detenerse ante el Retrato de mulata (1875), del maestro mexicano Felipe Santiago Gutiérrez, es asistir a una discreta y luminosa revolución pictórica.

Retrato de Mulata, de Felipe Santiago Gutiérrez

En el siglo XIX hispanoamericano, el retrato al óleo era un territorio celosamente custodiado por el poder. Reservado casi de manera exclusiva a patricios ilustres, prelados austeros, damas de la alta sociedad y héroes de las todavía recientes guerras de Independencia, el lienzo funcionaba como un espejo donde la élite legitimaba su dominio.

Necesitaban de ese maquillaje que solo en apariencia, les permitia no tener que mirarse así mismos tal cual eran.

Y poder conciliar el sueño.

Por eso, detenerse ante el Retrato de mulata (1875), del maestro mexicano Felipe Santiago Gutiérrez, es asistir a lo que realmente sucedía en el mundo real.

Pintada durante su fecunda estancia en Colombia —país donde su magisterio dejaría una huella indeleble que culminaría años más tarde con la fundación de la Escuela de Bellas Artes de Bogotá—, esta obra prescinde de cualquier intención etnográfica o condescendiente.

Gutiérrez, formado en el rigor clásico de la Academia de San Carlos bajo la tutela de Pelegrín Clavé, traslada las herramientas más refinadas de la tradición europea —el claroscuro contenido, la factura noble, el estudio psicológico del modelo— a una mujer cuya estirpe el arte académico solía borrar o exotizar.

La figura emerge de un fondo umbrío, profundo y neutro, como si la penumbra del estudio o de la historia misma se retirara un paso para cederle el escenario.

En lugar del oropel, los encajes suntuosos o las joyas que solían ataviar a las matronas de la época, la retratada viste con una sobriedad desarmante. Hay en su atuendo y en la sencillez de su presencia una pureza que rehúsa el disfraz: no necesita símbolos prestados de estatus para afirmar su presencia.

La imponente elegancia está en su feminidad.

El verdadero triunfo plástico del cuadro se libra en el tratamiento de la piel. Gutiérrez no esquematiza el color; comprende la calidez mineral de la tez morena, modulándola con pinceladas que revelan matices cobrizos, dorados y sombras aterciopeladas. La luz, que parece deslizarse con suavidad desde un costado, esculpe los pómulos anchos, la curva serena de los labios y la morbidez del cuello con una sensualidad elegante y contenida.

El pintor no la idealiza, solo la retrata.

Sin embargo, el núcleo magnético de la pintura reside en su mirada. Unos ojos oscuros, almendrados y de una honda quietud se dirigen al espectador.

Hay aplomo, introspección y una conmovedora soberanía interior. Es una mirada que irradia pureza y no busca agradar; simplemente devuelve la mirada del mundo.

Felipe Santiago Gutiérrez, ese pintor andariego que cruzó fronteras y desiertos guiado por una incansable curiosidad visual, logra en este lienzo un acto de profunda justicia estética.

Adelantándose a su tiempo, derriba las jerarquías invisibles del siglo XIX con la sola fuerza de su pincel. Ub pincel que competía con las ya populares cámaras fotográficas de su época.

Retrato de mulata no es solo una cumbre técnica de la pintura decimonónica hispanoamericana; es un refugio de dignidad humana donde la belleza, rescatada del silencio y de la sombra, nos interpela a través del tiempo con la serenidad de lo eterno.

detenerse ante el Retrato de mulata (1875), del maestro mexicano Felipe Santiago Gutiérrez, es asistir a una discreta y luminosa revolución pictórica.