El general que escribía de noche: Vicente Riva Palacio

El general que escribía de noche: Vicente Riva Palacio

Vicente Riva Palacio empuñó la espada contra Maximiliano, gobernó tres estados, desafió a Porfirio Díaz y, cuando por fin se sentaba a descansar, escribía las novelas más adictivas del siglo XIX mexicano. La historia lo recuerda como político. La literatura debería recordarlo como lo que también fue: un narrador endemoniado.

Un autor, probablemente el más grande novelista del siglo XIX en todas las letras hispanas, mientras esquivaba balas francesas en las sierras de Puebla, y que, al caer la noche, se quitaba las botas llenas de lodo, encendía una vela de sebo y se ponía a escribir una novela sobre una monja que finge su propia muerte para fugarse con su amante o le da vida a un espadachín novohispano a partir de los archivos de la Nación.

Ese hombre existió. Se llamaba Vicente Riva Palacio. Y es, probablemente, el escritor más injustamente olvidado de la literatura hispana.

La sangre y la tinta

Para entender a Riva Palacio como escritor hay que entender primero que su vida parecía una novela que alguien más había escrito y que resultaba inverosímil hasta para los estándares del romanticismo. Nieto de Vicente Guerrero —el héroe de la Independencia que terminó fusilado por la espalda—, hijo de un político liberal, Riva Palacio nació en 1832 con la revolución en la sangre y la tragedia en el apellido.

Antes de cumplir los cuarenta ya había sido abogado, periodista, diputado, gobernador del Estado de México, gobernador de Michoacán, gobernador de Chihuahua, general de división, ministro de Fomento y prisionero de guerra. Había combatido en la Guerra de Reforma, había peleado contra la Intervención Francesa, había organizado guerrillas en la sierra y había visto morir a compañeros a su lado en campos de batalla que hoy son estacionamientos.

Una de sus acciones más célebres ocurrió tras la caída del Segundo Imperio Mexicano: Benito Juárez ordenó el fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo, pero a Riva Palacio se le encargó la custodia y el traslado del emperador derrocado hacia su prisión en el Convento de la Cruz. Tratara a Maximiliano con tanta dignidad, respeto y compasión que el propio emperador, conmovido, lo abrazó y le regaló su caballo blanco en señal de profunda gratitud.

Con todo esto cualquier persona razonable habría dicho: ya basta. De hecho, son muchos los escritores modernos que lo dicen y lo cumplen, “no tengo tiempo para escribir” dicen, pero Riva Palacio esto no era razonable. Era un hombre poseído por una energía que no cabía en un solo oficio, en una sola vida, en un solo siglo. Y cuando la política le daba tregua —o cuando la política lo expulsaba, que pasaba con frecuencia—, se sentaba a escribir.

Y escribía como si le fuera la vida en ello. Porque probablemente le iba.

Martín Garatuza: el pícaro que se adelantó a su tiempo

Si uno le pregunta a cualquier mexicano culto por la gran novela histórica del siglo XIX, lo más probable es que mencione El Periquillo Sarniento de Lizardi —que es del siglo XIX pero apenas— o que se quede pensando con cara de culpa.

Pocos mencionan Martín Garatuza, y es una injusticia que necesita reparación urgente.

Publicada en 1868, Martín Garatuza es una novela que transcurre en el México virreinal del siglo XVII y que cuenta las aventuras de un hombre que, para sobrevivir, se disfraza de todo: de fraile, de médico, de noble, de mujer si hace falta. Garatuza es un pícaro en el sentido más puro de la tradición española —heredero directo del Lazarillo y del Buscón—, pero trasplantado a un México donde la Inquisición quema herejes en la Plaza Mayor y donde la identidad es un traje que se cambia según la ocasión.

