frases míticas de Yogi Berra

Yogi Berra, el filósofo del béisbol que no sabía que lo era

Hay un tipo bajito, regordete, con la gorra de los Yankees calada hasta las cejas y una sonrisa timida y entrañable, que está sentado en el banquillo del Yankee Stadium.

En algún momento de los años cincuenta. Acaba de conectar un jonrón que ha mandado la pelota a las gradas del Bronx como si la hubiera lanzado con una catapulta. El público ruge. Sus compañeros lo palmean. Y él, con la calma de quien acaba de hacer algo completamente normal, se sienta, escupe una semilla de girasol y dice algo que, en boca de cualquier otro, sonaría a disparate, pero que en la suya suena a verdad revelada.

Ese tipo se llamaba Lorenzo Pietro Berra. El mundo lo conoció como Yogi. Sus orígenes están en las cercanías de Milan, y su destino en la posición de catcher.

Medio siglo después de su último turno al bate, seguimos sin ponernos de acuerdo sobre si era un genio o un ingenuo, un sabio o un despistado, un poeta accidental o el filósofo más grande que jamás se puso unos protectores de catcher.

La respuesta correcta, por supuesto, es que era todo eso a la vez.

Por que Yogi, enía algo en toda su esencia.

Un sentido común descomunal.

O simplemente, sentido común.

El chico de The Hill

Yogi Berra nació en 1925 en St. Louis, Missouri, en un barrio de inmigrantes italianos conocido como The Hill. Su familia era humilde, numerosa y ruidosa, de esas en las que la cena se servía en una mesa demasiado pequeña para tanta gente y demasiado grande para tanta felicidad.

Su padre era albañil. Su madre cocinaba pasta como si cada plato fuera una declaración de amor. Y el pequeño Lawrence, el tercero de cinco hermanos, creció jugando al béisbol en las calles con pelotas hechas de trapo y bates que eran poco más que palos de escoba con delirios de grandeza.

El apodo de “Yogi” se lo puso un amigo de la infancia, Bobby Hofman, porque Lawrence, su nombre americanizado, tenía la costumbre de sentarse en el suelo con las piernas cruzadas después de perder un partido, con una expresión de resignación mística que a Hofman le recordó a las fotos de los yoguis que había visto en alguna revista. El nombre pegó de inmediato. Y Lawrence, que no era hombre de discutir con el destino, lo aceptó con la misma naturalidad con la que aceptaba todo lo que la vida le ponía por delante.

Porque Yogi Berra era, ante todo, un tipo que no se complicaba. Y esa sencillez, que a veces el mundo confundía con simpleza, fue su arma secreta durante toda su vida.

El catcher que parecía un error de casting

Si uno miraba a Yogi Berra sin conocerlo, lo más probable es que pensara que se había equivocado de estadio. Medía poco más de metro setenta. Tenía el cuerpo redondeado de quien disfruta sinceramente de la comida de su madre. Sus brazos parecían un poco cortos para su torso, sus piernas un poco cortas para todo lo demás, y su cara tenía esa redondez afable de quien podría ser tu tío favorito en cualquier boda familiar.

No parecía un atleta. No parecía un héroe. Y, desde luego, no parecía el tipo de persona que iba a ganar diez Series Mundiales como jugador —un récord que todavía nadie ha superado—, tres premios al Jugador Más Valioso de la liga y un puesto en el Salón de la Fama del Béisbol.

Pero Yogi era catcher. Y el catcher, en el béisbol, es algo así como el director de orquesta de un grupo de músicos que están todos un poco locos. Es quien llama los lanzamientos, quien controla el ritmo del juego, quien tiene que entender las manías de cada pitcher, las debilidades de cada bateador rival y el estado de ánimo de su propio equipo, todo eso mientras le lanzan pelotas a más de ciento cincuenta kilómetros por hora directamente a la cara.

Y Yogi, contra toda apariencia, era un genio absoluto en ese puesto. Tenía una inteligencia de juego que dejaba perplejos a los expertos. Leía a los bateadores como quien lee un libro abierto. Sabía cuándo pedir una curva y cuándo pedir una recta con una intuición que los analistas modernos, con sus computadoras y sus estadísticas avanzadas, todavía no han logrado replicar del todo.

