En noventa y nueve de los cien barrios, hay gente que sueña con la boca cerrada y trabaja con las manos abiertas. Tienen el talento. Tienen las ganas. Tienen todo lo que se supone que hace falta. Lo que no tienen es la tierra.
Ni futuro.
Se fue.
Noviembre en Buenos Aires es una obscenidad. Los jacarandás de la Avenida del Libertador estallan en un violeta tan intenso que parece mentira, tan violento en su belleza que uno tiene que parar en la vereda y mirar para arriba como si el cielo se hubiera equivocado de color. Los porteños, que son expertos en la melancolía pero también en la distracción, levantan la vista durante tres segundos, sacan una foto con el celular y siguen caminando hacia el subte con la cabeza gacha y los auriculares puestos.
Los jacarandás tienen en su ADN porteño lo que se necesita para florecer. No necesitan que el dólar baje ni que la inflación ceda ni que el FMI firme un nuevo acuerdo. Florecen porque es noviembre y porque tienen raíces profundas y porque la tierra de Buenos Aires, esa tierra negra y húmeda que viene del río, todavía sabe hacer su trabajo.
Los jóvenes porteños, en cambio, ya no están tan seguros de que florecer sea una opción.
Lucía, 33 años, arquitecta, Villa Crespo
Lucía egresó de la Facultad de Arquitectura de la UBA con diploma de honor y una tesis sobre Le Corbusier que su director calificó como “lo mejor que he leído en quince años”. Habla inglés fluido, francés intermedio y un italiano que aprendió sola viendo películas de Fellini. Trabaja en un estudio de San Telmo que restaura fachadas de edificios estilo francés del siglo XIX, esos edificios que los turistas fotografían con la boca abierta y que los porteños miran con la indiferencia de quien vive dentro de una postal que ya no puede pagar.
Lucía vive en un monoambiente de veintiocho metros cuadrados en Villa Crespo. El departamento tiene techos de cuatro metros, una ventana que da a un patio de aire y luz y una cocina donde no caben dos personas al mismo tiempo. Es hermoso a su manera, como son hermosas todas las cosas en Buenos Aires que se caen a pedazos con elegancia. El alquiler le consume el setenta por ciento de su sueldo. El otro treinta por ciento se va en el subte, la comida y las expensas, que suben cada mes con la puntualidad de un reloj suizo que nadie pidió.
Su madre vive en Flores, en un departamento de tres ambientes que compró en 1994 con el equivalente a tres años de su sueldo de empleada bancaria. Lucía hizo la cuenta una noche de insomnio: con su sueldo actual, ahorrando el cien por cien de lo que gana —es decir, no comiendo, no viajando, no existiendo—, necesitaría cuarenta y dos años para comprar un departamento similar. Cuarenta y dos años. Tendría setenta y cinco. El departamento de Flores probablemente ya no existiría.
“Nosotros a tu edad ya teníamos las llaves”, le dice su madre los domingos, mientras comen ñoquis en la cocina de Flores y la tele transmite un partido de Boca que nadie está mirando.
No lo dice con crueldad, que aunque muchos sí lo dicen… No en este caso.
Lo dice con desconcierto, como quien no entiende por qué el mundo dejó de funcionar de la manera en que siempre funcionó. Lucía no le explica que el mundo no dejó de funcionar: el mundo funciona perfectamente para los que tienen dólares debajo del colchón y propiedades en countries de Pilar. El mundo que dejó de funcionar es el de la clase media porteña, ese mundo que sus padres habitaron con la naturalidad de quien respira y que a ella le fue arrebatado antes de que pudiera entrar.
Lucía sigue restaurando fachadas. Sigue devolviéndole la belleza a edificios que otros habitan y ella no puede habitar. Sigue caminando por San Telmo los sábados a la mañana, mirando las molduras, las herrerías, los vitrales, y sintiendo esa cosa rara que sienten los arquitectos pobres en ciudades ricas: la certeza de que su trabajo consiste en mantener hermoso un mundo al que no pertenece.
Tomás, 28 años, psicólogo, Caballito
Tomás atiende en un consultorio de Caballito que en realidad es un ambiente de un departamento antiguo dividido en cuatro con biombos de tela. Los biombos no aíslan el sonido, así que Tomás escucha a la colega de al lado decirle a su paciente “y eso que sentís, ¿desde cuándo lo sentís?” mientras él intenta que su propio paciente no note que está escuchando la sesión de otro.
Es incómodo. Es indigno. Es lo que hay.
Tomás cobra en pesos. Sus pacientes son argentinos que también cobran en pesos, así que la relación terapéutica está mediada por la misma angustia económica que los trajo al diván.
Es difícil explorar las profundidades del deseo lacaniano cuando el paciente te pregunta si podés mantenerle el precio del mes pasado porque la prepaga le subió la cuota y el alquiler le subió la cuota y la vida le subió la cuota y todo le sube la cuota menos el sueldo.
Y a vos también.