Lo que hace brillante a la novela no es la trama, que es un laberinto de enredos deliciosos que solo en manos de un maestro pueden tener sentido por separado, y todos a la vez, sino la voz. Riva Palacio escribe además, con una agilidad que no parece del siglo XIX. Sus diálogos son rápidos, sus descripciones son precisas, su humor es seco y letal. Hay escenas de la Inquisición que hielan la sangre y escenas de comedia de enredo que harían reír a un lector de hoy sin necesidad de notas al pie.

En Vicente Riva Palacio sus historias son como esas guitarras de los Rolling Stones, que se unen y se separan sin perder la armonía ni el sentido de toda la canción.

Y hay algo más, algo que solo un hombre que había vivido en carne propia las traiciones de la política mexicana podía escribir: la certeza de que en México la ley es un disfraz y el poder es una máscara. Garatuza no miente porque sea malo; miente porque en un mundo donde la verdad te lleva a la sombra, ya sea a una o a otra, pero la mentira es la única forma de honestidad que queda.

Riva Palacio sabía de eso. Lo había visto en los cuarteles, en los palacios de gobierno, en las cárceles donde él mismo había dormido.

Monja y casada, virgen y mártir: el título que ya es una novela

Si Martín Garatuza es la novela picaresca, Monja y casada, virgen y mártir (1868) es el thriller. El título, que parece un chiste, es en realidad el resumen más perfecto de la condición femenina en la Nueva España: una mujer que es todo y nada al mismo tiempo, que es monja para la Iglesia, casada para su marido, virgen para la sociedad y mártir para sí misma.

La novela cuenta la historia de Blanca de Mejía, una mujer atrapada entre el convento y el matrimonio, entre la vocación y el deseo, entre la santidad y la supervivencia. Riva Palacio construye una intriga que avanza como un reloj de precisión: cada capítulo termina en un abismo, cada revelación abre una puerta que debería haber permanecido cerrada.

Lo que más sorprende al leerla hoy es la modernidad de su mirada sobre las mujeres. En una época en que la literatura mexicana retrataba a las mujeres como ángeles del hogar o como pecadoras arrepentidas, Riva Palacio crea personajes femeninos complejos, contradictorios, furiosos, inteligentes. Blanca no pide permiso para existir. No espera a que un hombre la salve. Toma decisiones terribles y las paga con una dignidad que corta la respiración.

¿De dónde sacó un general decimonónico esa sensibilidad? Probablemente de su abuela, de su madre, de las mujeres que vio sobrevivir a guerras que los libros de historia apenas mencionan. O quizás simplemente era un escritor de verdad, y los escritores de verdad tienen la extraña capacidad de meterse en la piel de quien no son.

Los ceros: la venganza más elegante de la literatura mexicana

Si las novelas de Riva Palacio son adictivas, Los ceros (1882) es directamente venenoso. Y es, en mi opinión, su obra maestra secreta.

Los ceros es una galería de retratos satíricos de los políticos, militares y personajes públicos del México porfiriano. Riva Palacio los describe con una crueldad tan elegante que el lector tarda unos segundos en darse cuenta de que lo que está leyendo es un asesinato literario en toda regla. Cada retrato empieza con un elogio aparentemente sincero y termina con una estocada que deja al personaje desangrándose en el suelo de la prosa.

El título es perfecto: Los ceros. Porque eso es lo que son, según Riva Palacio, los hombres que gobiernan México: ceros. Números vacíos que solo tienen valor cuando están a la derecha de alguien que sí vale algo. Ceros que se multiplican entre sí y siguen dando cero. Ceros que ocupan cargos, firman leyes y se hacen retratos al óleo pero que, sumados todos juntos, no producen una sola cifra significativa.

El libro le costó caro. Porfirio Díaz, que no era precisamente un hombre conocido por su sentido del humor, lo tomó como una afrenta personal.

Riva Palacio terminó exiliado.

Y sin embargo, el libro sobrevivió a Díaz, al porfiriato, a la Revolución y a más de un siglo de olvido. Los ceros, al final, fueron y siguen siendo.