 Yogi era catcher. Y el catcher, en el béisbol, es algo así como el director de orquesta de un grupo de músicos que están todos un poco locos.

Era el tipo que menos parecía saber lo que estaba haciendo y el que mejor lo hacía de todos.

Las frases que no deberían tener sentido (pero lo tienen)

Ahora bien, si Yogi Berra fuera solo un gran jugador de béisbol, sería recordado con respeto en las páginas de las enciclopedias deportivas y poco más. Lo que lo convirtió en un icono cultural, en un personaje que trascendió el deporte y se metió de lleno en la imaginación colectiva de Estados Unidos —y del mundo—, fueron sus frases.

Las famosas Yogi-isms.

A primera vista, suenan a errores gramaticales gloriosos. A frases que se tropiezan consigo mismas antes de llegar al punto final. A disparates encantadores que uno repite en las fiestas para hacer reír a los amigos. Pero cuando uno se detiene un momento a pensarlas —y ese momento de pausa es justamente lo que Yogi provocaba sin proponérselo—, descubre que muchas de esas frases contienen una sabiduría tan profunda, tan certera y tan desarmante, que parecen salidas de un libro de filosofía oriental o de un proverbio chino traducido con demasiada prisa.

Veamos algunas de las más célebres, con el respeto y la ternura que merecen.

«It ain’t over till it’s over»No se acaba hasta que se acaba.

Esta es, probablemente, la frase más famosa de Yogi Berra y una de las más citadas de todo el siglo XX. La dijo en 1973, cuando sus New York Mets iban últimos en la clasificación y todo el mundo los daba por muertos. Los periodistas le preguntaron si la temporada estaba perdida. Y Yogi, con la serenidad de un monje budista que acaba de ganar la lotería, soltó esa sentencia.

Los Mets terminaron ganando la liga y llegaron a la Serie Mundial.

La frase es, en apariencia, una tautología absurda. Claro que no se acaba hasta que se acaba. Eso lo sabe cualquiera. Pero la genialidad está precisamente en su obviedad: Yogi nos recuerda algo que, en el fragor de la derrota, solemos olvidar con facilidad. Que mientras quede tiempo, queda posibilidad. Que rendirse antes de tiempo es la única derrota verdadera. Que la historia está llena de remontadas que parecían imposibles hasta que dejaron de serlo.

No se acaba hasta que se acaba. Dicho así, suena a perogrullada. Vivido así, suena a himno.

«When you come to a fork in the road, take it»Cuando llegues a una bifurcación en el camino, tómala.

Yogi dijo esto para dar indicaciones de cómo llegar a su casa en Nueva Jersey. Literalmente, quería decir que había una bifurcación y que ambas rutas llevaban al mismo sitio. Pero la frase, una vez suelta en el mundo, cobró vida propia.

Porque, pensándolo bien, ¿no es exactamente eso lo que hacemos cuando la vida nos pone ante una decisión? Nos paralizamos. Dudamos. Analizamos. Hacemos listas de pros y contras. Consultamos con la almohada, con los amigos, con el horóscopo y con el vecino del quinto. Y Yogi, con su sabiduría de barrio italiano, nos dice: Tómala. Cualquiera de las dos. Pero muévete.

La indecisión es, muchas veces, peor que la decisión equivocada. Y Yogi lo sabía sin saber que lo sabía.

«You can observe a lot by just watching»Puedes observar mucho solo con mirar.

Otra tautología aparente. Otra verdad aplastante disfrazada de tontería.

Vivimos en una época en la que todo el mundo opina sobre todo sin haber mirado nada. En la que la reacción inmediata ha sustituido a la observación paciente. En la que miramos pantallas pero rara vez miramos lo que tenemos delante. Y Yogi, décadas antes de que existiera Twitter, ya nos estaba diciendo que el simple acto de mirar con atención, de estar presente, de observar sin prisa, es una de las habilidades más poderosas que existen.

Los grandes catchers del béisbol saben esto mejor que nadie: el juego se gana mirando. Mirando al bateador, mirando al corredor, mirando el viento, mirando el cielo. Yogi miraba. Y por eso ganaba.

«Baseball is 90% mental and the other half is physical»El béisbol es 90% mental y la otra mitad es física.

Las matemáticas no cuadran. 90 más 50 es 140, y ningún porcentaje debería sumar más de 100. Cualquier profesor de aritmética le habría puesto un cero.

