Norah Borges: la alegría en clave de vanguardia

Quien se acerca a su obra descubre una luz propia, delicada y luminosa: la de una artista que convirtió la vanguardia en ternura y el Ultraísmo en pura alegría.

La hermana del alba

Se llamaba Leonor Fanny Borges Acevedo, pero el mundo —y sobre todo su hermano— la llamó siempre Norah. Nació en Buenos Aires en 1901, dos años después que Georgie, como cariñosamente llamaban en casa al futuro autor de El Aleph.

Cuando la familia emprendió su largo viaje por Europa, atrapada allí por los años turbulentos de la Primera Guerra Mundial, Norah estudió arte en Ginebra y luego en España. Fue en ese suelo europeo, agitado por las vanguardias, donde su talento encontraría su primer gran escenario.

Norah Borges con su hermano Jorge Luis

Fueron una pareja de hermanos inseparable, casi un solo ser dividido en dos. Mientras Jorge Luis crecía entre libros y laberintos imaginarios, Norah crecía entre lápices y colores. Él nombraba el mundo con palabras; ella lo dibujaba. Y entre ambos construyeron, desde la infancia, una complicidad que los acompañaría toda la vida.

El Ultraísmo dibujado

Ya conocemos el Ultraísmo: aquel movimiento breve e incendiario que quiso ir más allá, que apostó todo a la metáfora y a la imagen deslumbrante. Pero el Ultraísmo no fue solo cosa de poetas. También tuvo su rostro visual, y ese rostro lo dibujó, en buena medida, Norah Borges.

Sus xilografías —esos grabados hechos sobre madera— ilustraron las páginas de las revistas míticas del movimiento: Grecia, Ultra, Reflector, Proa, Prisma. Mientras los poetas lanzaban sus versos como fuegos artificiales, Norah acompañaba esas palabras con imágenes de líneas puras y composiciones geométricas, herederas del cubismo y del expresionismo, pero traducidas a un lenguaje inconfundiblemente suyo.

Fue, en cierto modo, la artista visual del Ultraísmo en lengua española. Sus grabados le dieron cuerpo y figura a un movimiento que, de otro modo, habría sido solo palabra. Y lo hizo con una frescura juvenil que respiraba el mismo aire nuevo que sus compañeros poetas buscaban en los versos.

xilografia de norah borges

Los jardines de Granada (1919), xilografía de Norah Borges, Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.

La alegría como forma de mirar

Aquí llegamos a lo que hace de Norah una figura única. Porque si algo distingue su obra, incluso en medio de la ruptura vanguardista, es una inconfundible sensación de alegría.

En sus grabados y, más tarde, en sus pinturas, habitan ángeles de alas serenas, muchachas de rostros apacibles, madres con sus hijos, sirenas, músicos, escenas de una dulzura casi celestial. No hay angustia, no hay desgarro, no hay la oscuridad que tantas veces persigue al arte moderno. En Norah todo parece bañado por una luz mansa y feliz, como una mañana de domingo.

Su amigo y célebre escritor Ramón Gómez de la Serna lo dijo con una imagen preciosa: Norah pintaba con el alma de quien todavía cree en el paraíso. Sus criaturas parecen asomarse a un mundo donde el mal no ha llegado aún, donde todo es inocencia y armonía. En plena época de rupturas y manifiestos agresivos, ella eligió el camino de la ternura, y en esa elección reside su valentía más silenciosa.

El marinero y la sirena (1931), una témpera creada por la artista argentina Norah Borges.

El amor entre vanguardias

La vida de Norah estuvo entretejida con la de las letras de su tiempo también por el amor. En 1928 se casó con Guillermo de Torre, poeta y crítico español, uno de los grandes teóricos de las vanguardias y, él mismo, antiguo ultraísta.

Fue una unión entre dos personas que habían respirado el mismo aire renovador, que compartían la fe en el arte nuevo. Juntos transitaron entre España y Argentina, entre dos orillas de un mismo idioma, siempre rodeados del fervor intelectual de una época irrepetible.

La ilustradora de los libros queridos

Con el paso de los años, la furia vanguardista se apaciguó, como se apaciguan todas las tormentas de juventud. Pero Norah siguió creando, siempre fiel a su mundo luminoso.

Su arte se volcó con especial cariño en la ilustración de libros, muchos de ellos de sus seres más cercanos. Puso imágenes a obras de su hermano Jorge Luis, pero también de amigos entrañables como Federico García Lorca, Rafael Alberti o Silvina Ocampo. Cada ilustración suya era un regalo, una manera de acompañar las palabras ajenas con la calidez de su mirada.

Así, Norah se convirtió en una suerte de hada madrina de la literatura de su tiempo: la mano que daba rostro visible a los versos de toda una generación dorada.

Una luz que al fin se reconoce

Norah Borges vivió una larga vida y murió en 1998, casi centenaria, habiendo sobrevivido muchos años a su célebre hermano. Durante demasiado tiempo, su nombre quedó reducido a una nota al pie: “la hermana de Borges”.

Pero la historia, afortunadamente, sabe hacer justicia. Hoy se la reconoce cada vez más como lo que verdaderamente fue: una artista fundamental de la vanguardia hispanoamericana, una pionera, una mujer que supo abrirse camino en un mundo artístico dominado por hombres, y que lo hizo sin estridencias, con la callada firmeza de quien sabe lo que quiere crear.