Corre entre los puestos vacíos con una alegría salvaje, imposible, arrastrando detrás de sí una estela de risas que rebotan ahora sí contra el techo y se quedan entre las paredes y dicen que también en el tiempo. Nadie lo puede saber.

Don Miguel la ve pasar y sonríe.

Nunca la llama. Nunca la detiene. La deja correr.

Pero otras noches, cuando la risa de la niña se apaga y el mercado vuelve a quedarse en silencio, ocurre otra cosa.

Don Miguel camina hasta el fondo del pasillo y se detiene junto a un bote de basura oxidado que nadie usa, en una esquina donde la luz de las farolas no llega. Se queda ahí, quieto, con la vela en la mano. Y espera.

De la sombra, lentamente, como un trapo que alguien estuviera soplando desde dentro, sale una tela. Primero es solo eso: una tela sucia, oscura, arrugada. Luego empieza a coger volumen. Se hincha. Se endereza. Y de pronto ya no es una tela: es un hombre.

O lo que queda de un hombre.

Lleva un hábito que alguna vez fue negro y ahora es del color de la tierra podrida. Las manos, lo poco que asoma de las mangas, están cubiertas de llagas que supuran una luz pálida, como si la enfermedad que lo consume viniera de dentro y no de fuera. El rostro, medio oculto por una capucha, es una ruina: la piel se le cae a pedazos, como la cal de una pared vieja que ya nadie enluce.

Don Miguel lo mira sin miedo.

—Don Diego —le dice, con la misma naturalidad con la que saludaría a un vecino.

El aparecido levanta la cabeza. No sostiene la mirada.

—No puedo descansar, Miguel —dice con una voz que suena a piedra arrastrada por el suelo—. Los gritos. Siempre los gritos.

Don Miguel no pregunta qué gritos.

Sabe.

Lo sabe desde siempre.

—Una niña y su madre —continúa Don Diego, y al hablar le tiembla el hábito como si dentro del cuerpo leproso algo se estuviera desmoronando—. Una niña y su madre en la hoguera. Y la gente aplaudiendo. ¿Te acuerdas de la gente, Miguel? No gritaban de horror. Gritaban de alegría.

Se le quiebra la voz. O lo que usa como voz.

—Los oigo cada noche. La niña llamando a su madre. La madre llamando a Dios. Y Dios callado. Y yo firmando el papel. Yo firmé el papel, Miguel. Yo di la orden.

Don Miguel no se mueve. No condena. No absuelve. Solo sostiene la vela un poco más cerca del leproso, como si la luz pudiera hacer algo que las palabras no pueden.

—Ya llegará el día, Don Diego —dice, con una calma que no parece humana.

De pronto, a lo lejos, como si viniera de otro siglo o de otro barrio o de otro mundo, se escucha el rumor de una muchedumbre. No son risas como las de la niña. Son gritos. Alaridos secos, rabiosos, sin compasión. Una turba lejana que aúlla con la boca llena de odio y los ojos vacíos de caridad. El sonido sube, se acerca, envuelve el mercado durante unos segundos como una ola de fiebre, y luego se aleja de golpe, como si el tiempo se lo hubiera tragado.

Don Diego se encoge. Se hace pequeño. La lepra le brilla más fuerte bajo la capucha, como si el recuerdo de aquellos gritos le abriera las llagas de nuevo.

Don Miguel espera a que el silencio vuelva.

—Ya llegará el día —repite.

Y entonces se escucha un ruido metálico al fondo del mercado. Una puerta. Llaves. Pasos.

Es el vigilante nocturno que empieza su ronda.

Don Miguel se despide de Don Diego con un gesto leve, como quien se despide de alguien a quien va a ver mañana. Y mañana. Y pasado mañana. Y todos los días hasta que algo, por fin, cambie.

El leproso se deshace. La tela pierde volumen. La sombra se lo traga.

Don Miguel vuelve a su puesto de veladoras, se sienta en su taburete y apaga la vela con los dedos, sin quemarse.

Lo que doña Carmen vio al día siguiente

A la tarde siguiente, como todas las tardes, el mercado cerró. Los tenderos se fueron. Los grises llegaron. Y Estrella apareció caminando entre ellos con su vestido blanco que brillaba como si no le perteneciera a este siglo.

Doña Carmen dejó el bollito en el mostrador. Estrella lo tomó con las dos manos. Sonrió.

Como siempre.

Pero aquella tarde, doña Carmen hizo algo que no había hecho nunca. No supo por qué. Quizá fue instinto. Quizá fue otra cosa. Bajó la mirada.

Miró los pies de la niña.

Estrella no tocaba el suelo.

Flotaba a un palmo del piso, con los pies descalzos suspendidos en el aire. Y los pies —los pies de aquella criatura que cada tarde venía a buscar un bollo con la alegría intacta de quien no sabe que lleva muerta cinco siglos— estaban negros.

Quemados hasta el hueso, como dos trozos de madera sacados de una hoguera que nadie apagó.

Doña Carmen no gritó.

Se quedó quieta, con las manos todavía sobre el mostrador, mirando aquellos pies mientras la niña se alejaba por el pasillo con su risa breve, ligera, imposible. Y en la esquina, a dos puestos de distancia, Don Miguel la observaba desde su taburete, con una vela encendida delante y una expresión que no era de sorpresa.

Era de paciencia.

La paciencia de quien lleva mucho, mucho tiempo esperando que alguien más vea lo que él siempre ha visto.

— Por ⚔︎ Martín Garatuza, le pregunté a Don Miguel por qué nunca apagaba la vela. No me respondió. Pero siempre acaba contándome historias que nadie más recuerda.