Pero cualquier jugador de béisbol le habría puesto un diez.

Porque Yogi tenía razón de una forma que los números no pueden capturar. El béisbol es abrumadoramente mental. La presión del turno al bate, el miedo a fallar, la confianza que se quiebra con un mal lanzamiento, la euforia que te levanta cuando conectas la pelota perfecta… todo eso ocurre dentro de la cabeza. Y, al mismo tiempo, el cuerpo importa, y mucho. La fuerza, la velocidad, los reflejos. Las dos mitades conviven, se solapan, se desbordan. Y la suma da más de cien por ciento porque la vida, a diferencia de las hojas de cálculo, no respeta las proporciones.

Es la frase más matemáticamente incorrecta y más emocionalmente precisa que se ha dicho jamás sobre el deporte.

«Nobody goes there anymore, it’s too crowded»Ya nadie va ahí, está demasiado lleno.

Yogi dijo esto refiriéndose a un restaurante de St. Louis que, paradójicamente, se había puesto tan de moda que la gente había dejado de ir porque siempre estaba lleno. La contradicción es deliciosa. Y, de nuevo, encierra una verdad social que los sociólogos tardarían décadas en formular con palabras más complicadas: el éxito masivo puede ser la semilla de su propia destrucción. Cuando algo se vuelve demasiado popular, pierde el encanto que lo hizo popular en primer lugar.

Yogi lo entendió antes que nadie. Y lo dijo con la sencillez de quien pide una mesa para dos y le dicen que hay una hora de espera.

«It’s tough to make predictions, especially about the future»Es difícil hacer predicciones, especialmente sobre el futuro.

¿Sobre qué otro momento temporal podríamos hacer predicciones, si no es sobre el futuro? La redundancia es cómica. Y, sin embargo, es una de las observaciones más lúcidas sobre la condición humana. Porque nos pasamos la vida tratando de adivinar lo que va a pasar: en la economía, en la política, en el clima, en nuestras relaciones, en el próximo partido de béisbol. Y nos equivocamos casi siempre.

El futuro es, por definición, incierto. Y Yogi, con su sonrisa de niño grande, nos recuerda que pretender lo contrario es el pasatiempo favorito de los tontos y de los economistas.

«If the world were perfect, it wouldn’t be»Si el mundo fuera perfecto, no lo sería.

Aquí Yogi roza lo zen. La frase tiene la estructura de un koan budista, de esos acertijos imposibles que los monjes meditan durante años para alcanzar la iluminación. La imperfección no es un fallo del sistema: es el sistema. Un mundo perfecto sería estático, aburrido, muerto. La belleza está en la grieta, en el error, en el lanzamiento que se desvía un centímetro y se convierte en un jonrón inesperado.

No está mal para un catcher de St. Louis que no terminó la escuela secundaria.

«The future ain’t what it used to be»El futuro ya no es lo que era.

Melancolía pura. Nostalgia comprimida en siete palabras. La sensación universal de que el mañana que imaginábamos de niños no se parece en nada al mañana en el que nos despertamos de adultos. Yogi la dijo con su habitual ligereza, pero la frase tiene un peso que te golpea en el pecho si la piensas demasiado rato.

«I didn’t really say everything I said»En realidad, yo no dije todo lo que dije.

La frase definitiva. La metafrase. Yogi reconociendo, con una honestidad brutal y una humildad conmovedora, que muchas de las cosas que le atribuían eran invenciones de los periodistas, exageraciones del público o malentendidos gloriosos. Y, al mismo tiempo, diciéndolo de una manera tan perfectamente yoguiana que la frase se convirtió, ella misma, en un Yogi-ism más.

Es la serpiente que se muerde la cola. Es el espejo que se refleja en otro espejo. Esto en los políticos es normal. En el béisbol es Yogi siendo Yogi incluso cuando niega ser Yogi.

El corazón de los Yankees

Más allá de las frases, más allá del personaje, más allá de la sonrisa redonda y los ojos achinados que lo hacían parecer un duende simpático salido de un cuento infantil, Yogi Berra fue el corazón de los New York Yankees durante la época más gloriosa de la franquicia.