Desde hace un año, Tomás atiende a cinco pacientes españoles por videollamada. Los consiguió por una plataforma online y les cobra en euros. Esos euros, que en Madrid son calderilla, en Buenos Aires son la diferencia entre llegar a fin de mes y no llegar. La ironía no se le escapa: un psicólogo argentino formado en la UBA, la universidad pública más prestigiosa de América Latina, necesita que cinco desconocidos de Zaragoza y de Valencia le paguen en moneda fuerte para poder comer. Su tesis de licenciatura fue sobre el deseo y la falta. Ahora la falta tiene nombre y apellido y tipo de cambio.
El grupo de WhatsApp de su camada de la facultad se llama “Los que quedamos”. Cuando egresaron, en 2019, eran veintidós. Hoy quedan once. Los otros están en Barcelona, en Berlín, en Melbourne, en Ciudad de México.
Cada vez que alguien escribe “chicos, me llegó la visa” al grupo, Tomás siente una mezcla de alegría genuina por su amigo y de algo más oscuro, más pegajoso, que prefiere no nombrar. Envidia no es la palabra exacta. Es más bien la sensación de que el futuro se está yendo en avión y él se quedó en la puerta de embarque sin pasaje.
Tomás no se quiere ir. Tomás ama Buenos Aires con una intensidad que le avergüenza. Ama el ruido de la Avenida Corrientes a las dos de la mañana, ama los libros usados de la calle Corrientes, ama el café con leche en Las Violetas, ama el olor a tilos en la Avenida Santa Fe en octubre. Pero amar una ciudad no paga el alquiler. Y Tomás empieza a sospechar que el amor, cuando es unilateral, se parece demasiado a la resignación.
Camila, 22 años, estudiante de Letras, la UBA
Camila tiene un promedio de 9.4 en la carrera de Letras de la UBA, lo cual es casi obsceno. Lee a Borges en inglés, a Pizarnik en francés y a Saer en el español original, que dice que es el único idioma en que Saer suena de verdad. Trabaja tres tardes por semana en una librería de Palermo donde los turistas compran ediciones de lujo de Rayuela que ella no podría pagar ni con tres meses de sueldo. Los sábados da clases particulares de literatura a chicos de secundarios privados de Belgrano que la miran con la curiosidad distraída de quien sabe que su futuro está resuelto y que el de ella, probablemente, no.
Camila tiene pasaporte español. Su abuela era gallega, de un pueblo cerca de Santiago de Compostela, y el consulado le tramitó la ciudadanía hace dos años en un trámite que fue, paradójicamente, más fácil que conseguir un alquiler en Buenos Aires. El pasaje a Madrid ya está comprado. Septiembre. Ida. Sin vuelta, aunque ella no se lo dice a nadie porque suena demasiado definitivo y la palabra “definitivo” le da miedo.
Su madre lloró cuando se lo contó.
No un llanto dramático, de telenovela, sino un llanto silencioso, de cocina, mientras lavaba los platos y miraba por la ventana el patio del edificio de Almagro donde viven desde que Camila tiene memoria.
Su padre, que es profesor de historia en una escuela pública de Lanús y que lleva treinta años explicándoles a adolescentes que la Argentina fue alguna vez uno de los países más ricos del mundo, la miró a los ojos y le dijo: “Hacé lo que tengas que hacer.”
No dijo “no te vayas”.
No dijo “quedate, que acá vas a estar bien”. No dijo ninguna de las cosas que los padres dicen en las películas cuando sus hijos se van. Dijo “hacé lo que tengas que hacer”, que es la frase más honesta y más triste que un padre argentino puede decirle a una hija en 2024. Porque él sabe lo que ella sabe: que quedarse no es un acto de valentía sino de terquedad, y que la terquedad, cuando no tiene sustento, se parece demasiado a la estupidez.
Camila no se va porque odie Buenos Aires. Se va porque la quiere y no puede permitírsela. Se va porque su título de la UBA, que en cualquier otro país sería una llave maestra, en Argentina es un documento hermoso que no abre ninguna puerta. Se va porque tiene veintidós años y no quiere pasar los próximos veinte calculando si le alcanza para el aguinaldo o si tiene que dejar de comprar libros, que es lo único que la mantiene viva.
La noche antes de irse, Camila va a caminar por la Avenida de Mayo. Mira el Congreso iluminado, el Palacio Barolo, los cafés con sus mesas de mármol y sus mozos de saco blanco. Todo es hermoso. Todo es europeo. Todo es una promesa que alguien le hizo a su abuelo cuando bajó del barco en 1948 y que ya no está vigente. Camila saca una foto del cielo violeta de noviembre, la sube a Instagram sin filtro y escribe un pie de foto que dice simplemente: “Hasta siempre.” Después apaga el celular y se va a su casa a terminar de cerrar la valija.
El futuro se toma en avión
Hay una frase que se repite en Buenos Aires como un mantra, como un tango, como una maldición: “Acá hay talento de sobra, lo que falta es oportunidad.” La frase es tan cierta que ya no duele.
Se ha vuelto paisaje.
Se dice en los asados, en los grupos de WhatsApp, en las colas del supermercado, en los consultorios de Tomás, en los estudios de San Telmo donde Lucía restaura fachadas ajenas. Todo el mundo la dice y todo el mundo asiente y todo el mundo sigue haciendo lo que puede con lo que tiene, que cada vez es menos.
