Shahrukh Khan, El rey que aprendió a reinar llorando

Shahrukh Khan, El rey que aprendió a reinar llorando

Shah Rukh Khan mide un metro con setenta, no tiene apellido de casta, no viene de ninguna familia del cine y llegó a Bombay en 1991 con una maleta prestada y cincuenta rupias en el bolsillo. Treinta años después, tres mil millones de personas conocen su cara. Es, probablemente, la estrella de cine más popular que ha existido jamás. Y sin embargo, casi nadie en Occidente sabe pronunciar su nombre.

Hay una escena en Dilwale Dulhania Le Jayenge, la película de 1995 que cambió Bollywood para siempre, donde Simran corre a lo largo de un andén de tren en la India mientras su enamorado, Raj, la mira devastado desde la puerta del vagón. Ella intenta soltarse del fuerte agarre de su padre mientras el tren empieza a moverse. Cuando su padre finalmente la deja ir, ella corre con todas sus fuerzas. Él extiende la mano desde el tren en marcha. Y en el segundo exacto en que sus dedos se tocan y él la sube al vagón, medio subcontinente indio contiene la respiración y llora sin motivo aparente.

Esa escena se sigue proyectando, sin interrupción, en un cine de Bombay llamado Maratha Mandir. Todos los días. Desde 1995. Han pasado casi treinta años y la sala sigue vendiendo entradas para ver la misma película que la gente ya ha visto cuarenta, cincuenta, ochenta veces. No es un fenómeno de nostalgia. Es un fenómeno religioso.

Y en el centro de esa religión hay un hombre que no debería haber sido nada de lo que es.

Kajol y Shahrukh Khan

El outsider absoluto

Para entender a Shah Rukh Khan hay que entender, primero, por qué su existencia en Bollywood es un milagro estadístico.

Bollywood, en 1990, era una industria hermética, dinástica, feudal. Los apellidos importaban más que el talento. Los Kapoor, los Bachchan, los Khan de las grandes familias —Aamir, Salman, Saif— entraban al cine con la naturalidad de quien hereda un negocio familiar. Los que no tenían padrinos no entraban. Y si entraban, no llegaban al estrellato.

Shah Rukh nació en Delhi en 1965, en una familia musulmana de clase media venida a menos. Su padre había sido un activista de la independencia india que terminó vendiendo restaurantes que quebraban uno tras otro. Su madre era magistrada. Cuando Shah Rukh tenía quince años, su padre murió de cáncer. Cuando tenía veinticinco, murió su madre. Se quedó solo, sin dinero, sin apellido, sin contactos, con dos hermanas que dependían de él y con un título en economía que no le servía para nada.

Se fue a Bombay porque no tenía a dónde más ir. Durmió en un banco del Marine Drive las primeras noches. Empezó haciendo televisión, series baratas que nadie recordaría, papeles pequeños en producciones que se rodaban en tres semanas. En una industria donde los galanes medían un metro noventa, tenían la piel clara y hablaban urdu con acento aristocrático, Shah Rukh era bajito, moreno y hablaba con el acento nasal de Delhi. Todos los productores le dijeron lo mismo: “No tenés cara de héroe. Andá y probá con papeles de villano.”

Y él, en un gesto que define toda su carrera, les hizo caso. Pero no como ellos esperaban.

Los villanos que enamoraron

Entre 1993 y 1994, Shah Rukh Khan hizo tres películas que ningún actor con aspiraciones de estrellato habría aceptado: Baazigar, Darr y Anjaam. En las tres interpretaba a un obsesivo, a un asesino, a un hombre enfermo de amor que mataba, acechaba, destruía. Eran papeles de villano puro, sin redención, sin explicación. Papeles de los que ningún héroe de Bollywood salía vivo.

Y algo extraordinario ocurrió: el público se enamoró de él.

No a pesar de que era un villano, sino precisamente porque era un villano. Shah Rukh interpretaba la obsesión con una intensidad que hacía que la obsesión pareciera romántica. Tartamudeaba, se mordía el labio, miraba fijo con esos ojos que parecían siempre a punto de llorar. Convirtió el acoso en poesía, la locura en ternura, la violencia en una forma retorcida de devoción. Era peligroso, sí, pero era peligroso por amor, y en la India de los noventa —una India que estaba abriendo su economía, occidentalizándose a marchas forzadas, negociando entre la tradición y la modernidad— esa figura resultó irresistible.

