La Farsa de Ávila: el día que los nobles coronaron a un muñeco de paja

La Farsa de Ávila: el día que los nobles coronaron a un muñeco vestido de luto

La función de teatro político más salvaje, humillante y brutal jamás montada en suelo hispano tuvo lugar el 5 de junio de 1465, en los extramuros de Ávila.

El rey al que convirtieron en trapo

Para entender el nivel de audacia de aquel día hay que mirar primero al hombre que ocupaba el trono: Enrique IV de Castilla, a quien sus enemigos apodaron “el Impotente”.

Enrique no era un mal hombre, pero cometió el peor error que un rey medieval podía cometer: intentó gobernar rodeándose de hombres nuevos —la pequeña nobleza, los conversos, los administradores de su confianza— en lugar de dejarse gobernar por los grandes clanes de siempre. Intentó crear una burocracia real que no pasara por las manos de los grandes duques y marqueses.

Así que los clanes hicieron lo que sabían hacer: destruir primero la reputación del monarca antes de quitarle el trono. Empezaron a correr rumores por todo el reino. Que si el rey era impotente. Que si su hija, la infanta Juana, no era suya sino de su valido Beltrán de la Cueva (de ahí el apodo despectivo de “la Beltraneja”). Que si el rey era en secreto musulmán. Que si era un incapaz.

Cuando la propaganda hizo su trabajo y el reino estuvo suficientemente confundido, Pacheco y sus aliados dieron el paso definitivo.

No fueron a buscar al rey con un ejército para matarlo. Hicieron algo mucho más sofisticado: lo mataron simbólicamente.

La Farsa de Ávila: el día que los nobles coronaron a un muñeco de paja
La farsa de Ávila, obra de Antonio Pérez Rubio hacia 1881 y perteneciente a la colección del Museo del Prado.

El escenario de la vergüenza

El 5 de junio de 1465, en el prado de los Toros, cerca de la muralla de Ávila, la nobleza rebelde levantó un gran tablado de madera visible desde cientos de metros a la redonda.

Sobre el escenario colocaron un muñeco de madera a tamaño natural. Lo vistieron con las ropas reales de luto, le pusieron la corona en la cabeza, le ciñeron la espada de la justicia a la cintura y le colocaron el cetro en la mano derecha.

Era la representación exacta de Enrique IV.

Alrededor del tablado se agolparon miles de personas: caballeros armados, frailes, campesinos de los pueblos vecinos, mercaderes. Todos acudieron a ver el circo.

Pero detrás del disfraz, detrás del teatro y detrás de los trapos viejos, lo que se estaba jugando en aquel tablado era algo terriblemente serio: la prueba definitiva de que en la Castilla del siglo XV el rey no mandaba nada.

El látigo, la corona y la comedia los manejaba la misma persona de siempre.

Don Juan Pacheco, I Marqués de Villena.

La farsa de Ávila

Subieron al escenario los líderes de la rebelión. Allí estaban todos los grandes apellidos de la telaraña: el arzobispo de Toledo con sus vestiduras sagradas, el conde de Plasencia, el conde de Benavente, el conde de Paredes. Y en la sombra, coordinando cada entrada y cada salida de los actores, Juan Pacheco junto con su hermano Pedro Tellez-Girón, ambos sobrinos del arzobispo y ambos encumbrados por el mismo Enrique IV.

Si el rey gobernaba sin ellos, el “Método Pacheco” se venía abajo.

Un heraldo leyó en voz alta una lista de los supuestos “delitos y tiranías” del rey. Cada vez que se leía un cargo, uno de los grandes señores subía al tablado y despojaba al supuesto rey de algunos de los símbolos del Reino de Castilla.

A aquel espectáculo grotesco la historia lo bautizó con un nombre perfecto: La Farsa de Ávila.

El arzobispo Carrillo le quitó la corona de la cabeza, diciendo: “Quitámosle la dignidad real, que no la sabe guardar.”
El conde de Plasencia le quitó la espada de la justicia, diciendo: “Quitámosle la administración de la justicia.”
El conde de Benavente le quitó el cetro de la mano, diciendo: “Quitámosle el gobierno del reino.”
Diego López de Zúñiga, entre los aplausos y las burlas de la multitud, le dio un puntapié al monigote, tirándolo del escenario a la tierra, mientras gritaba: “¡A la mierda, rey!”

