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Los gitanos en Tepito: una historia invisible que merece ser contada

Dicen que a Tepito hay que entrar de noche para entenderlo. Que cuando bajan las cortinas del tianguis y el barrio por fin respira, se escuchan cosas: una moneda que cae, un tambor lejano, una palabra que no sabes de dónde viene pero que siempre estuvo ahí.

Esta es una de esas historias.

Cuentan los viejos —y los que rastrean palabras como quien rastrea oro— que hace siglos un pueblo sin tierra cruzó el mundo huyendo, que salieron del Punjab antes de que nadie escribiera su historia, Que atravesaron el Medio Oriente, los Balcanes, y así hasta llegar a España, en donde la tierra se les terminó y donde también se les quemó el pan en la mano: leyes que prohibían su lengua, su ropa, su manera de caminar el mundo.

Así que hicieron lo que saben hacer los pueblos perseguidos: se volvieron invisibles y sobrevivieron.

Algunos se embarcaron a América. Si bien existen archivos sobre gitanos en Nueva España, a los papeles de los pobres se los come el tiempo.

Pero llegar, llegaron.

Y en una ciudad obsesionada con el linaje, no había casilla para ellos en ningún censo: ni españoles, ni indios, ni negros, ni siquiera judíos que por aquel entonces se hacían pasar por portugueses. Fantasmas administrativos. Se mezclaron con la plebe de las orillas, con los desterrados de la ciudad ordenada.

¿Y cuál era la orilla más orilla de la Ciudad de México? Pues Tepito. Extramuros desde antes de que existiera la palabra.

El barrio que habla gitano sin saberlo

Desde entonces, la palabra caló existe dos veces pero con el mismo significado, dos mundos paralelos que tal vez nunca vuelvan a encontrarse. Escucha bien la próxima vez que camines por el barrio: cuando alguien dice gacho, está hablando caló sin saberlo.

La historia se olvida, las palabras no.

Cuando pide el varo, también. El vato de la esquina: dicen que viene de bató, “hombre” en romaní. Y hay quienes juran — Incluso la RAE y esto ya es madriguera profunda— que hasta la palabra más mexicana de todas, chingar, tiene raíz gitana: čingarar, pelear, discutir, y también lo otro. Los eruditos discutirán, como siempre lo hacen. El barrio no discute: el barrio habla.

El caló no son palabras vacías

Cuando las palabras no tienen un significado real, son palabras huecas, pero aquí hablamos de caló y no de política. La ferocidad de la comunidad, esa solidaridad de vecindad que funciona como clan; no son más que formas humanas de sobrevivir ante la adversidad.

La picardía como forma de inteligencia; el arte de negociar con la ley sin entregarse a ella; el oficio nómada, la fiesta que estalla donde menos se espera. Todo eso que el estigma llama “barrio bravo” y que bien podría llamarse herencia, no son más que formas humanas de seguir sobreviviendo.

Al andar y andar, se sabe donde se comienza pero no donde se termina

Djelem Djelem dicen los gitanos, porque Tepito y los gitanos comparten algo más antiguo que la sangre: la experiencia de ser señalados. Ambos han sido la cara de la alarma ajena. Ambos hicieron de la orilla una patria.

La marginalidad no es pobreza cultural: es otra biblioteca, la que no está catalogada.

Esta historia no tiene pruebas contundentes, y tal vez no las necesita. Es un rastro con zapatos de barro: camina por el terreno de la leyenda, que es donde viven las verdades que los archivos no alcanzaron. Lo que sí es un hecho es que las palabras están ahí, vivas, en bocas que jamás han escuchado la palabra romaní.

Así que la próxima vez que pases por Tepito y escuches ese caló —que así le dicen al habla del barrio, mira tú qué cosas— haz un ejercicio: imagina que cada palabra es una sobreviviente. Que cruzó un océano escondida en la boca de alguien que huía. Que siglos después, sigue diciendo: aquí estuvimos. Aquí seguimos.

Los gitanos de Tepito no están en los libros.
Están en el lenguaje.
Y el lenguaje, como el barrio, no se rinde.

Don Inocencio de la Tina
Corrector de comas ajenas y pecados propios