Bollywood, que llevaba décadas construyendo héroes musculosos y perfectos, descubrió de pronto que el público quería otra cosa. Quería a un tipo bajito, moreno, imperfecto, que sudaba, que temblaba, que se ponía en ridículo por una mujer. Quería a un hombre que pareciera un hombre y no una estatua.

Quería a Shah Rukh.

El monopolio del romance

Y entonces vinieron los noventa tardíos y los dos mil tempranos, y Shah Rukh Khan hizo algo que ningún actor había hecho antes: monopolizó, él solo, un género entero.

Dilwale Dulhania Le Jayenge (1995). Kuch Kuch Hota Hai (1998). Mohabbatein (2000). Kabhi Khushi Kabhie Gham (2001). Kal Ho Naa Ho (2003). Veer-Zaara (2004). Kabhi Alvida Naa Kehna (2006). Om Shanti Om (2007). Rab Ne Bana Di Jodi (2008). My Name Is Khan (2010). Chennai Express (2013).

Cada una de estas películas fue un evento cultural del tamaño de un mundial. Cada una recaudó cifras absurdas. Cada una definió una época, una moda, una forma de enamorarse. Y en el centro de todas ellas estaba el mismo hombre, con los brazos abiertos en la que se convertiría en su pose icónica —los brazos abiertos como si fuera a abrazar al mundo entero, la cabeza ligeramente inclinada, los ojos húmedos— parado frente a mujeres hermosas en paisajes hermosos con música hermosa de fondo.

Los críticos occidentales, cuando se molestan en escribir sobre él, suelen decir que Shah Rukh es un actor limitado, que hace siempre el mismo papel, que sus películas son melodramas exagerados que no resisten un análisis serio. Y tienen razón en la superficie y están profundamente equivocados en el fondo.

Porque lo que Shah Rukh hace no es actuación en el sentido occidental del término. No es método, no es Stanislavski, no es la búsqueda del realismo psicológico que Hollywood premia con Óscares. Lo que Shah Rukh hace es encarnación. Es la vieja tradición del actor total —cantar, bailar, llorar, reír, seducir, sufrir— que viene del teatro parsi del siglo XIX, del cine mudo indio, de una idea del entretenimiento que no distingue entre la emoción y la técnica porque considera que la técnica sin emoción es cadáver.

Y en ese arte —el arte de mover a mil millones de personas al mismo tiempo con una mirada, con un temblor de labio, con una lágrima que cae en el momento exacto—, nadie en la historia del cine lo ha hecho mejor que él.

Los brazos abiertos

Hablemos de esa pose, porque merece un párrafo aparte.

En algún momento de los noventa, Shah Rukh Khan empezó a hacer un gesto que se convertiría en su firma: los brazos completamente extendidos, en cruz, la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, los ojos entrecerrados, como quien recibe la lluvia o abraza el horizonte. Lo hace cuando ve a la mujer amada por primera vez. Lo hace cuando reconoce a un amigo perdido. Lo hace en los finales apoteósicos, con la música subiendo y las cámaras girando y los pañuelos de las mujeres del público empapados de lágrimas.

Ese gesto es imposible en Hollywood. Un actor americano que hiciera eso sería crucificado por la crítica. “Sobreactuado”, dirían. “Cursi”. “Ridículo”. Pero en la sensibilidad india —que hereda del teatro sánscrito la idea de que la emoción debe ser mostrada, no sugerida— ese gesto es sublime. Es la traducción física de lo que en sánscrito se llama rasa: el sabor emocional, la esencia sentimental que el actor debe transmitir al espectador con la claridad de quien sirve un plato de comida.

Shah Rukh entendió eso con una intuición que ningún estudio de actuación le enseñó. Entendió que su cuerpo entero debía ser un instrumento emocional. Que en una película india no basta con sentir: hay que transmitir el sentimiento hasta el último asiento de la última fila del último cine del último pueblo del estado más remoto del país. Y para eso, la sutileza no sirve. Para eso hay que abrir los brazos. Hay que llorar de verdad. Hay que temblar.

Millones de personas en el mundo lo han imitado. En bodas indias, en fiestas de quince años en Uzbekistán, en videos de TikTok en Marruecos, en fotos de novios en Nigeria, en cumpleaños en Perú. Los brazos abiertos de Shah Rukh Khan son, probablemente, el gesto humano más replicado de la era del cine.