Abajo, la masa enardecida se lanzó sobre los restos de madera y trapo para destrozarlos.

El poder real de Castilla yaciendo en la muchedumbre como un estropajo viejo rodando por el polvo y la mentira.

Acto seguido, aquellos nobles subieron al escenario al medio hermano pequeño del rey, el infante Alfonso, un niño de solo once años y hermano de la infanta Isabel. Lo sentaron en la silla, le pusieron la corona que acababan de arrancar al muñeco, le entregaron el cetro, le besaron la mano como a nuevo monarca —supuestamente Alfonso XII— y tocaron las trompetas de victoria.

La farsa había terminado. La guerra civil acababa de empezar.

El titiritero detrás del biombo

Si uno mira la foto fija de aquel día en Ávila, ve a condes y obispos quitando coronas. Pero si uno mira los papeles de contabilidad y los mensajes secretos de esa semana, encuentra la mano de Juan Pacheco en cada metro de cuerda del escenario.

Pacheco había calculado el impacto psicológico del acto con una precisión quirúrgica.

Sabía que en el siglo XV la autoridad del rey no era solo política: era sagrada. Romper el juramento de lealtad a un rey ungido por Dios era un pecado mortal que aterrorizaba a los hombres medievales. Pero si se hacía pasar el acto por un “juicio de la Providencia”, si se desacreditaba al rey mediante una comedia pública donde la corona caía al suelo, la culpa se evaporaba.

El mensaje que Pacheco envió a toda Castilla con la Farsa de Ávila no era para Enrique IV. Era para el resto de la nobleza, para las ciudades y para los reinos vecinos:

“Mirad lo que le hacemos a un rey cuando nos molesta. Mirad quién manda aquí de verdad.”

El niño rey Alfonso no era más que un títere en manos de Pacheco. De hecho, cuando el pequeño Alfonso murió tres años después en circunstancias muy sospechosas (probablemente envenenado con una empanada de truchas), Pacheco no perdió un segundo en lágrimas: corrió a negociar de inmediato con la hermana del niño.

Una joven astuta, silenciosa y de mirada fría que había estado observando todo el espectáculo desde lejos.

Isabel. La que más tarde llamaron la Católica.

fuera de estas murallas, en el prado de los toros, tuvo lugar la farsa de avila de 1465
Murallas de Ávila.

La lección que Isabel no olvidó jamás

La historia está llena de ironías amargas.

Juan Pacheco montó la Farsa de Ávila para demostrar que la aristocracia era la dueña absoluta de Castilla. Pero lo que consiguió fue darle a la futura reina Isabel la lección política más importante de su vida.

Isabel vio lo que los nobles le hicieron a su hermano Enrique. Vio el muñeco de paja rodando por el polvo. Vio a obispos y condes riéndose de la majestad real. Y juró para sus adentros que, si ella llegaba a reinar, no le temblaría la mano.

Pero sí le tembló.

Cuando Isabel llegó al trono años después, destruyó los castillos rebeldes, ejecutó a los nobles desobedientes, creó la Santa Hermandad como policía real y sometió a los grandes clanes bajo la autoridad firme del Estado moderno.

Sometió a todos… menos a los Pacheco, que como bien sabemos, supieron cambiar de bando a tiempo, casar a sus hijos con la nueva élite e integrarse en el nuevo régimen como si nada hubiera pasado.

El Rey Enrique murió años después, solo y derrotado. El niño Alfonso murió envenenado. El arzobispo Carrillo terminó sus días apartado del poder.

Pero la Casa de Pacheco sobrevivió a la Farsa, sobrevivió a Isabel, sobrevivió a la conquista de América y llegó intacta hasta el siglo XVII.

Su método y sus formas, prevalecen hasta nuestros días de ambos lados del Atlántico.

— Por ⚔︎ Martín Garatuza, espadachín, pendenciero y cocina de autor.

Nota del autor: Don Juan Pacheco, por supuesto, siempre podría alegar que todo aquello ocurrió sin su conocimiento.