relato taurino sobre curro el siete despues llamado el curro talegas

Curro Talegas

Recordando el paso por los toros de Francisco Castoreña, el “Curro Talegas”.

Al principio, le llamaban “El Siete” no por las tardes de gloria en la Maestranza, sino por el desgarrón que se hizo en la taleguilla huyendo de una vaquilla en una capea de pueblo. ¿Cómo se fue quitando del mote?

Tranquilidad en las masas, que todo se andará.

Encienda usted un cigarrillo, y si por casualidad le sobra alguno, démelo a mi, que ¿sabe? No suelo cargar encima monedillas a estas horas de la mañana.

¡Pero pida usted dos cafelitos, y vamos al lío!

Cualquier día de aquellos de gloria, el sol de justicia caía sobre la calle Sierpes, pero Curro caminaba con la parsimonia de quien posee el tiempo y las fincas que nunca tuvo. Llevaba la chaqueta al hombro, sujeta por el dedo índice, fingiendo un compás torero que solo existía en su cabeza. Se detuvo ante el escaparate de la administración de lotería, mirándose en el reflejo para recolocarse el sombrero.

— Curro, que te vi en Coria el año pasado —le soltó un viejo desde una terraza, con esa guasa sevillana que engaña a los de fuera—. ¡Todavía dura el polvo que levantaste saltando la barrera!

Curro no se inmuto. Se giró despacio, miró al hombre por encima del hombro con una dignidad insultante y se acercó a la mesa.

— Mire usted, don Manuel —dijo Curro, bajando la voz como si revelara un secreto de estado—. El público de Coria es un público de aluvión, no entiende el concepto del pánico estético. Aquel toro no tenía fijeza, tenía malas intenciones. Y un artista no se deja matar por un animal sin sensibilidad. Yo no huía del toro, don Manuel… yo preservaba el misterio.

Se hizo un silencio. Curro miró el paquete de tabaco del viejo sobre la mesa. Con una naturalidad pasmosa, deslizó los dedos, tomó un cigarrillo y se lo colocó en la oreja.

— Por cierto, don Manuel… ¿no tendrá por ahí un mechero? Es que uno sale de casa con el duende puesto, pero sin calderilla…

Aquel día don Manuel no comprendió, que lo que escuchó de labios de Curro, no era del todo verdad, ni mucho menos mentira; el problema de Curro no era la falta de arte, que bien sabido era que ese le sobraba, sino el exceso de vino de Jerez, que eso, bien sabido era también.

El festival benéfico de los Dolores

La noche anterior, en la taberna El Timoncillo, al calor de los aplausos de tres turistas despistados y cuatro amigos gorrones, Curro se había venido arriba.

— ¡El toreo actual no tiene pellizco! —había gritado, golpeando la barra—. ¡Traedme un toro de Miura y veréis lo que es parar, templar y mandar!

Para su desgracia, en la esquina de la barra estaba sentado Don Fulgencio, un ganadero rico, devoto de la Virgen de los Dolores y organizador del festival benéfico de Guillena. Don Fulgencio, emocionado por el arranque de “machada” del maestro, le tomó la palabra allí mismo ante diez testigos.

Ahora, doce horas después, Curro se encontraba en el casino, con una taza de café solo y las manos temblándole como si estuviera tocando las castañuelas. A su lado estaba “El Mangas”, su mozo de espadas, un hombre flaco que vestía una chaqueta tres tallas más grande y que era el único que reconocía en Curro a un torero sobrado de arte, sobrado de vino de jerez, pero escaso de valor. Ese que hay que tener cuando el toro te resopla en la taleguilla y solo queda el buen hacer.

— Curro, mi alma, que ya han pegado los carteles en el pueblo —dijo El Mangas, masticando un palillo—. Sales el tercero. Te toca un novillo de casta de Don Fulgencio. Dicen que tiene una cornamenta que parece el escudo de un carruaje.

Curro sintió un frío que le recorrió la espina dorsal, desde el cogote hasta los tobillos. Le dio un sorbo al café, intentando que no tintineara la taza contra el plato.

— Mangas… —susurró Curro, mirando hacia los lados—. El arte no se puede improvisar. Yo no puedo torear en Guillena. La climatología no me acompaña. Siento una humedad en la rodilla izquierda… una lesión antigua, de cuando me encerré con seis toros en Tomelloso.

— Curro, que en Tomelloso no te encerraste con seis toros. Te metiste en uno de los corrales porque se escapó una vaquilla del camión, y resultó que ahí se guardaban a los cabestros, que por cierto no eran seis eran siete.

Curro miró a su mozo con una mezcla de dolor y reproche señorial.

— Mangas, eres un prosaico. La historia se escribe con renglones poéticos, no con crónicas de cuartelillo. Además, no fue miedo. Fue una retirada estratégica para meditar la faena. Pero búscame al boticario… necesitamos un parte médico que hable de vértigos, de soplos en el corazón o de un ataque de melancolía severa. Si me pongo delante de ese novillo, el festival benéfico va a ser para pagar mi entierro.

—¡Pero Maestro!

—Calla Mangas, Calla, que yo sé lo que te digo. ¿Recuerdas aquella tarde gloriosa de la Palma? Ese día bastaron dos naturales para que la plaza se viniera abajo. Eso es lo que tenemos los artistas. No se nos puede presionar.