El rey de un imperio que no aparece en los mapas de Occidente

Aquí es donde las cifras empiezan a ser mareantes.

Shah Rukh Khan es visto regularmente por audiencias en la India (mil cuatrocientos millones de personas), Pakistán, Bangladesh, Nepal, Sri Lanka, Afganistán, Irán, Egipto, Marruecos, Nigeria, Sudáfrica, Rusia, Kazajistán, Uzbekistán, Malasia, Indonesia, Turquía, Perú (donde tiene un club de fans devoto y bastante ruidoso), y en las diásporas indias de Londres, Toronto, Nueva York, Dubai, Sídney y Ámsterdam. Sus películas se doblan al ruso, al árabe, al persa, al alemán, al polaco. En Alemania, durante los años dos mil, se convirtió en una figura de culto entre las amas de casa que descubrieron sus películas por casualidad en un canal de cable y no pudieron dejar de verlas.

Se estima que tres mil quinientos millones de personas —casi la mitad de la humanidad— han visto alguna película suya. Newsweek lo puso en su lista de las cincuenta personas más poderosas del mundo. Los Angeles Times lo llamó “quizás la estrella de cine más grande del planeta”. Y sin embargo, si uno pregunta en una cafetería de Manhattan o de Madrid quién es Shah Rukh Khan, la mayoría de la gente pondrá cara de confusión.

Esa asimetría dice mucho sobre cómo Occidente todavía mide la fama. Se sigue creyendo, con una candidez casi conmovedora, que lo que pasa en Los Ángeles es “global” y lo que pasa en Bombay es “regional”. Tom Cruise es una estrella mundial; Shah Rukh Khan es una estrella “de Bollywood”. La aritmética no cuadra —Shah Rukh vende infinitamente más entradas que Cruise— pero la narrativa sí, y la narrativa siempre gana.

Él lo sabe. Lo ha dicho muchas veces con esa mezcla de humor y filo que lo caracteriza en las entrevistas: “Hollywood puede tener a sus actores. Yo tengo a mi público.” Y su público es más grande que cualquier país del mundo excepto dos.

El musulmán que es India

Hay una capa política en Shah Rukh Khan que no se puede ignorar, porque forma parte esencial de por qué es quien es.

Shah Rukh es musulmán en un país que se ha vuelto, en las últimas dos décadas, cada vez más ferozmente hindú. En una India donde el nacionalismo religioso ha convertido a los musulmanes en ciudadanos de segunda, donde se lincha a hombres por transportar carne de vaca y donde el discurso oficial reescribe la historia para borrar mil años de presencia musulmana, Shah Rukh Khan ha sido, contra todo pronóstico, el rostro más amado del país.

Está casado con Gauri, una mujer hindú. Sus hijos tienen nombres que combinan ambas tradiciones. En su casa, según ha contado, se celebra Diwali y Eid con el mismo entusiasmo. Y durante décadas ha sido, en la práctica, la prueba viviente de que la India secular, plural, sincrética —esa India que Nehru soñó y que Gandhi defendió— no era una fantasía sino una posibilidad real.

Le ha costado caro. Ha recibido amenazas. Ha sido acusado por sectores extremistas de “no ser suficientemente indio”. Su hijo mayor fue detenido en 2021 en un caso de drogas que la mayoría de los observadores calificó como una persecución política. Shah Rukh, que siempre había sido político sin ser político, se retiró un tiempo del ojo público. Cuando volvió, en 2023, lo hizo con dos películas —Pathaan y Jawan— que rompieron todos los récords de taquilla en la historia del cine indio. Fue una respuesta sin palabras. Fue el público diciéndole al poder: él sigue siendo nuestro rey.

Y ese título —el Rey, o Badshah, o Shahenshah, como lo llaman los fanáticos— no es una metáfora. En 2023, cuando Jawan se estrenó, hubo procesiones en las calles de Bombay como si estuviera pasando el ídolo de una deidad. Hombres adultos lloraban frente a los cines. Ancianas rezaban antes de la función. En Delhi, un grupo de fanáticos construyó un templo en su honor.

Un templo. A un actor. Musulmán. En la India de 2023.

Esa es la escala de lo que Shah Rukh Khan significa.

