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Juan Ramón Jiménez y El idioma que no tiene diccionario

Juan Ramón Jiménez ganó el Nobel, perdió a su mujer y pasó media vida intentando decir algo que las palabras no alcanzan. Al final, lo dijo. Y lo dijo casi sin palabras.

Todo era blanco en la casa de Moguer. Las paredes, las sábanas, la cal que ardía bajo el sol de Huelva a compás de fandangos, la luz que entraba por las ventanas como si el aire mismo se hubiera lavado. Juan Ramón Jiménez nació en ese blanco en 1881 y pasó el resto de su vida intentando que su poesía se pareciera a esa luz: limpia, total, sin sombra, sin adorno, sin nada que sobrara.

Finalmente, empezó haciendo exactamente lo contrario.

El poeta que se ahogaba en joyas

El joven Juan Ramón escribía como quien decora un salón de la aristocracia: con exceso, con voluptuosidad, con una fe ciega en que la belleza estaba en la cantidad. Sus primeros libros están llenos de cisnes, de princesas lejanas, de jardines que huelen a jazmín y a melancolía francesa. Las palabras brillan, suenan, tintinean como collares de cristal. Todo es precioso. Todo es preciosista. Y todo, si uno es honesto, resulta un poco agotador.

Él mismo lo supo antes que nadie. Juan Ramón tenía esa rara virtud de los grandes: la capacidad de detestar sus propios logros. A los treinta años ya estaba harto de los cisnes. A los cuarenta, los cisnes le parecían una vergüenza. Y entonces empezó a hacer algo que muy pocos escritores se atreven a hacer: quitó.

Quitó los adjetivos. Quitó la musicalidad fácil. Quitó las metáforas que servían para deslumbrar pero no para decir. Quitó la retórica, el ornamento, el brillo de pacotilla. Fue podando su poesía como quien poda un rosal en invierno: con dolor, con paciencia, con la certeza de que la flor verdadera todavía no había salido.

Y un día escribió estos dos versos que son, probablemente, el manifiesto más breve y más violento de toda la literatura española:

¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!

Fíjense en la ortografía. “Intelijencia” con jota. Porque ya hasta la ortografía de la Real Academia le parecía un corsé innecesario. Porque si el nombre exacto de las cosas no está en el diccionario, habrá que inventar otro diccionario. O mejor aún: habrá que inventar otro idioma.

El idioma de los sentimientos

Y aquí es donde aparece la frase que da título a este artículo y que Juan Ramón repitió de distintas formas a lo largo de toda su vida: “Hay que escribir en el idioma de los sentimientos, no en el de las palabras.”

Leída deprisa, la frase suena a lugar común. Suena a consejo de taller literario para principiantes: escribe desde el corazón, sé auténtico, no te escondas detrás de la técnica. Pero leída despacio —y Juan Ramón merece que lo lean despacio—, la frase es una bomba de relojería.

Porque lo que Juan Ramón está diciendo no es que los sentimientos sean fáciles y las palabras difíciles. Es exactamente al revés. Las palabras son fáciles. Cualquiera puede aprender gramática, acumular vocabulario, construir frases que suenen inteligentes. Las palabras están ahí, en los diccionarios, en los manuales de estilo, en las listas de tendencias editoriales. Son materia prima barata.

Lo difícil es el sentimiento. Lo difícil es llegar a ese lugar del pecho donde duele algo que todavía no tiene nombre y encontrar la forma de sacarlo sin matarlo en el camino. Porque el sentimiento, cuando es verdadero, no habla en castellano ni en francés ni en inglés. Habla en un idioma anterior a todos los idiomas, un idioma hecho de imágenes, de ritmos, de silencios, de algo que vibra en la garganta antes de convertirse en sonido.

Escribir en el idioma de los sentimientos no es escribir de forma espontánea ni desordenada. Es someterse a una disciplina feroz. Es reescribir un poema cuarenta veces hasta que ya no suene a poema sino a respiración. Es quitar una coma y sentir que el verso, de pronto, respira mejor. Es pasar años enteros buscando una sola palabra que tenga el peso exacto de una tarde de octubre en Moguer.

Juan Ramón no era un poeta sentimental. Era un poeta del sentimiento, que es algo muy distinto. El sentimentalismo llora con facilidad y no dice nada. La poesía del sentimiento calla casi todo y, en ese casi, lo dice todo.

Zenobia y el exilio: cuando la vida corrige al poeta

Si la obra de Juan Ramón fuera solo un ejercicio de estilo, su cita sobre el idioma de los sentimientos sería una frase bonita y nada más. Pero la vida se encargó de darle una profundidad que ningún taller literario podría fabricar.

