leyenda original de la llorona

La Llorona: el fantasma que nunca termina de nacer

Hay historias que se recuerdan.
Y hay otras que parecen recordarnos a nosotros.

Dicen en los pueblos que el agua tiene memoria, pero la noche tiene voz. La Llorona no pertenece a los libros de historia ni a la contabilidad de los archivos parroquiales. Pertenece a esa estirpe de sombras que no necesitan demostrar su existencia porque se alimentan de la noche. Cambia de siglo, cambia de ropaje, se traslada de un cauce seco a una calle empedrada, pero siempre encuentra a un caminante perdido o a un alma despierta dispuesta a jurar, con la piel erizada, que la escuchó pasar.

Las leyendas, ya se sabe, son piadosas con la fe del testigo, pero inclementes con la lógica.

Cuentan que era hermosa como solo pueden serlo las que llevan un corazón dentro. Un hidalgo de sangre contaminada por el oro que la enamora y la desecha. Cuando la abandonó, la rabia y la vergüenza la volvieron loca. Tomó a sus dos hijos, los llevó hasta la orilla negra del río y los entregó al agua como quien devuelve un regalo que ya no quiere.

Solo después, cuando el silencio volvió, entendió lo que había hecho.

Entonces comenzó el llanto que aún no termina.

Es una historia que sirvió para infundir miedo, para tasar la moral de las muchachas y para advertir sobre los peligros de amar a quien no se debe.

O a quien no puede…

Pero el misterio de esta mujer es infinitamente más viejo y más oscuro que cualquier moraleja virreinal.

Antes de que las campanadas de la Catedral rasgaran el cielo de la Nueva España, esta tierra ya conocía su grito.

Los ancianos indios recordaban a Cihuacóatl,  La Mujer Serpiente que salía del lago antes de la llegada de los hombres de hierro. Vagaba entre los tules, pidiendo la sangre de sus hijos, pero presagiando la caída de un imperio entero. Cuando la Conquista trajo a la que pisaría su cabeza, la falsa mujer no desapareció: simplemente se cambió de nombre.

A veces se hace pasar por doña Marina, la Malinche. Era fácil y hasta tentador convertir a la intérprete, a la niña vendida como esclava, en el fantasma definitivo. Achacarle la traición de todo un continente a una sola mujer es la estratagema favorita de los historiadores con prisa. Convertir la tragedia en espectro alivia la memoria de los vivos.

Pero La Llorona no es una sola mujer. Son legión que se hace pasar por cicatriz de una tierra que no termina de sangrar.

Los hombres de ciencia y los devotos de la razón dirán que es solo el viento colándose por las rejas de madera. Dirán que es la histeria nocturna, el murmullo del agua salobre en los canales o el crujido de una puerta mal cerrada. Se equivocan al buscar pruebas donde solo hay presagios. La niebla no se audita.

Ella sigue caminando porque cada época vuelve a necesitarla. Unas veces sirve para darle nombre a la penumbra que habitamos; otras, para personificar las culpas colectivas que nadie se atreve a confesar a la luz del día.

Le ponemos un vestido de mortaja, le dibujamos un rostro sin ojos y le atribuimos un lamento antiguo que todos reconocemos antes de haberlo escuchado jamás. Porque al final, el horror de su grito no está en lo que dice, sino en lo que nos recuerda: que hay dolores tan profundos que ni la muerte alcanza a sepultar, convirtiéndose en el eco eterno de nuestra realidad.

Quizá nunca dejó de buscarnos

Puede que La Llorona nunca haya recorrido las orillas de un río.

O puede que lo haga cada noche.

Después de tantos siglos, esa ya no es la pregunta más interesante.

La verdadera pregunta es otra.

¿Por qué seguimos contando su historia?

Tal vez porque las leyendas no hablan del pasado.

Hablan del presente disfrazadas de memoria.

Y mientras exista alguien dispuesto a bajar la voz cuando cae la noche, La Llorona seguirá encontrando el camino de regreso.

Martin Garatuza
Espadachín, Pendenciero y Cocina de Autor