ultraísmo madrileño

Ultraísmo: la aventura de escribir con relámpagos

Hubo un tiempo, hace poco más de un siglo, en que los jóvenes poetas decidieron que la poesía estaba cansada. Fue entonces que la poesía de desprendió de los adornos como quien se quita un abrigo demasiado pesado.

Y se transformó para siempre, por más que Borges renegara de su epoca de su ultraísmo y por más que poetas como como Gerardo Diego o Juan Larrea abandonaran el movimiento para unirse a la generación del 27… la poesía nunca volvió a ser la misma.

Juan Larrea

La noche ha abierto su paraguas
y la lluvia se sintetiza en pájaros
que picotean trigo mojado.

El mundo acababa de atravesar la Primera Guerra Mundial; las ciudades se llenaban de electricidad, máquinas, tranvías, anuncios luminosos y nuevos ritmos. Para muchos jóvenes escritores, las formas literarias heredadas parecían incapaces de nombrar aquella velocidad.

En ese impulso nació el ultraísmo, una vanguardia literaria que buscó llevar la poesía “más allá”: más allá de la retórica gastada, de la sentimentalidad excesiva, de las explicaciones largas y de los paisajes decorativos. Su herramienta predilecta fue la imagen sorprendente. Su deseo, condensar el mundo en unos cuantos versos capaces de iluminarlo de golpe.

El ultraísmo no fue un movimiento largo ni homogéneo, pero dejó una huella decisiva en la poesía en español. Fue una puerta abierta hacia una nueva manera de mirar.

Nacer entre revistas, tertulias y ciudades inquietas

El ultraísmo surgió en las tertulias madrileñas alrededor de 1918, en un ambiente alimentado por revistas culturales, cafés literarios y manifiestos. Como otras vanguardias de su tiempo, no se desarrolló únicamente en libros: se escribió en hojas efímeras, se discutió en tertulias y se lanzó al mundo desde publicaciones que tenían algo de laboratorio y algo de barricada.

Rafael Cansinos Assens  (Sevilla, 24 de noviembre de 1882-Madrid, 6 de julio de 1964)

El escritor español Rafael Cansinos Assens fue una figura central en sus inicios. A su alrededor se reunieron autores jóvenes interesados en renovar el lenguaje poético y dialogar con corrientes europeas como el futurismo, el cubismo, el dadaísmo y el expresionismo. La intención no era copiar estas escuelas, sino tomar de ellas la energía de ruptura.

Revistas como Grecia, Ultra y Cervantes ayudaron a difundir el nuevo espíritu. En ellas aparecían poemas, proclamas, debates y experimentos tipográficos. La página dejó de ser sólo un soporte neutral: podía convertirse en parte del poema, con blancos, disposiciones visuales, palabras aisladas y versos breves que respiraban de otro modo.

El nombre del movimiento, “ultraísmo”, ya contenía una promesa: ir más lejos. No necesariamente hacia una meta clara, sino contra la comodidad de lo conocido.

La metáfora como centro del universo

Si hubiera que resumir la estética ultraísta en una sola palabra, esa palabra sería metáfora.

Para los ultraístas, el poema no debía explicar una emoción de manera directa ni narrar una historia con detalle. Debía crear asociaciones inesperadas, acercar objetos aparentemente lejanos y producir una chispa entre ellos. La realidad no era algo fijo que había que describir, sino un territorio que podía reinventarse mediante el lenguaje.

Un farol podía transformarse en luna cautiva. Una ciudad podía ser un mecanismo de luces y humo. Un tren no era solamente un tren: era una línea de velocidad atravesando el paisaje. La poesía buscaba mostrar no lo que las cosas eran, sino lo que podían llegar a ser dentro de una imagen.

Esta voluntad de síntesis llevó al movimiento a desconfiar de muchos recursos tradicionales. Los ultraístas rechazaban, o al menos cuestionaban, la ornamentación excesiva, los adjetivos previsibles, las rimas obligatorias y los puentes explicativos entre una imagen y otra. Preferían el impacto al desarrollo, la intensidad a la abundancia.

La poesía debía parecerse menos a un discurso y más a un destello.

Pero una pausa…

Ramón Gómez de la Serna no tenía que disfrazarse de vanguardista los fines de semana; él vivía en un estado de vanguardia permanente.

Aunque formalmente no firmó el primer manifiesto ultraísta (él ya estaba “más allá” de las etiquetas), el movimiento entero le debe su existencia. Ramón Gómez de la Serna no tenía que disfrazarse de vanguardista los fines de semana; él vivía en un estado de vanguardia permanente.