La fuga de cerebros argentinos no es una estadística: es una hemorragia. Según el CONICET, más de diez mil científicos argentinos trabajan en el exterior. Según las embajadas europeas, las solicitudes de visas de jóvenes profesionales argentinos se multiplicaron por cinco en la última década. En los pasillos de la UBA, en los cafés de la calle Corrientes, en los asados de los domingos, la pregunta ya no es “¿te vas a ir?” sino “¿cuándo te vas?”. La ida se ha convertido en el rito de pasaje de una generación que creció escuchando que con un título universitario iba a estar bien y que descubrió, alrededor de los veinticinco, que el título universitario era un papel hermoso que no alcanzaba para pagar el alquiler de un monoambiente en Villa Crespo.
Y lo más triste no es que se vayan. Lo más triste es que tienen razón. Camila no se equivoca al irse a Madrid. Tomás no se equivoca al atender pacientes españoles por Zoom. Lucía no se equivoca al calcular que necesita cuarenta y dos años para comprar un departamento. La disonancia no está en sus cabezas: está en la realidad. La realidad es la que no encaja. La realidad es la que tiene una grieta en el medio por donde se escapa el futuro como agua entre los dedos.
Los jacarandás de noviembre
Vuelvo a los jacarandás porque no puedo evitarlo. Porque cada noviembre, cuando Buenos Aires se tiñe de violeta, siento que la ciudad me está diciendo algo que no quiero escuchar.
Los jacarandás no necesitan pasaporte europeo. No necesitan dólares. No necesitan que la inflación baje del cien por ciento ni que el riesgo país deje de ser un número de cuatro cifras.
Florecen porque sí.
Florecen porque tienen raíces que se hunden en la tierra negra del Río de la Plata y porque el sol de noviembre les da exactamente lo que necesitan y porque nadie les puso un techo de vidrio encima.
Los jóvenes porteños, en cambio, sí tienen techo de vidrio. Y raíces que no caben en la maceta. Y un sol que brilla con la misma intensidad que en 1948 pero que ya no calienta igual porque la atmósfera cambió y el clima cambió y las reglas del juego cambiaron y ellos se quedaron con las reglas viejas en un partido que ya no se juega así.
Son plantas de interior en una ciudad que fue jardín. Son jacarandás en maceta: hermosos, potentes, llenos de una fuerza que no tiene adónde ir. Y cada noviembre, cuando los jacarandás de verdad estallan en violeta sobre las avenidas de Buenos Aires, los jacarandás en maceta los miran desde la ventana de sus monoambientes de Villa Crespo y de sus departamentos compartidos de Caballito y de sus casas de Almagro que huelen a humedad y a café y a libros viejos, y sienten esa punzada en el pecho que no tiene nombre pero que todos los porteños reconocen: la certeza de que la belleza y la tristeza, en esta ciudad, son exactamente la misma cosa.
Camila aterrizó en Barajas un martes de septiembre. Hacía calor en Madrid, un calor seco que no se parecía en nada a la humedad pegajosa de Buenos Aires. Prendió el celular, le mandó un mensaje a su madre que decía “llegué bien, ma, no llores” y se sentó en un banco de la terminal a esperar el tren que la llevaría al departamento que había alquilado por internet desde la librería de Palermo.
El departamento era chico, más chico que su cuarto en Almagro. Pero tenía una ventana que daba a una calle con árboles y los árboles no eran jacarandás sino otros y los otros no eran porteños, ni violetas sino verdes y todo era distinto y todo era nuevo y todo era, por primera vez en mucho tiempo, posible.
Camila miró por la ventana y pensó en Buenos Aires. Pensó en su padre dando clases en Lanús. Pensó en Tomás en su consultorio de biombos. Pensó en Lucía restaurando fachadas que nunca serían suyas. Pensó en los jacarandás de noviembre, que dentro de dos meses iban a estallar en violeta sobre la Avenida del Libertador sin que nadie los mirara.
Y después cerró la ventana, abrió la valija y empezó a desempacar. Porque el futuro, le habían dicho, estaba acá. Y ella necesitaba creerlo. Aunque supiera, con la misma certeza con que su padre sabía que la Argentina fue alguna vez un país rico, que el futuro que le habían prometido en Buenos Aires se había quedado allá, del otro lado del océano, floreciendo en una tierra que ya no era suya.
Los jacarandás de Buenos Aires seguirán floreciendo cada noviembre. Los jóvenes porteños seguirán yéndose cada septiembre. Y la ciudad seguirá siendo la más hermosa de América Latina, con sus edificios franceses y sus cafés de mármol y sus librerías abiertas hasta la medianoche, esperando que alguien le quite el techo de vidrio a la maceta y deje que las raíces, por fin, toquen el cielo.
Pero eso, por ahora, no va a pasar. Y los jacarandás en maceta lo saben. Y siguen floreciendo igual, violetas y tercos y absurdos, porque florecer es lo único que saben hacer y porque la belleza, incluso cuando no sirve para nada, es la última forma de resistencia que les queda.
— Por Camila, una invitada que ya se va.

