Una obra de Ana Joaquina de la Concha
Hay aves que vuelan para escapar del mundo. Otras vuelan para encontrarlo. Esta, en cambio, parece recordar un lugar al que quizá nunca fue.
No sabemos si el azul que la rodea es cielo, agua o memoria. Las manchas no obedecen a la geografía, sino a ese territorio donde las leyendas dejan de necesitar mapas. Allí los lagos pueden subir hasta las ramas y los árboles hundir sus raíces en las nubes.
El pájaro permanece inmóvil.
No canta. No huye. Observa.
Como si conociera un secreto demasiado antiguo para convertirse en palabras.
En las antiguas tradiciones de México, los animales rara vez son simples animales. El coyote aconseja, el colibrí lleva mensajes invisibles y el búho custodia la frontera entre la noche y aquello que todavía no tiene nombre. Quizá este pequeño pájaro pertenezca también a esa familia de criaturas que existen menos en los bosques que en la imaginación colectiva.
Su ojo parece una semilla.
Su cuerpo, apenas unas pinceladas de tinta.
El resto lo completa quien sabe mirar.
Tal vez por eso las buenas ilustraciones nunca explican demasiado. Como las leyendas, sugieren. Invitan al lector a cruzar una puerta sin decirle qué encontrará del otro lado.
Hay algo profundamente japonés en la economía del trazo y, al mismo tiempo, profundamente mexicano en la libertad del color. La tinta delimita una presencia; la acuarela la deja respirar. Ninguna intenta dominar a la otra. Dialogan.
La rama sostiene al ave.
Pero el azul sostiene a la rama.
Y de pronto ya no sabemos si el árbol crece sobre la tierra o sobre el reflejo de un lago.
Quizá esa incertidumbre sea la verdadera patria de las leyendas.
Hay lagos que existen sobre un mapa, pero pertenecen a otro sitio: al de las nieblas tempranas, las barcas silenciosas, las voces que llegan desde la orilla y las historias que cambian un poco cada vez que alguien vuelve a contarlas.
Las leyendas no sobreviven porque sean ciertas.
Sobreviven porque encuentran un nuevo lugar donde posarse.
A veces ese lugar es un lienzo.
A veces una rama.
Y, de vez en cuando, un pequeño pájaro pintado con tinta y agua que parece haber salido de un sueño para recordarnos que la imaginación también tiene su belleza creadora.

