Si hay un poema que resuma el alma de Carolina Coronado es El amor de los amores.

Carolina Coronado, la poetisa que gritó entre los almendros

Hay lugares en donde el silencio es parte del paisaje. La llanura extremeña, con su cielo inmenso y sus trigales ordenados como ejércitos quietos, no es de los que invitan al grito. Y sin embargo, en una casa blanca de Almendralejo, una muchacha del siglo XIX decidió que ella no había nacido para callar.

La niña que le hablaba a las tormentas

Imagínala: una muchacha de provincias, educada para ser esposa y madre, que aprendió francés, italiano y latín casi a hurtadillas. Que leía a escondidas mientras bordaba por obligación, y que en el silencio de la casa familiar sentía crecerse dentro una marea de imágenes, de pájaros, de amores imposibles, de miedos antiguos. Carolina Coronado no tuvo maestros formales, pero tenía algo más raro: una sensibilidad de alta tensión que convertía todo lo que tocaba en materia poética.

Almendralejo era entonces una pequeña ciudad de campos de vides y cielos sin fin. No había tertulias literarias ni cafés de intelectuales. Había trabajo, misa los domingos y un horizonte tan extenso que dolía. Para una joven como Carolina, el paisaje no era vacío: era un lienzo en blanco donde proyectar sus tormentas interiores.

Por eso sus primeros poemas son tan intensos: no celebraban la calma del campo, sino que la usaban como espejo de sus pasiones, sus ansias de libertad y su melancolía.

Escribir, ese escándalo

En la España de 1840, una mujer que escribía versos era poco menos que una anomalía. Se la miraba con condescendencia cuando no con hostilidad. La poesía era asunto de caballeros, de bohemios y de académicos.

Y de algún que otro borracho, que finalmente eran los que más trascendían.

Pero Carolina, con su melena oscura y sus ojos claros de mirada profunda, no pidió permiso. Empezó a publicar en periódicos y revistas de Madrid, y su nombre comenzó a circular con una mezcla de admiración y escándalo.

Su poema A la abolición de la esclavitud en Cuba la puso en el centro del debate público. No era solo una mujer escribiendo: era una mujer opinando, denunciando, tomando partido.

Poco después, su libro Poesías (1843) la consagró. Madrid entero hablaba de la poetisa de Almendralejo, de su belleza, de su talento, y también de su extraña sensibilidad nerviosa, que la acompañó toda la vida como una sombra fiel.

El amor de los amores

Si hay un poema que resuma el alma de Carolina Coronado es El amor de los amores. No es un texto de amor conyugal ni de enamoramiento adolescente: es una declaración de amor absoluto, total, imposible de contener. Un amor que lo abraza todo y que no sabe medirse. Esa desmesura es la marca de su obra.

En sus versos, la naturaleza participa de las emociones humanas: los ríos se ahogan de tristeza, las flores presienten la muerte, los pájaros anuncian despedidas. No es una poesía descriptiva ni pintoresca; es una poesía de adentro hacia afuera, escrita con el pulso acelerado de quien siente demasiado y no tiene otra manera de soltarlo.

Por eso su poesía, aunque hija de su tiempo, sigue conmoviendo. Carolina Coronado habla de la soledad, del deseo de plenitud, de la rebeldía, y de una joven que nunca se imagino gigante, tan solo intentaba apagar el fuego que sentía.

Una casa llena de versos

Hoy, en Almendralejo, se puede visitar la casa donde nació Carolina Coronado. Es modesta, encalada, con un patio de naranjos y un silencio que parece guardado entre las paredes. En sus pasillos se exhiben muebles, retratos y primeras ediciones de sus libros. Caminar por ahí da una sensación extraña: la de que en cualquier momento va a aparecer ella, con un papel en la mano y un verso a medio terminar.

No es un fantasma, por más tétricos que parezcan sus monumentos. Es el alma que llevan las palabras cuando se escriben desde dentro y estas llevan fuego.

Un fuego que no quema el papel, pero sí calienta el aire. Y si en su época, o en esta, alguien se sintió quemado, se me ocurren palabras mucho menos poéticas, pero que también salen del corazón.

La llanura ya no es muda

Carolina Coronado murió en Lisboa en 1911, a los 91 años, después de haber vivido una vida larga y fecunda. Se casó con el diplomático estadounidense Horatio Perry, crió hijos, viajó, y siguió escribiendo casi hasta el final. Pero nunca olvidó la llanura de Extremadura, ni la casa blanca, ni los atardeceres inmensos de su infancia.

Quizá por eso, leerla hoy es como abrir una ventana en una habitación donde el aire se ha quedado quieto. Entra de pronto el viento de la llanura, cargado de polvo y de grillos, y con él una voz que no pide disculpas por existir. Una voz que convierte el silencio de la provincia en un coro de pájaros.

Y entonces Almendralejo, esa ciudad que parecía hecha para el silencio, se llena de palabras.

Tú eres luz que ilumina mi mente,
tú eres fuente de vida y amor;
en tu gracia mi alma se inunda,
en tu pecho se calma mi dolor.

Carolina Coronado.

— Por ✒︎ Don Desiderio, partidario de escribir despacio porque cree que las prisas producen adjetivos innecesarios.

Si por lo que sea, que uno nunca sabe, visitas Almendralejo, no dejes de acercarte a la Casa Museo Carolina Coronado. Y antes de ir, lee algunos de sus poemas en voz alta, junto a una ventana abierta: es la forma más fiel de conocerla.