Los cuentos del general: humor negro antes de que existiera el humor negro

Mención aparte merecen los Cuentos del General, una colección de relatos breves que Riva Palacio escribió a lo largo de su vida y que son, posiblemente, lo más divertido y lo más macabro que se escribió en México antes de que Arreola y Rulfo descubrieran que la muerte también puede ser graciosa.

Hay un cuento sobre un ahorcado que sigue hablando después de muerto porque el verdugo no le apretó bien el nudo. Hay otro sobre un médico que cura la locura con métodos que son mucho más locos que la enfermedad. Hay uno más sobre un fantasma que resulta ser más inofensivo que los vivos que lo persiguen. Riva Palacio escribe estos cuentos con la naturalidad de quien ha visto tantas cosas horribles que ya no le queda más remedio que reírse.

Su humor es seco, rápido, sin grasa. No explica el chiste. No pide la carcajada. Simplemente coloca la situación absurda sobre la mesa y se retira con la elegancia de un mago que sabe que el truco funciona mejor cuando el público no ve las manos.

El historiador que no sabía escribir como historiador (y por eso era mejor)

No puedo terminar sin mencionar México a través de los siglos, la obra monumental en cinco volúmenes que Riva Palacio dirigió y en la que escribió varios tomos. Es, todavía hoy, una de las empresas historiográficas más ambiciosas de la cultura mexicana: un intento de contar toda la historia del país desde las civilizaciones prehispánicas hasta la Reforma.

Lo que hace fascinante a esta obra como literatura —porque sí, es literatura— es que Riva Palacio no puede evitar narrar la historia como si fuera una novela. Sus capítulos sobre la Conquista tienen la tensión de un thriller. Sus páginas sobre la Independencia tienen el pulso de una epopeya. Sus descripciones de los virreyes tienen la malicia de Los ceros. No puede evitarlo. Es narrador hasta cuando intenta ser académico.

Y eso, que los historiadores profesionales de su época le criticaron, es precisamente lo que hace que México a través de los siglos siga siendo legible hoy, mientras que las obras de sus colegas más “rigurosos” duermen el sueño de los justos en los sótanos de las bibliotecas universitarias.

Madrid, 1896: el último capítulo

Vicente Riva Palacio murió en Madrid en 1896, lejos de México, ejerciendo como embajador de un gobierno que no lo merecía. Tenía sesenta y cuatro años y el cuerpo destrozado por las heridas de guerra, las fiebres tropicales y las décadas de trabajo ininterrumpido.

Cuentan que en sus últimos días seguía escribiendo. Que tenía la mesa llena de papeles, de borradores, de proyectos que no le iba a dar tiempo de terminar. Que la muerte lo encontró con la pluma en la mano, como si hasta el último instante hubiera preferido la tinta a la sangre.

México lo enterró con honores de general. Le puso su nombre a calles, a escuelas, a bibliotecas. Pero hizo algo peor que olvidarlo como escritor: lo convirtió en una estatua.

Y las estatuas no se leen.

Las estatuas no cuentan cuentos de ahorcados ni novelas de monjas fugitivas ni sátiras que hacen sangrar a los presidentes.

Hoy, cuando la literatura mexicana del siglo XIX se reduce en las escuelas a Lizardi, a Payno y a Altamirano —tres nombres respetables pero insuficientes—, vale la pena volver a Riva Palacio. No por patriotismo ni por rescate arqueológico, sino por una razón mucho más simple y mucho más poderosa: sus libros siguen siendo divertidos.

Y en un mundo donde la literatura clásica se ha convertido en sinónimo de aburrimiento obligatorio, que un general muerto hace más de un siglo todavía pueda hacerte reír a carcajadas con un cuento de fantasmas y temblar con una escena de la Inquisición es, me parece, el mejor argumento que existe para volver a leerlo.

La espada se oxidó. La pluma, no.

— Por ✒︎ Don Desiderio, Don Desiderio escribe despacio porque cree que las prisas producen adjetivos innecesarios.