Todo empieza con un deseo, en apariencia, del todo inocente: unas patatas fritas.

La ontología de la freidora de aire

Todo empieza con un deseo, en apariencia, del todo inocente: unas patatas fritas.

Pero no lo es.

No unas patatas al horno, dignas, comedidas, con ese aire de verdura que trata de redimirse a sí misma. No. Patatas fritas. Doradas. Crujientes por fuera, tiernas y harinosas por dentro. Ese crujidito tan pequeño que, de repente, nos devuelve sin pedir permiso a alguna tarde de nuestra infancia.

El gran obstáculo, ese viejo drama que ha atormentado al ser humano desde que una compañía americana, como ellos le llaman, descubrió que los aceites vegetales podían sustituir a la manteca.

A partir de ese infausto momento, el problema siempre ha sido el mismo: el aceite.

El aceite que salpica. El aceite que humea. El aceite que invade la cocina y se queda tres días colgado en las paredes, en la ropa y, misteriosamente, también en el pelo.

El aceite que, después de la felicidad de dos puñados de patatas, nos deja la penitencia de fregar una sartén llena de un líquido viscoso y traicionero.

Y fue justo ahí, en ese punto de fatiga existencial, cuando irrumpió en nuestras vidas ella.

Redondita, compacta, con su cesta que se saca y se vuelve a encajar con ese clic tan absurdamente satisfactorio. Con su ventanita por la que nos quedamos mirando embobados cómo se doran nuestros bastoncitos de zanahoria o nuestros aros de cebolla.

La freidora de aire.

Ah, y nuestras patatas.

Preguntarse por lo que es

Hay preguntas grandes y hay preguntas urgentes. Las grandes son aquellas que se llevan haciendo desde hace siglos: ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué sentido tiene la vida? Y las urgentes, las verdaderamente acuciantes que nos asaltan un martes a las dos de la tarde, son: ¿Qué narices es una freidora de aire?

Ahí es donde entra la filosofía y el descarte.

Porque existe una rama del pensamiento que se ocupa, justamente, de eso. Se llama ontología. Suena muy solemne, muy llena de puños bajo la barbilla y cejas fruncidas, pero, dicho de la forma más sencilla, la ontología no es otra cosa que preguntarse por el ser de las cosas.

Es decir: no «¿para qué sirve una freidora de aire?», sino «¿Qué es una freidora de aire?».

Ya ahí la pregunta se vuelve un poco peligrosa. Porque decir que es «un electrodoméstico para cocinar con aire caliente», aunque sea cierto, nos parece terriblemente pobre. Demasiado prosaico para un artilugio que nos ha hecho a todos, de la noche a la mañana, hablar con propiedad de «patatas gajo al estilo de freidora de aire».

El descarte por que, a pesar de todo lo que se pueda discutir. No es una freidora.

El martillo y las patatas congeladas

El filósofo alemán Martin Heidegger, allá por principios del siglo XX, se pasó mucho tiempo dándole vueltas a una cuestión que, a primera vista, parecía de lo más banal: un martillo.

Según Heidegger, cuando estamos clavando un clavo, no pensamos en el martillo como un «objeto de hierro con mango de madera». No lo analizamos, no lo medimos, no nos preguntamos por su esencia. Simplemente lo usamos. Está ahí, a nuestra disposición, se funde con nuestra mano. Lo empleamos de forma tan natural, que casi dejamos de percibirlo.

Solo cuando el martillo se nos tuerce, o se nos escapa de la mano, o la cabeza se sale del mango, ocurre algo curioso. De repente, ese utensilio que era invisible para nosotros, deja de ser «aquello con lo que martillamos» y pasa a convertirse, de golpe, en una cosa. Nos vemos obligados a mirarlo, a preguntarnos qué le pasa, a examinarlo como si no lo conociéramos.

Ahí, justo ahí, es cuando empezamos a hacer la ontología del martillo sin darnos cuenta.

Pues bien: con la freidora de aire nos pasa exactamente lo mismo. Durante el día a día, no filosofamos sobre ella. Abrimos el congelador, sacamos esa bolsa mágica de patatas prefritas, las vertemos en la cesta, pulsamos unos números, y esperamos con la ilusión pueril de quien mira por una mirilla cómo sucede un pequeño milagro doméstico.

Solo muy de vez en cuando, en un rato ocioso, mientras olemos ese aroma tibio y crujiente que va llenando la cocina, nos asalta el pensamiento insólito: Esto es aire. Estoy friendo con aire caliente.

Y entonces nos quedamos un segundo pensativos.

Algunos, los más cultos, leen las instrucciones y la información nutricional.

El sueño contemporáneo hecho de convección forzada

Porque la grandeza —y también lo cómico— de la freidora de aire está en su astucia. No nos prometió inventar las patatas fritas. Nos prometió resolver nuestro cargo de conciencia.

El ser humano moderno quiere, por encima de casi todo, tenerlo todo sin pagar las consecuencias de nada.

Queremos el placer, pero sin el remordimiento. Queremos el sabor de lo frito, pero sin el humo, sin el desorden, sin que la cocina parezca que ha sobrevivido a una pequeña batalla.

Queremos el pecado… con una reducción razonable de culpa.