Yogi Berra gano 10 series mundiales como jugador

Jugó en el Bronx desde 1946 hasta 1963. Dieciocho temporadas. Diez anillos de Serie Mundial. Tres MVP. Quince Juegos de Estrellas. Números que marean y que lo colocan, sin discusión, entre los mejores jugadores de la historia del béisbol.

Pero las estadísticas, con Yogi, siempre se quedan cortas. Porque lo que los números no pueden medir es su presencia en el vestuario, su capacidad para mantener unido a un equipo lleno de egos descomunales —estamos hablando de los Yankees de Mantle, de DiMaggio, de Ford, de una constelación de estrellas que habría hecho implosionar a cualquier otro grupo—, su humor contagioso, su lealtad inquebrantable y esa forma suya de quitarle hierro a la presión con una broma dicha en el momento exacto.

Cuando la tensión en el clubhouse era insoportable, Yogi soltaba una de sus frases imposibles y todo el mundo se reía. Y la risa, en el deporte de élite, vale más que cualquier charla motivacional.

Amaba a los Yankees con la devoción sencilla y absoluta con la que amaba a su familia, a su barrio y a la pasta de su madre. Y los Yankees, que no siempre han sido conocidos por su capacidad de agradecer a sus leyendas —la historia de su despido como manager en 1985, después de solo dieciséis partidos, es una de las páginas más tristes del deporte—, terminaron reconociendo que Yogi era, sencillamente, irremplazable.

En 2015, cuando Yogi murió a los noventa años, el Yankee Stadium guardó un silencio que pesaba más que cualquier ovación. Y en las calles del Bronx, la gente dejó flores en el museo que lleva su nombre, ese pequeño templo de Yonkers donde se conservan sus guantes, sus bates, sus anillos y, sobre todo, su espíritu.

El sabio que nunca quiso ser sabio

Lo más hermoso de Yogi Berra es que nunca pretendió ser un filósofo. No leía a Kant. No citaba a Sócrates. No se sentaba a meditar sobre el sentido de la existencia.

Simplemente vivía, jugaba, hablaba y, de vez en cuando, soltaba una de esas frases que parecían errores de sintaxis y resultaban ser destellos de genialidad pura.

Su sabiduría era callejera, intuitiva, nacida de la experiencia y no de los libros. Era la sabiduría del inmigrante que aprende a sobrevivir en un país nuevo, del niño pobre que llega a la cima sin perder la humildad, del hombre pequeño que se enfrenta a gigantes y les gana con astucia y con corazón.

Y quizá por eso sus frases siguen vivas. Porque no suenan a lección magistral. Suenan a conversación de barra de bar, a consejo de abuelo, a verdad dicha sin pretensiones por alguien que no necesita impresionar a nadie para ser impresionante.

El último turno al bate

Hay una imagen que resume mejor que ninguna quién fue Yogi Berra. Es de sus últimos años, cuando ya era un anciano de pelo blanco y caminar lento, pero seguía yendo al Yankee Stadium siempre que podía. Se sentaba en su sitio, con su gorra de los Yankees, miraba el campo con esos ojos pequeños y brillantes, y sonreía como si cada partido fuera el primero.

Un día, un periodista joven le preguntó si echaba de menos jugar. Y Yogi, después de pensarlo un momento con esa seriedad cómica que era su marca de fábrica, respondió:

Me gustaría volver a jugar, pero ya no tengo el cuerpo. Solo tengo la mente.

Y luego, tras una pausa, añadió:

Y la mente ya no es lo que era.

Se rio de su propia broma. El periodista también. Y durante un instante, en ese estadio inmenso lleno de historia y de ecos, los dos compartieron algo que no necesita palabras para entenderse: la alegría sencilla de haber vivido una vida que mereció la pena.

Yogi Berra no fue el jugador más elegante del béisbol. Ni el más atlético. Ni el más fotogénico. Pero fue, con mucha diferencia, el más querido. El más humano. El más nuestro.

Y si alguna vez la vida te pone ante una bifurcación y no sabes qué camino tomar, ya sabes lo que haría Yogi:

Tomar los dos. Y llegar tarde a casa, pero llegar con una sonrisa.

frases míticas de Yogi Berra

Nadie va a ese restaurante porque siempre está lleno. qepd Lorenzo Pietro Berra.

— Por Juana la charrasqueada, artista callejera y defensora del pan con corteza