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García Lorca y el fantasma del Comunismo

Federico García Lorca, una víctima después de muerto

Hace tiempo, o tal vez fue anoche —porque aquí abajo, en la raíz oscura de la tierra, el tiempo es solo un reloj sin manecillas—, me senté con vosotros. Bajaba de la Mora hacia la Vega, buscando el fresco de los árboles, y me colé por la puerta entornada de un barecillo de esos que huelen a vino rancio y a serrín.

Nadie me vio, claro. Los muertos tenemos la costumbre de escuchar en silencio.

Erais jóvenes. Las copas chocaban y, de pronto, como un relámpago frío, rodó mi nombre sobre la mesa de madera. Hablabais de mis huesos, de la sierra, de esa memoria que los vivos se empeñan en desenterrar para tirársela a la cabeza los unos a los otros.

Escuchaba desde mi rincón de sombra cómo os peleabais por mi calavera. Que si los vencedores, que si los vencidos. Que si unos quieren hacer de mí una bandera roja y los otros un accidente de la madrugada. Pobre de mi memoria, que la han convertido en un fantasma zurcido a pedazos, en un botín de guerra para una guerra que nunca fue la mía.

De pronto, habló uno de vosotros. Al mirarlo a los ojos supe que llevaba unas gotas de mi propia sangre corriendo por las venas. Y él dijo la verdad más triste y más simple de aquella noche de agosto: que mi único pecado fue la torpeza del destino. Estar en la hora equivocada, bajo la luna equivocada, respirando el mismo aire de los que ya llevaban la muerte dibujada en la cara.

Desde mi esquina invisible, sonreí con amargura. ¡Qué descanso sentí al oírlo! Porque la muerte, cuando viene a buscarte por los barrancos de Víznar, no te pregunta qué libros has leído ni a qué ideas le rezas. Simplemente tira de ti hacia la oscuridad.

Me da pena, una pena negra y antigua, ver cómo desde hace décadas buscan mi sombra en los despachos y en los discursos. Unos con odio, otros queriendo meter un veneno suave en mi recuerdo. Creen que reescribiendo la pólvora me devuelven la vida.

Pero yo nunca fui de bronce, ni de plomo, ni de manifiestos. Fui de carne asustada y de palabra viva.

Si quieren buscar mi fantasma, que no escarben en los ministerios ni en las trincheras. Que no me busquen en las venganzas de los que se creen dueños de mi llanto. Yo nunca hablé de sus repúblicas ni de sus imperios. Yo hablé del verde amargo de las aceitunas, del cuchillo que brilla en la noche, del agua fresca de la sierra, de la vida que me ardía en las manos y de la muerte que siempre estuvo rondándome los talones.

Si de verdad queréis saber quién fui, dejad mis huesos en paz y leedme. Buscadme ahí, donde no hay política, sino pura tierra y entraña. Buscadme cuando escribía, con el corazón encogido de presentimientos, cosas como esta:

Cantaban,
cantaban los novios
y el agua pasaba,
porque llega la boda,
que relumbre la escarcha
y se llenen de miel
las almendras amargas.

¡Prepara el vino!

Galana.
Galana de la tierra,
mira cómo el agua pasa.
Porque llega tu boda
recógete las faldas
y bajo el ala del novio
nunca salgas de tu casa.
Porque el novio es un palomo
con todo el pecho de brasa
y espera el campo el rumor
de la sangre derramada.

Giraba,
giraba la rueda
y el agua pasaba.
¡Porque llega tu boda,
deja que relumbre el agua!

Dejad que relumbre el agua. Dejad que la rueda gire. Y a mí, por piedad, dejadme ya dormir en paz bajo los olivos.

Por: Federico (desde la sombra de los olivos)

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