Juan José Saer nació en una ciudad rodeada de agua y de llanura, se fue a vivir a París a los treinta años y pasó el resto de su vida escribiendo sobre el lugar del que se había ido. Su obra entera es un intento de responder una sola pregunta: ¿qué es real, lo que vemos o lo que recordamos? Murió sin contestarla. Pero en el camino escribió algunas de las páginas más hermosas de la literatura en español.
Saer nació en 1937 en Serodino, un pueblo de la provincia de Santa Fe que tiene tres mil habitantes, una estación de tren y una llanura que se extiende hasta el horizonte sin un solo árbol que la interrumpa. Su familia era de origen sirio-libanés, inmigrantes que habían llegado a la Argentina a principios de siglo y que se habían instalado en el litoral con la tenacidad silenciosa de quien sabe que no tiene adónde volver.
El paisaje de la infancia de Saer es el paisaje de toda su obra: el río, la llanura, los pueblos que se deshacen con el calor, los caminos de tierra que se pierden entre los pastizales, la humedad que lo empapa todo, la luz que en verano parece sólida, como si uno pudiera tocarla con la mano. Saer no eligió ese paisaje. El paisaje lo eligió a él. Y cuando se fue a vivir a Francia, en 1968, a los treinta y un años, el paisaje se fue con él, metido en la memoria como una espina que no se puede sacar.
Desde París, Saer siguió escribiendo sobre Santa Fe durante casi cuarenta años. No sobre la Santa Fe real, la de los mapas y los censos, sino sobre una Santa Fe imaginaria que él llamó “la zona”: un territorio literario construido frase a frase, novela a novela, donde los mismos personajes aparecían y desaparecían y envejecían y morían como en una saga familiar que no tiene principio ni fin. La zona es Santa Fe y no es Santa Fe. Es el litoral y no es el litoral. Es un lugar que existe únicamente en la prosa de Saer y que, sin embargo, resulta más real que cualquier ciudad que uno pueda visitar con un mapa en la mano.
La prosa que no tiene prisa
Lo primero que nota cualquier lector que se acerca a Saer por primera vez es que sus libros son lentos. No lentos como aburridos —aunque algunos lectores impacientes los abandonan en la página veinte y no vuelven jamás—, sino lentos como un río que avanza milímetro a milímetro, arrastrando consigo una cantidad de sedimento que no se ve a simple vista pero que está ahí, pesando, acumulándose, construyendo el lecho.
Saer escribe frases largas, sinuosas, llenas de comas y de incisos y de paréntesis que se abren y se cierran como ventanas en una casa que tiene demasiadas habitaciones. Una sola frase suya puede ocupar media página. Puede empezar describiendo el movimiento de una hoja que cae de un árbol y terminar, tres renglones después, en una reflexión sobre la naturaleza del tiempo que deja al lector con la boca abierta y la respiración cortada.
Hay un párrafo famoso de El limonero real —su novela de 1974 y, para muchos, su obra maestra— que describe el amanecer sobre el Paraná con una minuciosidad que roza lo alucinatorio. Saer tarda páginas enteras en narrar lo que en la vida real dura unos minutos: el momento en que la luz empieza a filtrarse por el horizonte y el río pasa de negro a gris y de gris a plata y de plata a oro. Cada cambio de color es una oración. Cada oración es un esfuerzo de percepción tan intenso que el lector siente que está viendo el amanecer por primera vez, como si todos los amaneceres que ha visto antes fueran versiones borrosas de este.
Esa es la apuesta radical de Saer: la realidad no es lo que pasa, sino lo que uno ve cuando mira de verdad. Y mirar de verdad es lo más difícil que existe. Es más difícil que inventar una trama, que crear personajes memorables, que construir diálogos brillantes. Mirar de verdad exige una paciencia que la literatura contemporánea, obsesionada con el ritmo y el gancho y el cliffhanger, ha olvidado por completo.