La freidora de aire entendió ese anhelo a la perfección. Nos susurra con toda delicadeza: Puedes tener lo crujiente, puedes tener lo dorado, puedes tener ese borde tostado que tanto te gusta… con una cucharada, solo una, de aceite.

Es, dicho con toda seriedad y un poquito de ironía, el utopismo burgués de la fritura.

Un aparato que ha conseguido lo que parecía imposible: reconciliar, en una cestita redonda, nuestro deseo más goloso con nuestra aspiración a sentirnos personas razonablemente responsables y con la conciencia tranquila.

Eso, desde un punto de vista estrictamente práctico, ya la hace un objeto muy peculiar de nuestra época.

¿Es, pues, la freidora de aire un objeto o un acontecimiento?

Volvamos a la pregunta clave: ¿Qué es?

Podríamos decir, con frialdad técnica, que es una resistencia eléctrica que calienta aire y un ventilador que lo impulsa a gran velocidad para cocer los alimentos por convección.

Eso es cierto. Irrefutable.

Pero hay un pero.

Un obstáculo insorteable.

Tal definición está desprovista de poesía.

No tiene flow.

También podríamos decir, con un poco más de cariño y malicia filosófica, que la freidora de aire es el intento del hombre del siglo XXI de seguir comiendo fritura, pero eludiendo con elegancia el pacto con el aceite hirviendo.

Pero aquí ya entramos en filosofía académica.

Conviene huir.

Heidegger hablaba de que hay cosas que «están a la mano» (zuhanden), que forman parte tan natural de nuestra vida, que las usamos sin pensarlas. El vaso con el que bebemos agua, la llave con la que abrimos la puerta, la manta a la que buscamos cobijo cuando tenemos frío…

Las cosas que no nos interpelan, simplemente nos acompañan.

Tómese como un aforismo.

Porque eso es lo que es.

Creo que, con el paso de los meses, la freidora de aire ha llegado a ese lugar honroso. Ya no es la novedad que enseñábamos a todo el que venía a casa con cierto orgullo: «Mira, esto con muy poco aceite…». Ya forma parte del paisaje doméstico. Ya está a la mano. Ya pertenece, sin estridencias, a nuestro pequeño día a día.

Incluso han bajado de precio.

Y quizá eso sea lo más hermoso que le puede ocurrir a cualquier cosa: dejar de ser un «aparato nuevo» para convertirse, sin pretenderlo, en algo útil, cómodo, querido y, con el tiempo, hasta invisible por lo natural que resulta tenerlo ahí.

Un pequeño elogio de lo crujiente

Así que, hoy, en este pequeño artículo para revista, hagamos justicia a ese objeto tan denostado por lo sesudo y tan amado por el estómago agradecido. Elevemos, aunque sea por un rato, la humilde freidora de aire a la categoría de tema literario.

No para burlarnos de ella, sino para celebrarla.

Celebremos ese clic que nos gusta. Celebremos la ventanita hipnótica. Celebremos el hecho de que no tengamos que salir corriendo de la cocina por un chisporroteo traicionero. Celebremos ese instante de espera breve, llena de expectativa, en el que el aroma empieza a llegar y el apetito va subiendo poco a poco.

Y, sobre todo, celebremos la felicidad minúscula, sin pretensiones, de abrir esa cesta y decir, satisfechos: Quedaron de escándalo.

Porque la vida está hecha, en buena parte, de esas felicidades minúsculas. De esos placeres pequeños que no cambian el mundo, pero sí hacen que nuestro mundo, por un ratito, sea un poco más acogedor, un poco más cálido y un poco más crujiente.

Conclusión, ontológicamente necesaria

Entonces, ¿cuál es, al fin y al cabo, el lugar en este mundo de la freidora de aire?

Quizá sea ésta: una máquina que nos permite seguir siendo golosos sin renunciar del todo a nuestra tranquilidad.

O, dicho con más poesía y menos circunloquio: es el lugar donde el viejo anhelo de unas patatas fritas se encuentra, por arte de la convección, con el deseo moderno de no tener que lavar tres cacharros después.

Pero la respuesta más honesta, la que se le acercaría con más respeto a ese pequeño prodigio de lo cotidiano, sería quizá la más sencilla de todas:

La freidora de aire es aquello que, durante unos minutos, hace que el aire se vuelva crujiente.

Pero que mejor que dejarlo en manos del poeta, porque no fue vencida por el fuego, ni por el aceite traicionero…

Se descompuso haciendo patatas.

Elegía a la freidora de aire (soneto)

Ya duerme en el silencio de la encimera,
la máquina que al aire dio su oficio,
y hurtó del viejo aceite el sacrificio
que antaño nos imponía la sartén fiera.

Ya no habrá salpicón en primavera,
ni humo que ennegrezca el edificio;
la papa encontrará su beneficio
girando en su canasta prisionera.

Oh, noble compañera de la cena,
¿qué importa que no frías? Tu destino
fue hacer del aire una materia buena
.

Y aunque tu sitio quede abandonado,
tu cesta guardará nuestra memoria:

aquel humilde pollo recalentado.

Madame Vouchas:

No mames…

— Por ✒︎ Don Desiderio, partidario de escribir despacio porque cree que las prisas producen adjetivos innecesarios.

La freidora de aire es el aparato que cocina el remordimiento a 200 grados.