En ese momento, la puerta del casino se abrió de par en par. Don Fulgencio entró gritando con los brazos abiertos:

— ¡Ahí está el torero de Sevilla! ¡Maestro, ya tenemos los trastos en el coche! ¡Vamos a la finca a que le eches un ojo a tu rival! Un tío bien plantado que parece toro hecho y derecho, bastará una tanda bien puesta para que la plaza se derrumbe. ¡Qué digo yo tanda, con un par de naturales bien pegados!

— ¡Hombre, don Fulgencio! esto está hecho.— dijo Curro mientras guardaba tres aceitunas en el bolsillo y se calaba su sombrero.

La hora de la verdad

Nerva sonaba de tal manera que retumbaba en toda la plaza con el eco gangoso de los altavoces viejos. El ambiente olía a puro, a romero y, en el caso del callejón donde se encogía Curro “El Siete”, a puro pánico.

Llevaba un traje corto de color gris que le prestó un banderillero jubilado. Le venía un poco ancho de sisa, lo que aumentaba su aspecto de pájaro asustado. Curro no paraba de persignarse. Llevaba veinte minutos rezándole a todas las vírgenes de la provincia de Sevilla, incluidas algunas que se acababa de inventar sobre la marcha, como la “Virgen del Santo Escaqueo”.

Curro mordía la esclavina mientras sonaban esos clarines que recordaban a la mismísima Maestranza.

— ¡Que sale el tercero! —gritó el conserje de la plaza, apoyando la mano en el cerrojo de los chiqueros—. ¡Que Dios reparta suerte!

— Que reparta justicia, que de la suerte ya me encargo yo si encuentro una puerta abierta —susurró Curro con los dientes castañeteando.

“El Mangas”, al otro lado de la barrera, intentaba darle los últimos consejos. Las manos de Curro parecían de trapo.

— Maestro, estírese. Póngase derecho, que lo está mirando el alcalde y la sobrina de Don Fulgencio, que es una mujer de bandera y se ha puesto mantilla blanca por usted.

— ¡Que se ponga luto, Mangas, que es lo que va a hacer falta! —gimió Curro—. Mira esa puerta… Ese cerrojo tiene cara de pocos amigos. ¡Ay, mi madre, qué necesidad tendrá un hombre de letras de meterse a gladiador!

En ese preciso instante, el cerrojo crujió y las maderas del portón del chiquero se abrieron de par en par.

De la oscuridad del túnel no salió un novillo. Salió una catedral con patas. Era un bicho negro como el carbón, con dos pitones que a ojos de Curro rasgaban el cielo. El animal pegó un frenazo en el centro del ruedo, levantó una nube de polvo que casi tapa el sol y soltó un bufido que hizo temblar las vallas del callejón.

Curro dio un respingo hacia atrás y se pegó tanto a la pared de madera que parecía querer convertirse en pintura.

— ¡Ahí lo tienes, Curro! ¡Un toro con nobleza! —le gritó Don Fulgencio desde la barrera, entusiasmado.

Curro miró al ganadero con los ojos desorbitados. Luego miró al toro, que en ese momento acababa de pegar un hachazo contra las maderas, astillando un tablón de un solo golpe.

— Nobleza… sí, Don Fulgencio —consiguió articular Curro, con un hilo de voz que parecía el de un niño de coro—. Tiene una nobleza… una nobleza que asusta. Tiene cara de tener un árbol genealógico muy complicado. Mangas… búscame el capote de los vuelos morados.

— ¡Salga ya, maestro, que el público se impacienta! —le empujó El Mangas, tratando de mantener la farsa.

Curro ya no era Curro. Saltó al ruedo con una aparente decisión que se olvidó de quedar hilado a las tablas, como siempre hacen los novilleros. Y fue ahí, que desde los tercios espero al novillo y se abrió de capa. El toro transmitía, pero Curro no mandaba.

Fue en una de esas ocasiones en que los toros van con tanta bravura y fijeza al engaño, que pronto Curro se percató a pesar de su ofuscación. Le pegó tal viaje de “aquí hasta allá” que por primera vez supo lo que era mandar.

Aquella tarde el tiempo se paralizó y así siguieron cuatro lances y una media, de esas que el respetable ya no alcanza a ver por que todos están de pie.

El Mangas no se la podía creer.

Sentía ese orgullo de no haberse equivocado de matador. Por primera vez sintió respeto y ahora sus pasos eran firmes en el callejón.

Ya con la muleta en la izquierda, no sabemos si un Curro crecido por el aplauso, o sedado por ese silencio que solo los que han estado ahí abajo conocen, comenzó a citar al toro y a pasarlo por alto.

Ya no era lo mismo, los nervios le podían y la condición le faltaba, pero el momento no había llegado a su fin. Fue que de pronto quedó hilado y le pegó dos naturales al morlaco que ni Ordóñez ni Romero.

La emoción contenida de pronto hizo su aparición, justo en el momento en que el novillo ensartó a Curro de la talegilla y lo estrelló contra las tablas. Él ni se miró la ropa, pero sí a la hija de don Fulgencio, sí al capote blanco. Y sí al Mangas que ofrecía la de matar.

Aquel toro dobló de una sola estocada y aquella tarde fue la última.