Lago-Patzcuaro-seco

Janitzio: Donde el polvo borra las huellas del agua

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Janitzio casi seco, a punto de dejar de ser isla

Vine a Janitzio porque me dijeron que acá vivía el agua.

Pero al llegar al muelle, lo que me recibió fue un golpe de aire caliente, un tufo a cieno cocido por el sol y un paisaje que parecía haber sido masticado por la sequía. No había lago. O al menos, no ese lago plateado del que hablaban los abuelos, ese que se mecía mansito bajo las canoas. Ahora, para llegar a la isla, uno tiene que caminar sobre el lomo agrietado de un animal muerto.

Janitzio se está quedando sin isla. Se está amarrando a la tierra firme con cadenas de lodo seco, renunciando a su nombre, volviéndose un cerro más, un huérfano de agua.

—Aquí antes hundíamos los remos —me dijo una voz a mis espaldas.

Era un hombre viejo, de piel curtida, que miraba hacia la nada. No sé si era un pescador de los de ahora o un ánima rezagada de las que vienen en noviembre y ya no encontraron el camino de vuelta.

—Ahora clavamos los talones en el polvo —continuó, señalando con la barbilla un cementerio de lanchas varadas que apuntaban sus proas al cielo, como pidiendo clemencia—. Las redes de mariposa ya no atrapan blanco ni charal. Puro viento seco y tierra suelta. Pura desesperanza.

Caminé hacia lo que antes era la orilla. El suelo crujía bajo mis botas. Crrrac, crrrac. Sonaba como si uno estuviera pisando huesos. Y es que, de alguna forma, eso es lo que queda del lago de Pátzcuaro: el esqueleto de un espejo que alguna vez reflejó el cielo entero de Michoacán.

El calor aquí te respira en la nuca. Te seca la saliva antes de tragarla. Miré hacia arriba, hacia la cima del cerro donde la estatua gigante de Morelos sigue con el puño levantado. Antes parecía el guardián de un reino de agua, un faro de piedra en medio del oleaje. Hoy se ve cansado. Su puño ya no amenaza al horizonte; parece querer golpear el cielo para ver si de casualidad le arranca un aguacero.

Dicen los que todavía viven aquí, en las calles empinadas que huelen a cera derretida y a madera vieja, que por las noches se escuchan murmullos. No son las voces de los vivos, que ya bastante tienen con acarrear garrafones y mirar con tristeza el lodo que avanza. Son los murmullos de los muertos.

—Las ánimas están desconcertadas —me dijo una mujer que barría la entrada de su casa, aunque no había nada que barrer más que el mismo polvo de siempre—. En la Noche de Muertos venían navegando, suavecito, guiadas por la luz de las veladoras en el agua. ¿Cómo van a llegar ahora? Tendrán que venir caminando, tropezando con los terrones, sacudiéndose el polvo del sudario. Ya ni los muertos tienen paz cuando se muere el agua.

Me senté en una piedra que antes debió ser refugio de caracoles. Desde ahí se veía la orilla que ya no es orilla. La distancia entre Janitzio y tierra firme se ha acortado tanto que parece que la isla estuviera pidiendo auxilio, estirando una mano de fango para agarrarse del muelle de San Pedrito.

El lago no se fue de un día para otro. Dicen que se lo fueron llevando de a poquitos: en huertas, en cañerías, en decisiones tomadas muy lejos de estas orillas. Sea cual sea la explicación, el agua ya no está. Se secó también de tristeza.

Cuando cayó la tarde, el cielo se pintó de un naranja polvoriento. No hubo reflejo dorado en el agua porque no hay agua. Solo sombras largas que se arrastran por la tierra cuarteada.

Janitzio está a punto de dejar de ser isla. Y cuando la última gota se evapore y el lodo se vuelva piedra, ya no habrá pescadores, ni redes que parezcan alas, ni lago mágico. Solo quedará un cerro pelón en medio de un llano reseco, lleno de ecos y murmullos, donde alguna vez, dicen, la vida bailaba sobre el agua.

Me di la vuelta y empecé a caminar de regreso a tierra firme. Sin lancha. Sin remos. A pie, cruzando el cementerio del agua, mientras el polvo borraba mis huellas casi al mismo tiempo que las dejaba.

Dicen que cuando un lago muere, tarda siglos en darse cuenta. Los hombres, en cambio, solemos enterarnos demasiado tarde.

No quise mirar atrás otra vez. Hay lugares que, cuando empiezan a desaparecer, prefieren que uno los recuerde como eran.

Uno que venía de paso
No pregunté el camino de regreso y el polvo hizo el resto