Benito Lertxundi canta a la herrimina de la diáspora vasca

Benito Lertxundi: la voz que nos devolvió una patria que nunca habíamos pisado

Hay una palabra en euskera que no tiene traducción exacta en ningún idioma del mundo: herrimina. Significa el dolor de la tierra. La herida del pueblo ausente. Esta es la crónica de cómo un puñado de canciones grabadas a miles de kilómetros pueden dolerle en el pecho a quien nació bajo otro sol, pero lleva la niebla en la sangre.

Yo no crecí entre las peñas calizas de Gipuzkoa ni vi romper las olas grises del Cantábrico contra los espigones de Orio.

Nací en donde la tierra hizo leyenda. Crecí bajo una luz ancha, seca, continental, donde el horizonte no se corta con montañas verdes sino con llanuras infinitas o avenidas de asfalto ardiente. Mi acento es de este lado del océano; mi infancia olía a tierra caliente y a mañanas que no conocen el sirimiri.

Y, sin embargo, bastaba con que en la sala de casa cayera la aguja del tocadiscos sobre un vinilo gastado —o que entrara en la pletina aquella cinta de casete con la carátula descolorida por el sol— para que todo mi mundo se llenara de humedad, de madera vieja y de una tristeza tan antigua que no podía ser mía.

Era la voz de Benito Lertxundi.

Una voz que no canta: resuena. Una voz grave, oscura y salina, como si en lugar de salir de una garganta humana brotara directamente de las raíces de un roble centenario o de una cueva en las entrañas de Aralar.

Y entonces ocurría el milagro más extraño de la memoria: yo sentía nostalgia de un lugar en el que nunca había vivido.

El bardo que no necesitó gritar

Para quienes no lo conocen, Benito Lertxundi es conocido en su tierra como El Bardo de Orio.

Surgió a finales de los años sesenta, en pleno franquismo, como parte de aquel movimiento irrepetible llamado Ez Dok Amairu (una reunión de poetas, músicos y artistas como Mikel Laboa o Xabier Lete que decidieron que la cultura vasca no iba a morir en el silencio de las tumbas).

Pero mientras otros cantautores de la época tomaron la guitarra como un fusil de urgencia política —necesario y legítimo en aquellos años de plomo—, Lertxundi hizo algo más hondo, más peligroso y más duradero: fue a buscar el alma mítica de su pueblo.

Miró hacia el mar de los balleneros. Miró hacia las brumas de Zuberoa y los valles solitarios de Navarra. Se empapó del viento atlántico, de las arpas celtas, de los cantos tradicionales que los pastores entonaban en la soledad de las cumbres. No le cantó a la coyuntura de la semana ni al titular del periódico. Le cantó a la lluvia sobre la piedra. A la pérdida irreparable. A la belleza esquiva de la libertad.

Lertxundi no gritó contra la opresión; le devolvió a su pueblo la dignidad de su propio paisaje interior.

Herrimina: la física del dolor heredado

En la diáspora vasca en América —desde las pampas argentinas hasta los valles de Idaho, desde el centro de México hasta el sur de Chile— los hijos y los nietos de los emigrantes crecimos con una herencia intangible.

Nuestros abuelos no nos dejaron grandes fortunas. Nos dejaron un mal carácter, apellidos llenos de consonantes ásperas que nadie sabía pronunciar, recetas de bacalao hechas de memoria, gusto por el Rioja que no pide permiso y un silencio espeso cuando se acordaban del caserío que tuvieron que dejar atrás por la guerra o por el hambre.

Y nos dejaron esa palabra: herrimina.

El dolor del desarraigo. La nostalgia física de una tierra que duele como duele una extremidad amputada.

¿Cómo es posible heredar el dolor de un paisaje que tus ojos nunca han visto? La genética lo expone. La sociología lo calla. Pero la música de Lertxundi sí.

Cuando escuchas Baldorba, con esa guitarra acústica que avanza como un caminante solitario entre castillos en ruinas y campos de trigo azotados por el viento; cuando suena Oi lur, oi lur (“Oh tierra, oh tierra…”) o la desgarradora melodía de Nere herriko neskatxa maite, algo en el pecho se rompe.

No necesitas saber euskera para entenderlo. La lengua ayuda, claro, pero Lertxundi canta desde un estrato previo a las palabras. Canta desde la vibración de la madera, desde el eco de las campanas entre la niebla, desde la melancolía atávica del ser humano que sabe que toda belleza lleva dentro una despedida.

La belleza que no pasa por el escaparate

En un mundo cultural domesticado por la inmediatez, donde la música se fabrica para durar quince segundos en un video de teléfono y consumirse como comida rápida, la obra de Benito Lertxundi se levanta como un acantilado intonso.

Canciones de siete, ocho, diez minutos. Arreglos que se toman su tiempo para desplegarse, con violines, gaitas, flautas y coros que parecen rezos paganos. Letras basadas en los poemas de Lizardi, de Gandiaga, o en reflexiones filosóficas sobre el paso del tiempo y la pequeñez del hombre frente a la naturaleza.

Lertxundi nunca fue una estrella del pop ni pretendió serlo. No va a los programas de televisión a hacer piruetas ni necesita las modas de la industria para llenar teatros cincuenta años después de su primer acorde.

Su fuerza reside en su autenticidad radical. Pertenece a esa estirpe de músicos —como Leonard Cohen, como Violeta Parra, como Atahualpa Yupanqui— que no interpretan canciones: habitan un territorio moral y estético.

El hilo que no se corta

Hace unos años, un amigo me preguntó por qué seguía escuchando a aquel hombre de barba blanca y mirada serena que canta en una lengua que casi nadie en nuestro continente entiende.

Le puse Bizkaia maite. Dejé que la melodía llenara la habitación.

Le expliqué que, para los que nacimos lejos de las raíces familiares, la identidad no es una bandera ni un pasaporte: es una frecuencia emocional, una resonancia cultural. Es el hilo invisible que te une con aquellos que caminaron antes que tú, con sus pérdidas, con sus barcos que zarparon para no volver, con su terquedad frente al olvido.

Es esa única herencia que recibiste: herrimina.

Benito Lertxundi fue, para muchos de nosotros en América, el puente de regreso. El mapa trazado con notas musicales que nos permitió saber de qué madera estábamos hechos por dentro.

El canto que queda

Hoy, cuando Benito sube a un escenario con más de ochenta años, se sienta con su guitarra y cierra los ojos, el tiempo se suspende.

Da igual si estás en el teatro Victoria Eugenia de San Sebastián o en un apartamento en Buenos Aires, en Montevideo o en la Ciudad de México escuchándolo a través de unos auriculares a las dos de la mañana.

En ese instante, la distancia se anula. El asfalto desaparece. El mar Cantábrico rompe en tu ventana y la niebla baja despacio por las laderas de tu memoria y te llena de una sangre que no pide perdón por existir, te llena de tu propia sangre.

Porque hay voces que no pertenecen a un mercado: pertenecen a la tierra. Y mientras Benito Lertxundi siga cantando, los que estamos lejos sabremos que hay un rincón del mundo, hecho de lluvia, roble y salitre, que nos sigue esperando en silencio.

— Por Juana la charrasqueada, contrabandista de recuerdos y especialista en tierras que duelen.