En 1916, Juan Ramón se casó con Zenobia Camprubí, una mujer extraordinaria que hablaba cuatro idiomas, traducía a Tagore, manejaba las finanzas, organizaba la vida cotidiana y, de paso, mantenía cuerdo a un marido que era famoso por sus crisis nerviosas y sus depresiones monumentales. Zenobia fue el ancla, la traductora, la editora silenciosa de una obra que sin ella probablemente se habría dispersado en mil cuadernos inconclusos.

En 1936 estalló la guerra civil española. Juan Ramón y Zenobia se exiliaron. Primero Cuba, después Estados Unidos, finalmente Puerto Rico. El poeta de la luz blanca de Moguer terminó viviendo en una isla tropical, enfermo, melancólico, escribiendo versos en un cuaderno mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor.

Y fue ahí, en el exilio, donde su poesía alcanzó esa desnudez casi insoportable que lo convierte en uno de los más grandes. Los poemas de Dios deseado y deseante ya no tienen cisnes ni jardines ni princesas. Apenas tienen nada. Son fragmentos, susurros, preguntas dirigidas a un dios que no responde. Y sin embargo —o precisamente por eso— son los poemas más conmovedores que escribió jamás.

Porque ya no escribía con palabras. Escribía con la herida.

El Nobel que llegó tarde y la muerte que llegó a tiempo

En 1956, la Academia Sueca le concedió el Premio Nobel de Literatura. Juan Ramón estaba en una clínica de San Juan de Puerto Rico, cuidando a Zenobia, que se moría de cáncer. La noticia llegó por teléfono. Zenobia sonrió, dicen. Tres días después, murió.

Juan Ramón no sobrevivió mucho tiempo a su mujer. Murió dos años más tarde, en 1958, en la misma clínica, en la misma isla, lejos de la luz blanca de Moguer. Algunos dicen que murió de tristeza, y aunque la medicina probablemente tenga otra explicación más técnica, la poética me parece más exacta.

¿De qué le sirvió el Nobel? De nada. ¿De qué le sirvieron las palabras exactas que había perseguido durante sesenta años? De nada. En el momento final, cuando Zenobia cerró los ojos, no había idioma —ni el de las palabras ni el de los sentimientos— que pudiera nombrar lo que Juan Ramón sintió.

Y sin embargo, paradójicamente, fue ese silencio el que le dio la razón. Porque si algo demuestra su vida entera es que las palabras siempre llegan tarde, pero los sentimientos llegan siempre. Y la tarea del escritor no es alcanzar lo inalcanzable, sino acercarse lo suficiente como para que el lector sienta el viento en la cara.

Un idioma para hoy

Vivimos rodeados de palabras. Más palabras que nunca en la historia de la humanidad: tuits, posts, newsletters, hilos, captions, stories que duran veinticuatro horas y se olvidan en doce. Nunca hemos escrito tanto y nunca hemos sentido tan poco al leer. Las palabras se han vuelto baratas, intercambiables, inflacionarias.

La cita de Juan Ramón, escrita hace casi un siglo, suena hoy como un grito de auxilio. O como una invitación. O como un recordatorio de algo que sabíamos de niños y que olvidamos cuando aprendimos a escribir “correctamente”: que antes de la palabra está el temblor, y que el temblor es lo único que vale la pena poner en la página.

No se trata de escribir mal.

No se trata de ignorar la gramática ni de despreciar el oficio. Juan Ramón fue, probablemente, el escritor más obsesivo y perfeccionista de toda la lengua española. Corregía un poema durante veinte años. Cambiaba una vocal y volvía a empezar. Su aparente sencillez costaba sangre.

Se trata de recordar que la técnica es el barco, no el mar. Que las palabras son el vehículo, no el destino. Que el idioma de los sentimientos no se aprende en ninguna escuela porque no tiene reglas, ni diccionario, ni academia que lo regule. Se aprende viviendo, sufriendo, callando, mirando la luz blanca de una pared en un pueblo de Huelva y sintiendo que algo dentro de ti se parece a esa luz y no sabes cómo decirlo.

Pero lo intentas.

En la última página de su último cuaderno, Juan Ramón escribió una frase que siempre me ha parecido su testamento verdadero. No habla de premios ni de gloria ni de posteridad. Dice simplemente:

“Que mi palabra sea la cosa misma.”

No la descripción de la cosa. No la opinión sobre la cosa. No la versión políticamente aceptable de la cosa. La cosa misma. Con su peso, su textura, su olor a tierra mojada.

Eso es todo. Eso es lo que nos pide un poeta muerto hace más de sesenta años desde una clínica de Puerto Rico: que dejemos de hablar sobre la vida y empecemos, de una vez, a escribirla.

— Por Juana la charrasqueada, artista callejera y defensora del pan con corteza