Máquinas, ciudades y el encanto de lo moderno

El ultraísmo miró con fascinación el paisaje moderno. Aviones, locomotoras, automóviles, telégrafos, puertos, cables eléctricos y letreros comerciales entraron en el poema. No siempre como celebración ingenua del progreso, pero sí como signos de una época que exigía nuevas palabras.

La ciudad adquirió una presencia especial. Sus calles, sus escaparates, sus esquinas nocturnas y sus multitudes se volvieron materia poética. Frente a la naturaleza idealizada de tantas tradiciones anteriores, el ultraísmo encontró belleza en la luz artificial, el movimiento urbano y la geometría de la vida moderna.

Aquello no significaba renunciar por completo al misterio o al sueño. Al contrario: los ultraístas descubrieron que una bombilla podía tener algo de estrella y que un tranvía podía cruzar la noche con la extrañeza de un cometa. La modernidad, vista desde la poesía, no era sólo técnica: era también imaginación.

Borges y el viaje del ultraísmo a Argentina

Uno de los nombres más asociados al ultraísmo es el de Jorge Luis Borges. Durante su estancia en España, entre 1919 y 1921, el joven escritor argentino entró en contacto directo con el movimiento y participó en sus círculos literarios. A su regreso a Buenos Aires, llevó consigo esa experiencia y contribuyó a difundir el ultraísmo en América Latina.

En Argentina, Borges participó en revistas como Prisma y Proa, espacios fundamentales para las nuevas generaciones literarias. Sus primeros libros de poemas, como Fervor de Buenos Aires —publicado en 1923—, muestran una relación compleja con la estética ultraísta: hay condensación, imágenes visuales y voluntad de renovación, aunque también una sensibilidad más íntima y ligada a los barrios, patios y crepúsculos de Buenos Aires.

Borges acabaría alejándose de los programas rígidos de las vanguardias, como ocurriría con muchos autores de su generación. Pero el ultraísmo dejó una marca visible en su formación: le enseñó la disciplina de la brevedad, el poder de la imagen y la sospecha ante las palabras demasiado fáciles.

No es casual que, incluso en su obra posterior, Borges mantuviera una prosa precisa, una imaginación condensada y una capacidad extraordinaria para hacer que una idea compleja parezca caber en unas cuantas líneas.

Jorge Luis Borges

Amanecen temblando las guitarras

mi alma                    pájaro oscuro ante su cielo

Ya se murió la lámpara en la urna

más todavía

clama el silencio de las manos

como una herida abierta

Por la noche blindada

vamos abriendo como ramas las calles

En los ciegos aljibes

se habían colmado de suicidio las manos

Las esquilas recogen la tristeza

dispersa de las tardes        La luna nueva

es una vocecita allá en el cielo

Una rebeldía breve, una influencia duradera

Como movimiento organizado, el ultraísmo tuvo una vida relativamente corta. Hacia mediados de la década de 1920, su presencia comenzó a diluirse. Algunos de sus integrantes tomaron otros caminos; otros movimientos, como el surrealismo, ganaron fuerza; y las propias vanguardias empezaron a transformarse con rapidez.

Sin embargo, su brevedad no disminuye su importancia. El ultraísmo ayudó a cambiar la sensibilidad literaria en lengua española. Abrió espacio para una poesía menos dependiente de las formas tradicionales y más atenta a la imagen, al ritmo visual y a la economía verbal.

También puso sobre la mesa una pregunta que sigue siendo actual: ¿qué ocurre cuando el lenguaje heredado ya no alcanza para nombrar el presente? La respuesta ultraísta fue contundente: hay que inventar nuevas relaciones entre las palabras.

Su legado puede rastrearse en la poesía visual, en la escritura fragmentaria, en ciertas formas de la publicidad, en la canción contemporánea e incluso en la manera en que las redes sociales han vuelto a valorar la frase breve y la imagen instantánea. Claro que un poema ultraísta no es simplemente una frase corta: detrás de su aparente rapidez hay una búsqueda cuidadosa de precisión y extrañeza.

El poema como una chispa

El ultraísmo quiso liberar al poema de todo lo que consideraba accesorio. No buscaba contar una vida entera, sino concentrar un instante. No quería copiar la realidad, sino encenderla desde otro ángulo.

Quizá por eso conserva su frescura. En tiempos de exceso de información, de discursos interminables y pantallas saturadas, la propuesta ultraísta todavía parece desafiante: decir menos, pero mirar más; cortar la frase hasta que quede vibrando; descubrir que una metáfora puede contener una ciudad, una máquina, un recuerdo o una tormenta.

El ultraísmo fue breve como un relámpago, pero los relámpagos tienen una manera particular de permanecer: iluminan por un segundo y cambian para siempre la forma en que vemos la noche.

Una última observación

Si hoy escribimos con total libertad, es gracias a que ellos se atrevieron a romper el molde hace un siglo.