Ni Borges ni Cortázar: el tercer camino
Para entender el lugar de Saer en la literatura argentina hay que entender contra qué escribía. Y escribía, consciente o inconscientemente, contra los dos gigantes que ocupaban todo el oxígeno literario del país: Borges y Cortázar.
Borges era el maestro de la abstracción: laberintos, espejos, bibliotecas infinitas, tigres que son metáforas de otros tigres. Su prosa era seca, geométrica, perfecta como un teorema. Cortázar era el maestro del juego: la rayuela, el jazz, los pasadizos secretos entre lo cotidiano y lo fantástico. Su prosa era lúdica, musical, llena de trampas y de sorpresas.
Saer no era ni lo uno ni lo otro. No le interesaban los laberintos metafísicos ni los juegos formales. A Saer le interesaba la percepción pura, el acto físico de ver y de recordar, la forma en que la conciencia registra el mundo antes de que el lenguaje lo ordene. Su prosa no era seca ni lúdica: era húmeda, densa, pegajosa como el aire de Santa Fe en febrero. No jugaba con el lector; lo sumergía. No le pedía que resolviera un enigma; le pedía que aguantara la respiración.
Si Borges era el cerebro de la literatura argentina y Cortázar era su corazón, Saer era su sistema nervioso: la red de terminaciones sensibles que registra cada estímulo, cada roce, cada cambio de temperatura, cada variación infinitesimal de la luz sobre una superficie de agua.
Eso lo convirtió en un escritor para escritores. Los lectores masivos preferían a Cortázar, que era divertido, o a Borges, que era deslumbrante. Saer era difícil. Saer exigía. Saer no te daba la satisfacción de una trama que se resuelve ni de un final que te deja con la sensación de haber entendido algo. Saer te dejaba con la sensación de haber visto algo, que es una satisfacción más profunda pero también más incómoda, porque lo que uno ve en Saer no se puede resumir en una frase ni contar en una sobremesa.
El limonero real: un día entero en doscientas páginas
Si tuviera que recomendar un solo libro de Saer —y es una recomendación que hago con la cautela de quien sabe que el lector puede odiarme por la lentitud—, sería El limonero real.
La novela cuenta un solo día en la vida de Wenceslao, un hombre que vive en una isla del Paraná y que cruza el río en bote para asistir a una comida de Año Nuevo en la casa de sus parientes, en la otra orilla.
Eso es todo.
No hay crímenes, no hay traiciones, no hay giros argumentales, no hay clímax. Hay un hombre que se levanta, que se baña en el río, que prepara el bote, que cruza el agua, que llega a la casa, que come, que bebe, que conversa, que recuerda a su hijo muerto, que mira la luz, que vuelve a cruzar el río, que se acuesta.
Y sin embargo, esas doscientas páginas contienen más vida que muchas sagas de mil. Porque Saer no narra los hechos: narra la experiencia de los hechos. La forma en que el agua fría le toca la piel a Wenceslao cuando se mete al río al amanecer. La forma en que la luz cambia de color a medida que el sol sube. La forma en que el recuerdo del hijo muerto aparece sin aviso, como una corriente subterránea que de pronto sale a la superficie y arrastra todo consigo. La forma en que el vino y el calor y la conversación de los parientes van creando una atmósfera de felicidad frágil que Wenceslao sabe que no va a durar.
El limonero real es, en el fondo, una novela sobre el duelo. Sobre un padre que perdió a un hijo y que sigue viviendo, que sigue cruzando el río, que sigue comiendo y bebiendo y mirando la luz, con la herida intacta debajo de la rutina. Pero Saer no dice la palabra “duelo” en ningún momento. No la necesita. El duelo está en la forma en que Wenceslao mira el agua. En la forma en que se detiene a mitad del río y se queda quieto, sin remar, como si el tiempo se hubiera roto. En la forma en que la novela misma se detiene, se congela, se niega a avanzar, como si el narrador tampoco pudiera soportar lo que viene después.
Es una obra maestra. Y es, probablemente, la novela más lenta y más hermosa que se ha escrito en lengua española en el último medio siglo.

