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¿Existe la Isla del Tesoro que narró Stevenson?

Robert Louis Stevenson nos enseñó todo lo que creemos saber sobre piratas: el loro en el hombro, la pata de palo y el cofre bajo la arena. Pero la verdadera historia de “La isla del tesoro” esconde una ironía brillante y una lección de economía básica: un forajido con los días contados no abre una cuenta de ahorros en la playa.

Todos hemos buscado una “X” en un mapa.

Incluso las venden de goma para cuando queremos enterrar un tesoro. Pero, la culpa de esa obsesión colectiva la tiene un escocés pálido, enfermo de los pulmones, que un día dibujó una isla inventada para entretener a su hijastro. Robert Louis Stevenson escribió La isla del tesoro en 1883 y, de paso, inventó nuestra infancia.

Durante décadas se ha repetido un mito hermoso: que Stevenson se inspiró en la isla de Upolu, en Samoa, para crear su obra maestra. Es una historia preciosa. Lástima que sea geográficamente imposible.

Stevenson escribió su novela sobre piratas, calor y palmeras mientras tosía sangre en los fríos inviernos de Europa. A Samoa no llegó hasta 1889, seis años después de publicar el libro. Upolu no inspiró La isla del tesoro; fue al revés. El escritor imaginó un paraíso de piratas y luego viajó por el fin del mundo hasta encontrar un lugar que se le pareciera. Se enamoró tanto de Samoa que los locales lo bautizaron Tusitala (el que cuenta historias). Y allí se quedó hasta su muerte.

mapa del tesoro, inválido si contiene quemaduras o manchas de ron
Mapa misteriosamente quemado en los bordes

¿Hay tesoros escondidos en Samoa?

Cientos de expediciones, aventureros con exceso de tiempo libre y turistas con detectores de metales han pisado Upolu esperando desenterrar doblones de oro.

¿El resultado? Cero.

La isla del tesoro es ficción. No hay mapas secretos quemados en los bordes. Lo que sí ha devuelto la tierra de Samoa son tesoros reales, aunque menos brillantes para Hollywood: templos milenarios, tumbas polinesias y herramientas de piedra. Arqueología pura que nos cuenta cómo sobrevivieron civilizaciones enteras en medio del Pacífico Sur.

Pero de cofres piratas, ni rastro.

Y esto nos lleva a la mayor estafa literaria de la historia naval.

Comentario oportuno de Madame Vouchas

Parecéis pequeños

La economía pirata: vivir rápido, gastar más rápido

La idea de que un pirata enterraba su tesoro es una fantasía romántica que ignora por completo la psicología de un delincuente del mar.

Piénsalo un segundo. Eres un pirata en el siglo XVIII. Tu esperanza de vida es ridículamente corta. Estás rodeado de escorbuto, tormentas, la soga de la horca de la Marina Real y compañeros de tripulación que te cortarían la garganta por un par de botas nuevas.

¿De verdad vas a tomar tu parte del botín, remar hasta una playa desierta, cavar un pozo en la arena bajo el sol del mediodía y hacer un mapa críptico pensando en tu “jubilación”?

Por supuesto que no.

El pirata no era un banquero; era un nihilista. No ahorraba a largo plazo. Cuando un barco corsario atracaba en puertos como Nassau o Port Royal, el botín se liquidaba a una velocidad escandalosa.

Además, lo que robaban rara vez eran monedas de oro. Saqueaban azúcar, especias, herramientas, seda, pólvora y telas. No puedes enterrar seda en la arena húmeda y esperar que gane valor con los años. El tesoro pirata no se escondía: se vendía, se malbarataba y, sobre todo, se bebía.

Los piratas repartían el botín en partes iguales y corrían a las tabernas y a los burdeles a gastar en una semana lo que un marinero honrado ganaba en diez años.

Se escondían de la ley, sí. Pero jamás escondían su dinero. Y mucho menos el ron.

¿Enterrar un barril de ron para el futuro? Ningún pirata en la historia de los siete mares habría cometido semejante atrocidad.

El único tesoro que sí está enterrado en la isla

Así que no, los piratas no jugaban a las escondidas con su riqueza. Stevenson se lo inventó todo para hacernos soñar, y le salió tan bien que el mundo entero decidió creerle a la novela antes que a la historia.

Hoy en Upolu no hay cofres esperando ser descubiertos. Pero si escalas el Monte Vaea, en el corazón de la isla, sí encontrarás un tesoro enterrado.

En la cima, bajo una tumba blanca frente al Océano Pacífico, descansan los restos de Robert Louis Stevenson. El hombre que, sin haber pisado jamás el trópico, nos convenció a todos de que la aventura siempre está marcada con una “X”.

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Calavera convenientemente colocada para transmitir peligro.

Pero si por casualidad encuentran ese tesoro, no olviden dejar algo para los demás.

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