El actor que envejeció y no se rindió

Hay una escena reciente, de Jawan, donde Shah Rukh —que ya tiene cincuenta y ocho años, canas en la barba, arrugas alrededor de los ojos— se enfrenta a un villano en medio de un tiroteo imposible. Está herido, sangrando, con la camisa rota. Y en el momento en que debería caer, mira a cámara, sonríe con esa sonrisa suya que combina cansancio y ternura, y hace el gesto de los brazos abiertos.

El público del cine, en Bombay, en Delhi, en Toronto, en Lima, en Kuala Lumpur, se pone de pie y aplaude. No porque la escena sea especialmente buena. Sino porque ese gesto, después de treinta años, sigue significando lo mismo: estoy acá. Sigo acá. No me fui.

Envejecer siendo galán es la prueba más difícil de todas para un actor de romance. La mayoría cae en la caricatura, en la nostalgia, en el intento patético de seguir haciendo a los veinte lo que ya no puede hacer. Shah Rukh no. Shah Rukh envejeció con la misma inteligencia con la que ascendió: cambiando de registro, aceptando papeles de padre, de héroe cansado, de hombre que ya vivió y que ahora reflexiona. Sin dejar nunca, sin embargo, de ser lo que siempre fue: un tipo bajito y moreno de Delhi que hace treinta años agarró un tren a Bombay sin saber cómo iba a comer al día siguiente.

Y eso, quizás, es lo que más ama su público. Que nunca dejó de ser el chico del banco de Marine Drive. Que la fama, la fortuna, los templos, los mil millones de fanáticos, nada de eso le borró la sonrisa nerviosa de quien todavía no puede creer del todo dónde está.

La lección del rey

Se puede admirar a Shah Rukh Khan por muchas cosas. Por su carrera. Por su carisma. Por su capacidad para encarnar la emoción sin miedo al ridículo. Por su generosidad —dona millones a hospitales infantiles y no lo publicita—. Por su humor autocrítico. Por su forma de responder a los ataques con silencio y a los aplausos con humildad.

Pero yo creo que la verdadera lección de Shah Rukh Khan es otra, y tiene que ver con lo que este artículo empezó diciendo: con la desmesura de sus emociones, con los brazos abiertos, con las lágrimas que no le dan vergüenza.

Occidente nos enseñó, durante décadas, que la contención era sofisticación. Que el actor bueno era el que sugería, el que no mostraba, el que dejaba todo bajo la superficie. Marlon Brando susurrando. Robert De Niro con cara de piedra. Ryan Gosling mirando el horizonte sin decir nada. Y está bien, es una estética, es una tradición respetable.

Pero Shah Rukh Khan viene de otra tradición, más antigua, más vasta, más humana. Una tradición que dice: si estás triste, llorá. Si estás enamorado, abrí los brazos. Si estás vivo, bailá. Una tradición que no le tiene miedo al sentimiento y que considera que el pudor emocional es una forma de mentira.

Y esa tradición, que mil quinientos millones de indios y tres mil quinientos millones de espectadores globales abrazan sin ironía, tiene algo que enseñarnos a los que crecimos convencidos de que la sofisticación era guardarse las cosas. Nos enseña que sentir en voz alta no es cursi. Que llorar en público no es debilidad. Que abrir los brazos en medio de un andén de tren no es exageración: es la única forma decente de despedirse de alguien que amás.

Shah Rukh Khan sigue vivo. Sigue haciendo películas. Sigue apareciendo cada tanto en el balcón de su casa de Bombay, esa mansión llamada Mannat frente al mar arábigo, para saludar a los miles de fanáticos que se juntan afuera todos los domingos con la esperanza de verlo dos minutos.

Sale al balcón, sonríe, hace el gesto. Los brazos abiertos. La cabeza ligeramente inclinada. Los ojos húmedos.

Y miles de personas, en la calle, hacen el mismo gesto de vuelta. Y durante ese instante, en un mundo que se está rompiendo por todas partes, hay una cosa que sigue funcionando: un hombre y su público, abrazándose sin tocarse, a través del aire caliente de Bombay, con la misma devoción con la que se rezaba hace mil años en los templos de piedra.

El rey aprendió a reinar llorando. Y treinta años después, sigue enseñándonos a nosotros —los que crecimos con miedo a las lágrimas— que quizás la sofisticación estuvo siempre del lado equivocado.

Que quizás lo verdaderamente moderno es abrir los brazos.